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Políticos

No se sabe por qué extrañas circunstancias, lo que se quiere no se consigue y lo que no se desea te persigue hasta el aburrimiento. Esa ha sido mi relación con la política. Estoy convencido de que los ciudadanos consideran el poder como cosa de la derecha y miran a los de izquierdas como unos muertos de hambre...

el 15 sep 2009 / 16:15 h.

No se sabe por qué extrañas circunstancias, lo que se quiere no se consigue y lo que no se desea te persigue hasta el aburrimiento. Esa ha sido mi relación con la política. Estoy convencido de que los ciudadanos consideran el poder como cosa de la derecha y miran a los de izquierdas como unos muertos de hambre que quieren utilizar el poder para satisfacer deseos y anhelos personales que, piensan, están en el interés de cualquier ciudadano.

La izquierda siempre ha sido utilizada como el portero de la urbanización de lujo, al que se llama para que limpie las vomitonas y arregle los destrozos que en la urbanización se han producido como consecuencia de la euforia embriagadora de sus habitantes. Cuando todo se ha destrozado y se teme que las viviendas puedan ser pacto de los más desaprensivos, se llama al portero para que ponga orden, limpie todo y el barrio vuelva a ser un sitio habitable. Vean, si no, cuando y por qué se llama al portero de España para que ponga orden. En octubre de 1982, los habitantes de la urbanización española, desesperados por el intento de asalto a la convivencia por parte de Tejero, deciden que avisen al portero (izquierda), para que ordene la casa. La izquierda, que además de constitucionalista es patriota, acude a la llamada como lo volvió a hacer en marzo de 2004 cuando, de nuevo, los ciudadanos se asustaron ante la debilidad de los propietarios anteriores que, víctimas de sus payasadas machistas y belicistas, ni se enteraron de que los enemigos del exterior volaron con dinamita parte de la casa, llevándose por delante a casi 200 trabajadores que, de primera mañana, se dirigían a realizar sus tareas diarias para poder pagar la hipoteca del piso.

Cuando veo algún programa de televisión por la tarde y observo los deseos de muchos ciudadano por aparecer en esos programas, aunque sea haciendo el bobo y contando cosas que antes se reservaban para el psiquiatra o el sacerdote, pienso que harían cualquier cosa por ocupar el puesto que algunos hemos ocupado desde la responsabilidad política y que tantos minutos de televisión nos proporcionaron.

Quien se dedica a la política tiene el incansable y cansino deber de demostrar, todos los días y fiestas de guardar, que es una persona honrada y que si está en el gobierno o en la oposición no es para beneficiarse de aquello de lo que se beneficiarían todos los ciudadanos que piensan que el político está ahí para forrarse. Nadie piensa de los demás aquello que ellos no estuvieran dispuestos a hacer. Cuando algunos difunden la calumnia de que tal político se ha enriquecido con los sueldos que se pagan en España por dedicarte a este oficio, están acusando directamente de robar. Y como nadie pensaría de los demás algo que ellos no estuvieran dispuesto a hacer, está claro que si ocuparan ese sitio, muchos no tendrían ningún empacho en robar si se atrevieran a someterse al veredicto de las urnas. Quienes jamás hemos tenido que avergonzarnos de nuestro paso por la responsabilidad política, contemplamos estoicamente el comportamiento de quienes tanta facilidad tienen para juzgarnos. En un país donde defraudar a la hacienda pública es un síntoma de inteligencia o de listeza, los políticos decentes tenemos que aguantar los chismes sobre nuestra conducta, pública y privada, por parte de aquellos que te enseñan la piscina que han hecho en su chalet, sin pagar licencia de obra al ayuntamiento y con trabajadores en paro que cobran el desempleo. Son los mismos que compran sus fincas con dinero negro y manejan la caja B con una enorme soltura y desvergüenza. Un amigo mío, dedicado a la política, se las vio y se las deseó para vender una finca que había heredado de su padre; el muy inocente pretendía cobrar todo en dinero limpio; pasaron más de veinte compradores interesados en el negocio, siempre que fuera pagando una parte en negro.

La política y su ejercicio deben ser una de las actividades más peligrosas de las que existen en nuestro país. Antes de que te des cuenta ya tienes un grupo de policías, denominados escoltas, o guardaespaldas en la terminología popular, que tiene como misión proteger al político. Tal vez el terrorismo etarra haya condicionado la existencia de ese ejército de guardias profesionales. Si te dedicas desde muy joven a la actividad política, corres el riesgo de pasar de la protección de tus progenitores a la protección de tus escoltas. No tiene precio el saber que, gratuitamente, tu seguridad está bien cubierta, pero se paga un precio altísimo en tu estado de ánimo y en tu integridad emocional. La sola presencia de los escoltas te hace sentir vulnerable, hasta el punto de que si un día decides prescindir de ellos, por el procedimiento del despiste, tienes la sensación de que a cada diez pasos tendrás problemas con tu seguridad. Recuerdo que Francisco Fernández Ordóñez, siendo ministro de Asuntos Exteriores, le decía a su colega francés, en un desayuno que tuvimos en el Parador de Turismo de Mérida, que lo que más temía, si dejaba de ser ministro, era quedarse sin la protección de la escolta que tenía asignada. Añado inmediatamente que a lo largo de mis veinticuatro años como Presidente de la Junta de Extremadura, las mejores personas que he conocido han sido los policías que se encargaron de mi seguridad. Su lealtad y su compañía han sido excesivas y sin quejas de ningún tipo. Solo mi bien, mi comodidad y mi seguridad fueron la norma por la que se rigieron durante todo ese periodo de tiempo. Gracias a ellos, a la policía nacional y a la guardia civil yo he podido ser un político más libre y más atrevido.

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