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Cultura

Ponce manda un faenón al garete en el coso bilbaíno

Seguramente, la faena de Ponce al cuarto toro de El Ventorrillo haya sido de las más importantes que ha firmado el valenciano en Vista Alegre. Y en su carrera. Pero terminó desperdiciándola al marrar con el acero.

el 16 sep 2009 / 07:25 h.

Seguramente, la faena de Ponce al cuarto toro de El Ventorrillo haya sido de las más importantes que ha firmado el valenciano en Vista Alegre. Y en su carrera. Por cómo fue el toro, por las circunstancias, por un ambiente un punto hostil de principio y por su manera de ponerse y responder con un toro que, exigente y un punto incierto, al final terminó respondiendo por el pitón izquierdo.

No estaba de claro de inicio, porque el toro no lo puso fácil, sin entregarse. Pero suele ocurrir que a Ponce se le dan bien los retos grandes. Eso ha marcado siempre su carrera. Y el de Bilbao lo era. Así que Ponce se dobló con el toro y no hubo historia de primeras. El toro se quedaba, se frenaba y metía por dentro por el pitón derecho, intratable él. A Ponce le gritaron "¡arrímate!" desde el tendido y, herido en su amor propio, puso la máquina a funcionar, informó Burladero.com.

Ponce, que quiso, pudo y resolvió con maestría con el único alivio de los de pecho, abiertos hasta el infinito. Una y otra vez, sin apenas pausas, paseos ni gestos, se puso a torear. Y vaya si toreó. Cada vez mejor. Hasta por el pitón derecho, tan intratable, consiguió domarlo y sacar algún muletazo. Estalló la plaza como si respirase de alivio y fiesta mayor fue el final, por alto, con circulares ligados con el de pecho. Pero Ponce, con las dos orejas en la mano, mandó todo al garete con un pinchazo, un metisaca infame y el descabello. Algo así no es justo.

Así las cosas, el único que tocó pelo fue Manzanares. El que cerró plaza fue un toro de fondo encastado y exigente. De querer todo por abajo, emplearse y transmitir. Manzanares comenzó la faena a lo grande con un par de series en redondo de encaje, ajuste, decisión, ganas y colocación.

El hueso en el lote cayó en manos de Castella. El primero no tuvo fondo alguno, aplomado y apagado. El francés se empeñó en pasar diez minutos delante sin opciones. El quinto fue un toro complicado y con guasa, de esperar, venirse cruzado y estar con la antena puesta. Y Castella aguantó más firme que una vela. A todas las mascás respondió con una firmeza y seguridad de aúpa. Un punto largo también. Un monumento a la testiculina del que no se enteraron en la plaza.

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