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'Puedo plagiar los versos más tristes'

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. No prometo, no afirmo, no amenazo; cito a Pablo Neruda. Si hubiera omitido el nombre del poeta, ustedes habrían identificado su autoría, tanto por lo popular del texto como por la cantidad de ocasiones que ha sido reutilizada y parafraseada por otros artistas.

el 15 sep 2009 / 11:37 h.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. No prometo, no afirmo, no amenazo; cito a Pablo Neruda. Si hubiera omitido el nombre del poeta, ustedes habrían identificado su autoría, tanto por lo popular del texto como por la cantidad de ocasiones que ha sido reutilizada y parafraseada por otros artistas.

Si yo plantara en este artículo, por ejemplo, con su polisón de nardos, algunos musitarán que se le ocurrió a Federico García Lorca, y otros continuarán leyendo como si nada. Nadie me acusará de plagio, quizá por las cursivas, quizá porque la intertextualidad real -esa que no es copiar y pegar 40 páginas de una obra ajena, sino que se sirve de la creación de los otros para la inspiración propia- es un recurso tan legítimo como cualquier otro.

De Enrique Bunbury me convence sólo una canción que, para colmo, suena a descarte de los descartes del Bowie convertido en Ziggy Stardust. No compraría un disco suyo, ni el humo ni las alfombras que nos vende como extras paramusicales, y me aburriría -intuyo- soberanamente en sus conciertos. Aclaro, entonces, que más que admiradora soy lo contrario.

Su single más reciente comparte título con un verso de Pedro Casariego Córdoba, y esa elección -que yo interpreto como una afortunada mezcla de homenaje y oportunidad para difundir aún más la obra del poeta- ha originado la polémica: Bunbury plagia. Recurre a dos versos ajenos, luego los copia sin vergüenza. Utiliza la palabra patochada, ergo comete un delito contra la salud pública y la moral.

No he hojeado el libreto del nuevo álbum de Bunbury, que para colmo ni siquiera está a la venta, por lo que desconozco si el músico aclara la procedencia de las citas. Para confirmar el tributo, y regalar a sus fans la noticia de la existencia de Casariego, ojalá lo haya hecho. En todo caso, este revuelo obedece a una combinación de aburrimiento e ignorancia, un cóctel molotov que daña más que muchas ventanas rotas. ¿Conclusión? Lean más a Pedro Casariego y escuchen menos a Bunbury, por si las moscas.

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