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Porque es un chico excelente...

el 31 oct 2010 / 08:08 h.

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Desde que se hizo con el gobierno de la Universidad de Sevilla, en marzo de 2008, Joaquín Luque Rodríguez (sevillano de 53 años) no había tenido un alegrón semejante. La obtención del campus de excelencia internacional para el proyecto Andalucía Tech, una iniciativa en la que Sevilla va de la mano de la vecina Universidad de Málaga, lo ha colocado en la primera línea. Al que no le sonara su nombre, estos días lo ha escuchado hasta hartarse. Bajo este epígrafe tan rimbombante hay más entusiasmo, imaginación y ganas de trabajar para hacer una universidad mejor que dinero. Y obviando lo pecuniario (cada uno sabe lo que tiene en su cuenta), de todo lo demás, este bético de carné (no a todo se le puede pedir la excelencia) tiene de sobra.

Luque nació en el seno de una familia muy humilde, donde aprendió el valor del esfuerzo y el sacrificio. La mano de los jesuitas hizo el resto. Ambos ingredientes han fraguado la personalidad de este ingeniero industrial y licenciado en Filosofía al que sólo dos cosas pueden hacer que pierda los nervios: el desorden y la improvisación.

En 1980 se convirtió en el número uno de su promoción. Esto le valió el premio universitario de la Real Maestranza al mejor expediente académico. Empezó a diseñar su carrera en la Escuela de Ingenieros. Pero en sus planes se cruzó la multinacional sevillana Abengoa. Vendrían entonces años de viajes y largas estancias fuera de Sevilla. Hombre familiar donde los haya, decidió desandar lo andado y recaló de nuevo en la Universidad. Su último destino antes de que el ex rector Miguel Florencio lo fichara en 2000 con el cometido de que la Universidad de Maese Rodrigo se aliara de una vez por todas con Bill Gates, fue Informática. Una vez instalado en el ala noble de la Fábrica de Tabacos, discretamente y sin estridencias (como una sinfonía de Mozart o Haydn, que tanto le gustan), su capacidad de trabajo lo aupó hasta el vicerrectorado de Infraestructuras. En este campo era un auténtico neófito, pero aprendió a lidiar con los tiburones. A él le tocó poner en marcha la mayor reordenación de espacios en la Universidad contemporánea y la construcción del que iba a ser el emblema de la Hispalense del futuro: la biblioteca del Prado. Confió en la altura de miras de Sevilla y se topó con la paralización de los trabajos por parte de la Justicia. Sobre este asunto, sus más allegados reconocen que se muerde la lengua. Una actitud ésta, la del silencio, que también mantuvo cuando se acusó a la Universidad de permitir que sus estudiantes copiaran.

Aprendió la lección y cuando habló alto y claro, sorprendiendo a más de uno, fue cuando el Gobierno dejó a la Universidad de Sevilla fuera de la primera convocatoria de campus de excelencia. Pero Joaquín Luque no es hombre que se sienta cómodo en el campo de la política. Ni arenga, ni gesticula, ni se impone. Lo suyo es la gestión y, sobre todo, la universitaria. En ella ha demostrado las dotes del mejor seleccionador de la Roja: dialogante, afable y humano. A diferencia de otros rectores, Luque ha logrado que de él hablen con respeto, e incluso admiración, hasta los enemigos declarados del poder académico.

El triunfo de Andalucía Tech ha afianzado en su cargo a este sevillano de ademanes más propios de tierras arias. El éxito lo celebró con todo su equipo (seguro que en el postre pidió un poco de queso y un té para rematar la tarde).

En la Hispalense ya hay quien se atreve a profetizar que "la legislatura buena de Joaquín es la que viene". A él, por si acaso, la inspiración sobre si se presenta a la reelección o no le cogerá trabajando.

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