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Premio al afán de superación

El centro de educación permanente del Polígono Sur recibe el Premio Nacional Miguel Hernández del Ministerio de Educación por su labor en la alfabetización de adultos.

el 23 nov 2013 / 19:13 h.

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Leandra González tiene 70 años y no fue al colegio, por lo que apenas sabía leer y escribir. Con casi 50 años, cuando la menor de sus siete hijos terminó la escuela decidió que ya era su turno y desde entonces (con un paréntesis en el que tuvo que dejarlo para cuidar a sus padres) acude por las tardes al centro de educación permanente de su barrio, el Polígono Sur, que acaba de recibir el Premio Nacional Miguel Hernández que concede el Ministerio de Educación, un reconocimiento que le permitirá representar a España en las candidaturas a los premios internacionales de alfabetización de la Unesco. superacionEl centro de adultos del Polígono Sur abrió sus puertas en el curso 1980-1981, de la mano de dos maestros que tras terminar su jornada laboral acudían a colegios del barrio por las tardes para enseñar a leer y a escribir a personas mayores analfabetas. Hasta el curso pasado no tuvo una sede propia sino que fue rulando por centros escolares de la zona y, en los últimos años, ocupaba las instalaciones del centro cívico El Esqueleto. Hoy –ya como centro de educación permanente de la Junta, que hace unos años asumió la gestión de los antiguos centros de adultos subvencionados por el Ayuntamiento–, la antigua guardería Alberto Lista ha transformado sus aulas infantiles en clases llenas de personas mayores que no tuvieron en su día la oportunidad de aprender ni las cuatro reglas y otras más jóvenes que abandonaron pronto sus estudios y que tratan ahora de sacarse el título de Secundaria o se preparan para acceder a un ciclo formativo de grado superior. Doce maestros que expresamente optan a un puesto específico en este tipo de centros componen la plantilla actual y 700 alumnos acuden a las distintas clases que se ofertan, tanto de programas reglados como otros de enseñanza de aptitudes básicas, desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche. “Nos adaptamos a su horario, aquí vienen a aprender español a las ocho los inmigrantes que durante el día venden pañuelos en los semáforos o a sacarse el carné de conducir vendedores ambulantes que llevan años circulando con la furgoneta y apenas saben leer para pasar el examen”, explica Ana García, directora del centro. Además de las clases propiamente dichas, el centro cuenta con un grupo de teatro –No nos duele nᖠformado por alumnas que escriben sus propias obras “con mucho tinte social” y proyectos como huertos ecológicos en el patio del que empiezan a vivir varias familias necesitadas. El premio, dotado con 38.000 euros, ya tiene destino. “Para nosotros que tenemos un presupuesto anual de 5.000 euros supondrá poder comprar pizarras virtuales y más ordenadores para enseñar a los alumnos a echar currículos a ofertas de trabajo por internet. Ampliaremos la biblioteca, donde dedicaremos un espacio a Miguel Hernández, el poeta del pueblo que también fue autodidacta. Y haremos un viaje cultural, porque muchos de nuestros alumnos no han salido nunca de Sevilla y algunos ni del barrio”, relata la directora. Si los profesores se alegraron del reconocimiento, alumnos como Leandra aún más ya que para ella sus maestros “son dignos de admiración porque en una zona como la nuestra de la que nadie quiere saber nada, ellos están por opción, dedican su vida a enseñarnos y nos animan mucho”. Leandra tiene claro que ya no dejará el colegio “hasta que me echen, porque me encanta aprender. El colegio es lo mejor que me ha pasado en la vida junto con mis hijos. Todavía me equivoco con la b y la v y la hache a veces pero ya no es lo mismo, el saber me ha hecho libre”, cuenta orgullosa. No es para menos. De ser analfabeta pasó a publicar un libro en 2007, La infancia que se perdió, sobre “una niña a la que sus padres en la posguerra tuvieron que dejar en el pueblo al cuidado de unos familiares” en el que la ficción se mezcla con retazos de su historia. “Lo escribí como pude, una de mis hijas me lo pasó a ordenador, un amigo lo corrigió y lo editó la dueña de una papelería del barrio. Se vendieron más de cien en la Feria del Libro de ese año”, presume. Ya prepara una segunda historia, La diosa de la fertilidad, de la que solo desvela que “va sobre la Iglesia, la homosexualidad y los malos tratos en el hogar” pero aún no tiene editorial y necesita ayuda para pasarlo a ordenador “porque aún no me aclaro mucho, el año que viene me punto a informática”. Mientras, participa en las tertulias literarias que semanalmente comparte con sus compañeras. Ahora están leyendo Doce cuentos peregrinos, de García Márquez, relatos que Gabo recuperó tras años olvidados en cajones. Y es que nunca es tarde para nada ni nadie.

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