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¡Por favor, dejen de venir un poco!

el 22 sep 2012 / 17:44 h.

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Un desconsolador aspecto del lleno total que se vivió en esas fechas en la Cartuja.
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Como en los casos de catástrofes naturales e invasiones alienígenas, la autoridad tuvo que dirigirse al pueblo diciendo poco menos que lo siguiente: ¡Por favor, dejen de ir a la Expo o moriremos todos! No lo dijeron así, claro, porque la autoridad es muy comedida ante la posibilidad de un exterminio masivo, pero los hechos son que el día 20 de septiembre de 1992 entraron al recinto cartujano exactamente 516.689 visitantes, es decir, el doble de su población normal. O dicho de otro modo: que había colas hasta en el Pabellón de la Promesa, como contó al día siguiente, sorprendido cual si de un milagro se tratara, El Correo de Andalucía.

Aquí no cabe nadie más, lo tituló a todo trapo, en un alarde de sutileza. Y en una crónica excepcional, Trague Cola-Cola, se contaba que había colas hasta para beber en las fuentes, y que para entrar al Pabellón de Canadá había que esperar siete horas. Siete. Más que para ir a Canadá. Normal que al día siguiente pasara lo que pasó cuando, a las dos de la tarde, se estropeó el proyector de cine de este visitadísimo edificio:que quienes llevaban aguardando en fila "desde primeras horas de la mañana", como insistió en precisar este periódico, protagonizaron un auténtico motín que habría dejado al del Caine en la mala contestación de una novicia a la superiora del convento de las ursulinas si no llega a ser porque intervino la policía. Como lo está usted leyendo: tuvo que intervenir la policía por un proyector de cine averiado que equivalía a un día perdido en la carísima Expo 92.

Lo de que hubiese tantísimo género humano allí metido tenía otros efectos, además de los consiguientes de hacer el tonto sin poder ver nada: el pestazo. ¿Exageración?Sí, sí. El día 23, bajo el título Olor a Expo, este diario sentenció lo siguiente: "No es a Agua de Sevilla a lo que huelen ya algunos de los pabellones más visitados de la Expo. El permanente fluir de público ha impregnado ya algunos edificios con poca ventilación de un olor a sudor colectivo, que ya empieza a identificarse como olor a Expo. En los autobuses de la isla también es bastante perceptible."

Y si la pituitaria salía seriamente afectada de la experiencia universal, de los tímpanos mejor no hablar. No hacía falta ni ir a la Expo; bastaba con vivir por Triana, que estaban allí los pobres asomados a los balcones y diciéndose unos a otros eso de Pero qué pasa, pero qué pasa. Pues lo que pasaba era que seis reactores norteamericanos decidieron ensayar sobre el viejo arrabal su espectáculo de acrobacias aéreas del día siguiente, 22 de septiembre, con el resultado de que dejaron temblando a los canarios en sus jaulas y a los abuelos en sus butacas. Amén de sordos todos, claro. ¿Ángeles o demonios?, se preguntaba El Correo desde el título que presidía el relato de los acontecimientos, jugando así con el nombre del escuadrón aéreo, Ángeles Azules.

La asociación de consumidores ACUS calificó el asunto de "auténtica barbaridad", entre otras cosas por el detalle de que un manojo de aviones supersónicos se pasaran dos días burlándose de la muerte sobre una ciudad con 700.000 personas.Pues si alguien creía que no podía haber más decibelios, aquel mismo día arrancó a hablar el señor alcalde, Alejandro Rojas Marcos, para poner como chupa de dómine a los responsables de la Exposición Universal. Se arrancó por peteneras, indignado como estaba por el hecho de que la organización hubiese echado para atrás todas las ocurrencias que había tenido el Ayuntamiento para celebrar el Día de Sevilla en la Expo, previsto para el 1 de octubre, a saber:que las parejas ataviadas con traje típico (de corto y de flamenca) entraran gratis esa jornada, que se regalaran 150.000 pases para esa fecha entre los sevillanos más pobres, que se invitara a una copita no a las autoridades sino a la gente... Pues nada.

Se ve que estaba de moda esa semana entre la municipalidad presente el lanzamiento de exabrupto, como se vio el 21 de septiembre con otro alcalde andalucista, esta vez el jerezano Pedro Pacheco. Este acusó a los mandamases del asunto de ningunear a su tierra, y se vengó organizando un Día de Jerez que llenó la modernísima Expo, la del microclima y el monorraíl, en un derroche de caballistas, sombreros de ala ancha, flamencas a todo pasto, caña de lomo para matar a cien consejos de administración y, por supuesto, vino de Jerez. Pura melancolía. Y por si fuera poco, aprovechó Pacheco para anunciar su intención de promover una exposición internacional en su tierra que llevase por tema El vino, cultura y felicidad de los hombres. Nada menos.Pero también hubo otra clase de melancolía, relacionada, claro, con la proximidad del final de la fiesta y con el amor del sevillano por su tierra.

El día 20, El Correo publicó una entrevista con una señora de cerca de sesenta años cuyo protagonismo se debía al hecho de formar parte del grupo de Cicerones de Sevilla: voluntarios dedicados a dejarse los riñones y la parla al servicio de su ciudad, orientando al forastero y explicándole lo que fuese menester. Pepa Guerrero, que ese era su nombre, decía que ella, en realidad, había sido cicerone toda su vida, porque una persona que se cría en la calle Zaragoza no hay día que no tenga que echarse al lomo a dos o tres franceses o a una excursión de japoneses para ponerlos en camino de la Catedral o de la Plaza de Toros. Era, por tanto, un caso claro de vocación lo que los movía a todos a apuntarse como voluntarios a semejante experimento municipal.

No es que contara la mujer grandes maravillas ni que diese sonoros titulares, más allá del detalle de que ella rechazaba todas las propinas que le ofrecían los guiris por su amabilidad desinteresada. Pero cuando el periodista le preguntó si este ejercicio le había abierto el apetito por conocer otros idiomas, por adentrarse en el aprendizaje de otras lenguas con las que comunicarse más y mejor, Pepa lo tuvo claro: "Yo, ahora... A mí nunca me han interesado mucho los idiomas. Será porque siempre me he entendido bien con el nuestro." Algo parecido debió de pensar Emilio Cassinello cuando el 17, fiesta de Papúa Nueva Guinea, se le pusieron al lado todo el día dos gigantes pintarrajeados y con lanza, para protegerlo. ¿Sería de que lo aplastara la gente?

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