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Que la DGT no decaiga en el empeño

Laus Deo: Héme aquí, milagrosamente en el mundo de los vivos, después de haber visto muy de cerca la posibilidad de un accidente de automóvil, del que sólo me ha salvado la Divina Providencia y la experiencia conductor sin una sola multa por infracción de tráfico en cuarenta y cinco años de carné. Lo digo con una mezcla de legítimo orgullo y sentida humildad porque...

el 15 sep 2009 / 10:41 h.

Laus Deo: Héme aquí, milagrosamente en el mundo de los vivos, después de haber visto muy de cerca la posibilidad de un accidente de automóvil, del que sólo me ha salvado la Divina Providencia y la experiencia conductor sin una sola multa por infracción de tráfico en cuarenta y cinco años de carné. Lo digo con una mezcla de legítimo orgullo y sentida humildad porque creo que actitudes responsables como la de quien esto escribe deberían ser la nota característica en la carretera.

Fue el domingo por la tarde en la autopista Cádiz-Sevilla, con tráfico denso desde algunos kilómetros antes del peaje y a velocidad no superior a los cien, cuando para adelantar a un vehículo lento me situé en el carril izquierdo con la intención de volver enseguida al derecho tal como está indicado en las normas de circulación. Pero en ese momento apareció por detrás, como una exhalación, un coche pequeño, negro como un demonio, que se situó a escasos metros, no se si en algunos instantes incluso a centímetros, de suerte que presagié la colisión si no me andaba con mucha maña y no poco tiento.

La momentánea hilera del carril derecho -cada vez más próximo el control del peaje- me impedía retornar, y al propio tiempo no le perdía ojo al suicida coche de atrás porque sé que si llego a pisar el freno el accidente habría sobrevenido de manera trágica e irremediable. Todo ocurrió en segundos.

Levantado el pie del acelerador, y con cierta habilidad y cálculo de las distancias, logré hacerme un hueco en el carril derecho, y permitir que aquel hijo de lucifer -que Dios confunda- ganase los pocos metros que mediaban hasta el siguiente vehículo al que comenzó a atosigar igualmente con claxon, ráfagas y avanzadillas hasta casi rozar su parachoques con la defensa trasera de la nueva víctima, obligándola literalmente a hacerse a un lado. Y así, hasta llegar al peaje.

La Dirección General de Tráfico está logrando buenos resultados con las medidas disuasorias que ha puesto en práctica de unos meses a esta parte. Pero ello solo no basta. La DGT tiene que expulsar de la carretera a esos no sé cuántos conductores camicaces que siembran el pánico y provocan accidentes allí por dónde circulan. Después de comprobar en mis neuronas la agresividad de este diablo sobre ruedas estoy convencido de que en alguna otra ocasión, si no ese mismo día, ha sido causa de males mayores y acaso responsable de alguna vida inútilmente segada.

A la DGT hay que apoyarla y animarla a que no decaiga en el empeño de poner a buen recaudo a los infractores permanentes, a los que convierten su vehículo en una bomba rodante; a todos aquellos que se burlan sistemáticamente del Código y sus preceptos con desprecio del resto de los automovilistas.

Conclusión: al llegar al peaje intenté afearle su conducta y decirle que nos podíamos haber matado los dos, como describe el muy gráfico anuncio de la DGT. Pero mis intentos fueron vanos: el volumen de los atronadores bafles que llevaba camuflados en el maletero le impedían oír nada del exterior.

Periodista

gimenezaleman@gmail.com

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