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Pobres consumidores

Si, pobres consumidores, nosotros, que después de haber trampeado un verano para intentar darnos un cierto descanso nos asaetearán con nuevos datos en los que nos van a afear nuestro comportamiento. Seguro que sacan estadísticas en las que se pondrá de relieve que la ocupación hotelera ha bajado, que se han hecho menos viajes...

el 15 sep 2009 / 10:01 h.

Si, pobres consumidores, nosotros, que después de haber trampeado un verano para intentar darnos un cierto descanso nos asaetearán con nuevos datos en los que nos van a afear nuestro comportamiento. Seguro que sacan estadísticas en las que se pondrá de relieve que la ocupación hotelera ha bajado, que se han hecho menos viajes al exterior, que los chiringuitos han reducido sus beneficios, que han quedado apartamentos sin alquilar, que las rebajas no han dado los resultados esperados, a pesar de las ofertas. Y ello aunque hemos intentado salir de vacaciones, consumir en los bares, o apuntarnos a las ofertas para cambiar el mobiliario de la casa, hacer reformas en la cocina, arreglar el jardín del adosado... Por eso solo nos queda decir que hemos hecho lo que hemos podido, pero que llevamos demasiado tiempo soportando la economía para que ahora nos culpen de todos sus males.

Cuando las cosas parecían ir bien, es decir cuando se consumía, no paraban de repetirnos que el endeudamiento de las familias estaba llegando a niveles casi insoportables, que el precio y la duración de las hipotecas eran inasumibles, y mientras que los consumidores "hacíamos patria" sosteniendo la economía nacional, los responsables se curaban en salud señalando las consecuencias de todo ello, aunque se apuntaban el éxito del crecimiento del PIB.

Cuando las cosas han ido a peor, la presión se ha empezado a ejercer en otro sentido. Y un día sí y otro no, nos achacan que ha descendido la venta de coches, que las viviendas que con tanta ilusión construyeron para nosotros se están quedando vacías, y que por eso las sacrificadas constructoras se están yendo a pique. También nos alertan de que hemos reducido la cesta de la compra, las cenas fuera de casa, de que asistimos a pocos espectáculos y adquirimos menos productos electrónicos..., en fin, de que gastamos menos. Y esta actitud es injusta, pues no resulta fácil atender a todos los requerimientos. No resulta fácil tener que responder en todos los frentes del consumo a pesar de que lo intentemos, pero los bancos ya no se fían, y no conceden más préstamos. Ellos sí actúan con prudencia, deben aquilatar las ganancias que han obtenido gracias a nuestro comportamiento heroico en consumo; deben además garantizar la solvencia del sistema financiero para que cuando lleguen las vacas gordas puedan hacer más dinero con nuestra inestimable colaboración, que para eso estamos.

No importa que los precios suban por la especulación de las empresas manipuladoras del crudo, que las alzas de esos precios se deban a la ambición de los distribuidores de los bienes de consumo, que quieren "legítimamente" aprovechar la coyuntura. También es irrelevante que el coste de la producción se haya reducido por la deslocalización, o más bien por la 'chinatización' de las empresas, pues el margen de los beneficios debe corresponder siempre a los avispados emprendedores que invierten nuestro dinero. No importa tampoco que las decisiones económicas estén en manos de unas pocas empresas que deciden por los gobiernos, pues ellas, en uso de la sacrosanta libertad, son las que mejor saben velar por nuestros intereses. Así que, a consumir, y sin rechistar, para elevar la moral del país y engrosar los bolsillos de nuestros salvadores.

Rosario Valpuesta es catedrática de Derecho Civil de la Pablo de Olavide

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