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Qué cantidad de gente y qué poco dinero gastaban

el 04 ago 2012 / 18:41 h.

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La semana en que se echó de menos a una burra se vivieron, además, otros grandes acontecimientos en la Isla de Todos los Mundos, sucesos muchos de ellos lo bastante estúpidos o inesperados como para merecer evocación veinte años después. El primero y más sonado dentro de ese amplio repertorio (pero no el más importante) podría inscribirse en la categoría de Disgustos Surtidos, y se trató del acongojante desplome de las previsiones de visitantes. Tras dos meses de enfado gordo porque no se vendía ni un abanico, el cabreo de los mercaderes de la Expo alcanzó los 9 grados en la escala Mercalli cuando se hizo público, el día 2 de agosto, que el cálculo de la gente que iba a venir y de la pasta que se iban a gastar lo había hecho un mono con una tiza. En números, y hasta ese momento: 2,5 millones menos de visitas de lo esperado. Y extranjeros con dólares, menos que en una película de Benito Zambrano.

La gran pregunta era: Un momento, un momento, ¿eso cómo va a ser, si esto está atestado de gente? La respuesta estaba en las cifras: En vez de 20,3 millones de personas, 17,9. En lugar de 9 millones de extranjeros, 3,8. Fue la misma semana en que se fue a la porra Coral, la central de reserva de alojamientos (no quiera saber a cuánta gente llegó a alojar) y se despidió de la afición la empresa que vendía las flores en la Cartuja, mientras el resto de concesionarios pedía a la organización que renegociara las condiciones de los contratos, porque en materia de ganancias andaban más o menos empatados con el Garibay del islote Perejil.

Pero antes de explicar qué burra era esa que tanto se echó de menos, otro notición de aquellos días: el Ayuntamiento aprobó el día 31 de julio el Plan Especial de la Cartuja, con la abstención de IU. En semejante tocho se establecía el futuro urbanístico del territorio de la Expo, con sus hotelitos, su zona temática, sus I+D, sus facultades universitarias y sus jaramagos resecos. Y ahora sí: la burra era la de Juan Valdés, que asistió, casi como parte de la delegación oficial de su país, a los festejos por el día de Colombia en la Exposición Universal. Atentos al resto del elenco: un expresidente (Belisario Betancur), un torero (César Rincón) y la virreina universal de la belleza, de nombre Paola Turbay. Realismo mágico. No en vano se trataba del país de Gabriel García Márquez, quien también estaba allí asomándose a las fotos y firmando ejemplares de sus Doce cuentos peregrinos. Eso fue el 30 de julio, y dos días después, el gran escritor se fue a cenar con su señora, Mercedes, al Pabellón de Navarra por razones que no requieren justificación. Aconteció entonces lo de siempre: que todo el que tenía a mano una servilleta y un boli se fue corriendo para él con intención de averiguar si sabía firmar. Pero García Márquez iba preparado: "No", repuso a la tropa invasora. "Yo solo firmo en libros. Míos o de cualquier otro autor, pero solo en libros".

Juan Valdés, sin su burra, estaba irreconocible aunque simpatiquísimo. Y entre eso, la turbamulta que se dedicó a perseguir todo el día al premio Nobel para conseguir su autógrafo, la guapetona oficial y los ritmos colombianos, se armó una fiesta de cuidado. El espíritu hispano es así, que con nada te organiza una merienda-cena memorable. A otros les cuesta más trabajo hacerse notar, por más que lo intentan con mucho mérito. Fue el caso de Suiza, que celebró su día el 1 de agosto invitando a desayunar con bollos, queso y leche chocolateada a todo el que se presentara en el Palenque a las nueve y media de la mañana. Que no es que fuese poca gente (gente fue), pero allí sobraron bollos y gradas vacías en ingentes cantidades. Se ve que el sevillano tenía por aquel entonces la costumbre de salir desayunado de casa, estando como estaba la cosa en recesión.

Vaya si se estaba notando. Durante esos días, hace ahora justamente veinte años, la gente empezó a escasear en algunos momentos. Sería el calor, sería lo que fuese, pero a muchos de los actos oficiales no iban más que quienes los organizaban, y... y. El día de Trinidad y Tobago, por ejemplo: eso sí que fue una pena. Por no ir nadie, no fue ni un mal ministro. De hecho, El Correo tituló la crónica del día siguiente con una sentencia tan contundente como esta: El Gobierno se olvidó de Trinidad. Se ve que el Ejecutivo se tomó demasiado en serio la letra de esa copla que cantaba Marifé de Triana, que decía: ¿Qué tienes en la mirá que no me pareces buena, Triniá, mi Trini, ay Triniá? Pues eso.

Porque aquí, para las coplas, sí que había siempre público en grado de mazacote humano. Ni Trinidad, ni Tobago que valgan: lo nuestro. Un ejemplo fue, como cabía esperar, la celebración del día de honor de Andalucía en la Expo, que hizo que la explanada de la Macarena, a la hora de la procesión, pareciese un páramo desierto comparado con el gentío que se juntó sobre el suelo cartujano para empaparse de sevillanas, flamencas, quejíos y discursos sobre sí mismos. Allí estuvieron casi todos los consejeros con Chaves al frente, las autoridades de todo cuño y hasta el arzobispo Amigo. Se recuerda aquella fecha como un día de un calor inhumano, muy acorde con el sentido de la fiesta. Fue el 2 de agosto, la misma fecha en que a un reportero de El Correo, cuando fue a entrar en la Expo por la puerta de la Barqueta para hacer su trabajo, le pitó el torno al introducir el pase. Llegó un azafato, le retiró tanto el pase como el DNI y allí que se quedó el plumilla, feliz e indocumentado (cual título de García Márquez: cuando algo se pone en plan realismo mágico, se pone y no hay más que hablar) hasta que a los veinte minutos lo meten en un despacho y le dicen que "se queda sin credencial porque, según el ordenador, ¡ha sido dado de baja por el periódico!" Vamos, como si hiciera falta ayuda informática para echar a los redactores de sus trabajos. En fin, que se ve que cuando dijeron que los ordenadores acabarían con los periódicos, hubo algunos programadores que se lo debieron de tomar en sentido literal. Por fortuna, el papel sigue vivo en los tiempos del cólera, y las losetas de la Expo están rotas de viejas.

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