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Poder y visibilidad

Hace cuatro semanas, asistí a un acto preelectoral del PSOE en Madrid. Por equivocación entré en una habitación anexa al recinto donde iba a celebrarse dicho acto...

el 16 sep 2009 / 04:53 h.

Hace cuatro semanas, asistí a un acto preelectoral del PSOE en Madrid. Por equivocación entré en una habitación anexa al recinto donde iba a celebrarse dicho acto. En el anexo sólo estaban los tres vicepresidentes del Gobierno de España y la Secretaria de Organización Federal del PSOE. Me uní al pequeño grupito que formaban los cuatro que, conmigo, hacían cinco. Al instante entró en la sala un destacado dirigente del PSOE y saludó a las personas que estábamos en el grupo. Para mi sorpresa e indignación, el saludo se cortó cuando llegó mi turno. Pensé que, además de ineducado, el dirigente en cuestión demostraba una evidente falta de respeto a lo que yo podía representar en el seno del socialismo español. Me dije: "¡qué se habrá pensado éste, si cuando yo era cardenal de esta congregación él no había llegado ni a monaguillo!". Observé la conversación que se inició con el recién llegado y cuando yo intervine para dar mi opinión sobre lo que se podría esperar de ese mitin, el dirigente exclamó: "¡Hombre, Juan Carlos, si no te había visto! ¿Cómo estás? No sabes la alegría que me da verte! ¡Espero que podamos hacer algún mitin juntos, porque sabes que yo siempre aprendo de lo que tú dices!". En ese momento caí en la cuenta de que el dirigente socialista no me ignoró ni me faltó al respeto, sencillamente, ¡no me había visto! Era bastante difícil de creer pero, entre un corro de cinco personas, a mí no me había visto. La conclusión que saqué es que cuando uno deja el poder institucional, ¡se vuelve invisible! Me ha vuelto a pasar en otras ocasiones por lo que me reafirmo en mi teoría de la invisibilidad del que no tiene poder.

Y está muy bien que así sea, porque esa circunstancia de invisibilidad es la que acompaña a millones de personas a lo largo de toda su vida. Ser invisible, es decir anónimo, es lo mejor que le puede pasar al ser humano, junto con el disfrute de la libertad. A cualquier político le encanta la popularidad, porque si no eres popular no hay forma humana de que te voten. Dedicas buena parte de tu tiempo a conseguir ser alguien conocido por los ciudadanos, como forma necesaria de que sepan quién eres cuando te decides a pedir su confianza a través del voto al llegar unas elecciones. Los sociólogos y politólogos, dicen que nadie tiene la más mínima opción de resultar vencedor en un proceso electoral si no es conocido, por lo menos, por el ochenta por ciento del censo electoral. Así que esa tarea forma parte de la agenda diaria de quien opta a una elección del tipo que sea. Algunos piensan que ese empeño es cuestión de días y que una buena campaña electoral hará posible que lo que no hayas hecho en cuatro años, lo puedes recuperar en quince días de campaña. De ahí que, cuando llegan esas dos semanas de alocado intento de figurar y estar, algunos hasta deciden acudir a los mercados de abasto a preguntar a la pescadera y al carnicero por el precio de la docena de sardinas o del kilo de ternera, dando flores y estrechando manos de quienes, entretenidas en la compra diaria, miran al candidato como diciendo "¿y a mí por qué me da la mano este buen señor, si no lo he visto en mi vida?"

Cuando, ¡por fin!, eres conocido e incluso famoso, comprendes que ¡ojalá no lo hubieras conseguido nunca! Comienza el calvario para quien ha vendido su alma al diablo. Famoso y sin anonimato. A partir de ahí comienzas a entender que dejaste de ser un ciudadano libre, que ya no puedes comportarte como el común de los mortales, porque el ojo inquisidor de la gente está siempre viendo y juzgando tus actos y tu forma de comportarte en sociedad.

Los ciudadanos somos una mezcla de cinco variables; nuestra personalidad está conformada por cinco condicionantes: cómo somos, cómo nos gustaría ser, cómo nos ven los demás, cómo nos gustaría que nos vieran y cómo a los demás les gustaría vernos. Tenemos una idea prefijada de cómo deben ser, comportarse y actuar los demás, en función de parámetros establecidos. Así, cuando uno va a un restaurante de cierta categoría ya sabe qué es lo que espera del maître cuando le atiende al entrar en el local; en su mente se ha prefigurado la idea de lo que es el comportamiento de ese empleado de hostelería y se sorprenderá y escandalizará si dicho señor le trata con malos modales o mete el dedo en la sopa cuando se la está sirviendo. Todos sabemos que la abstención sexual en los seres humanos es harto difícil y complicada, hasta el punto de que no nos causa asombro enterarnos de algún incumplimiento en ese asunto de quienes decidieron tirar por ese camino, pero nadie entendería que un sacerdote católico se paseara por las calles de Sevilla del brazo de su novia; sencillamente, tenemos prefijado el comportamiento público del sacerdote y no admitimos comportamientos que nos sorprendan o escandalicen.

Se trata, cuando se está en la cumbre del poder, de saber qué imagen tienen los ciudadanos de los políticos, en función de su ideario y, en consecuencia, adaptar tu comportamiento a esa imagen para evitar el escándalo y la sorpresa de quienes te van a juzgar mediante un voto emitido en unas elecciones. Cuando uno deja de someterse al veredicto de los ciudadanos, sólo tu conciencia, tu educación y tu visión de las cosas te indican el camino a seguir. Invisibles, anónimos? pero libres.

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