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'Prescindir de los demás es imposible'

Guadalupe Camarero es profesora de instituto en Torreblanca. En 2004 le diagnosticaron leucemia. Se iba a morir. Un trasplante de médula y un valor a prueba de bomba le han salvado la vida.

el 16 sep 2009 / 03:53 h.

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Docenas de adolescentes con pancartas de aliento velaban en la puerta del Virgen del Rocío el 1 de mayo de 2005 mientras los médicos intentaban salvarle la vida en un quirófano a su profesora de Historia. La prueba de que esto le pasa a cualquiera y en cualquier momento es que a Lupe Camarero le diagnosticaron la peor forma posible de leucemia como colofón a una de las mejores semanas de su vida, "justo después de pasar sesenta horas de Feria y harta de rebujito", y sin relación alguna entre lo uno y lo otro. Era el 6 de mayo de 2004. "Nadie daba una semana de vida por mí."

Está claro que celebraciones como la de esta semana, con el Día Nacional del Donante, no son en vano: recibió 116 transfusiones de sangre, o lo que es igual, el resultado de que cientos de personas decidieran, sin ninguna necesidad personal de pasar por ello más que la pura humanidad, tomarse la molestia de ir a un centro de hemodonación a que le clavaran una aguja para cuando hiciese falta.

Y luego está lo del alemán. "Bueno, yo creo que era alemán. No lo conocemos, por supuesto, pero en casa lo llamamos Hans y brindamos por él en todas las reuniones." Hans, o como se llame, fue quien le donó la médula ósea. A Lupe no le valía la de ningún familiar. "Antes de todo eso pensé en ir a Houston y todo, pero en Houston me recomendaron el Virgen del Rocío, así de bueno es este hospital."

Se deshace en los elogios más dulces hacia los médicos, el personal del hospital, la Fundación Carreras, su familia, sus alumnos (que le pusieron hasta un buzón en el instituto de Torreblanca para mandarle cartas), a los donantes... "No podemos prescindir de los otros, ése es el mensaje. Nadie sabe lo que le puede pasar mañana. No sé si ya estoy curada (dice mi médico que no mire en internet), pero sí que estoy mejorando y que de esto se sale. Hay que ponerse la peineta todos los días y salir a celebrar la vida todos los días."

"Mis alumnos llevan seis años apoyándome. Al igual que a los donantes, a ellos también les debo la vida porque son uno de los pilares de mi mejoría. Y la fe. Naturalmente, la familia." Dice Lupe que la edad está en la mente y que ella, en todo caso, no tiene el menor interés porque trascienda la suya, que confiesa bisbiseando a este periódico. "Siempre fui muy positiva y muy echada para adelante, pero si no hubiese sido por todos ellos, que me empujaban... Yo vivo gracias a la gente".

"He criado a dos nietos durante el trasplante, porque estuve un año de baja. Les hacía la comida, los paseaba... No tenía más remedio, porque había dos opciones: o morirme de asco o agarrarme a la vida." Y así sigue siendo Guadalupe: "Soy positiva, independiente, me gusta todo: el trabajo, mi barrio donde doy clases, hacer de comer a mis nietos, pasear por Triana, irme a la playa (que lo tenía prohibido, igual que el jamón), la Semana Santa, la Feria, leer (ahora estoy con Mil soles espléndidos)... Y... ¿qué soy ahora? Pues por la mañana, profesora; al medio día, Arguiñana; y por la tarde, abuela explotada. Sigo sin poder comer jamón porque la médula del alemán todavía está luchando con la mía, con la enferma, y el jamón no le ayudaría. Lo que sí tengo claro es que a Hans le gusta la cerveza, porque vaya, hijo mío, vaya lo bien que me sienta."

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