Local

Por qué subir impuestos

Si nos esforzamos en ver las cosas por el lado positivo, muy bien pudiera ocurrir que el amago de reforma tributaria...

el 16 sep 2009 / 04:54 h.

Si nos esforzamos en ver las cosas por el lado positivo, muy bien pudiera ocurrir que el amago de reforma tributaria que hemos vivido esta semana, modestamente dirigida a reconstruir la progresividad perdida a chorros por el sistema impositivo en los últimos quince años, signifique un punto de inflexión en la ortodoxia del debate político, donde hasta ahora nadie se atrevía a proponer una subida en los impuestos directos.

La España de España-va-bien fue también la de un continuo goteo de recortes fiscales para las rentas más altas disfrazados con diferentes ropajes (deducciones, recorte de tipos, normas especiales, etc.). Nuestro cuadro tributario fue ganando puntos en injusticia a la misma velocidad que se recortaban los tipos marginales. La coartada teórica proclamaba que toda subida de impuestos era perjudicial para el conjunto de la economía, y viceversa. Por citar sólo los retrocesos más recientes, vimos cómo se acabó sin debate con el Impuesto sobre el Patrimonio y asistimos al desvanecimiento, a mayor o menor ritmo, del Impuesto de Sucesiones en las comunidades autónomas; en muchos casos las mismas que, irónicamente, no cesan de pedir, aquí con razón, que el nuevo sistema de financiación sea justo y evite privilegios.

¿Cómo hemos podido llegar a internalizar tan profundamente este entramado de contradicciones y mentiras mondas y lirondas? ¿Cómo han logrado que en los mítines la gente aplauda promesas de bajadas que benefician esencialmente a los más ricos a costa de la mayoría, o que no parezca escandaloso que los asalariados millonarios extranjeros (gracias a la ley Beckham, de 2003) tributen al mismo tipo (24%) que quienes cobran 2.000 euros mensuales? Y ya que estamos, ¿es esto patriotismo, o justo lo contrario?

Es hora de ir pensando en retomar la senda hacia un sistema de reparto de cargas más justo pero también más eficiente. Y la coincidencia de estos dos objetivos nunca fue más nítida. Primero, porque en el momento actual incluso la más ortodoxa receta fiscal recomienda aumentar los impuestos a quienes menos van a rebajar sus gastos como consecuencia de ello. En segundo lugar, porque si consideramos deseable el mantenimiento de cierta estabilidad presupuestaria, la mejor vía es el aumento de impuestos. Las otras opciones son recortar gasto y arriesgarnos al colapso socioeconómico o seguir aumentando la deuda pública y estrangular las posibilidades de inversión pública a medio plazo.

Existe además margen para aumentos de la tributación. El último informe de Eurostat mostraba que, con datos de 2007, nuestro país (37,1%) aún se encontraba por debajo de la UE-27 (39,8%). Pero eso no es todo. Como a estas alturas ni el más despistado ignora, las circunstancias han cambiado vertiginosamente: los últimos datos del Ministerio de Economía hablaban de una presión fiscal del 32,8% para 2008, fruto del pinchazo en la actividad. A ello se une un incremento notabilísimo del gasto, que no hará sino incrementar la brecha.

Así pues, la solución es aumentar de forma sostenida la imposición directa, sin renunciar a armonizar el IVA, al tiempo que se refuerzan los mecanismos de lucha contra los diferentes niveles de fraude tributario. De hecho, lo ideal sería que estas subidas se produjeran de forma armónica en toda Europa, donde las dificultades presupuestarias tienden a dibujar la misma curva creciente en el déficit.

  • 1