Feria de Abril

Que nada apague la alegría de este sol de abril

Menos calor y mucho menos público en la recta final. Los turistas toman el relevo a los sevillanos.

el 20 abr 2013 / 20:46 h.

Dicen los cabales que los mejores negocios son los que se firman en la servilleta de un bar. Ayer Alba, una joven de San Francisco (California), hizo el suyo al anotar sobre ella la receta de la felicidad: los ingredientes del rebujito. “Fantástico. Lo tenemos que exportar. Nunca he bebido nada igual”, insiste a su madre, Mercedes, con quien había llegado un día antes para disfrutar de la Feria de Abril. Les marcó mucho la visita que hicieron en 2006 y este año han repetido: “Queríamos ir a la Feria de Abril de Barcelona, pero dijimos no, vamos a la auténtica, a la de Sevilla. Y aquí estamos disfrutando”. cronica-manolo-feriaAlba y Mercedes no pierden detalle del paseo de caballos (más fluido que otros días) desde una isleta de Antonio Bienvenida: “Por la portada pasa todo el mundo. Vamos a estar aquí un rato, a ver si vemos algún famoso, como Francisco Rivera, que nos gusta mucho”. En esta misión quedan estas dos feriantas adoptivas, a las que no les falta su mantoncillo sobre los hombros y una flor enorme en el pelo. Eso sí, su acento les delata, pese a manejar bastante bien el español y la guasa sevillana: “Esto es único. La gente es muy amable y nos encanta bailar sevillanas, rumbas, el sarandonga... y el cortejo en el baile”, se ríen. No son las únicas foráneas que han ocupado el vacío que ha dejado el éxodo de sevillanos a las playas. También Naty y Antonio han llegado de Madrid para tomar el albero. Antes se han pasado por el número 40 de la calle Sierpes, donde han adquirido sendos sombreros en previsión de las altas temperaturas, aunque ayer hubo una tregua y asomaron brisas que refrescaron la tarde. “Para llevarnos cualquier souvenir, preferimos unos sombreros artesanales”. Cristina Méndez, responsable de la Casa Maquedaro, les atiende con todo tipo de explicaciones, desde la catalogación del edificio en el que se ubica el negocio desde 1908 hasta los distintos modelos. Eso sí, reconoce satisfecha que el calor ha ayudado a salvar la temporada: “Se ha vendido un 20% más que el año pasado”. Pero el termómetro se relaja un poco al igual que el público, que ha descendido tanto dentro como fuera de las casetas. En las privadas, las de socios, empiezan a dominar los claros y hasta hay muchas completamente vacías en las que camareros y cocineros están de brazos cruzados. Así, por ejemplo, el número 187 de Juan Belmonte es un verdadero desierto. A las cuatro de la tarde no hay ni un alma y la freidora ni siquiera se ha encendido. Manuel, vecino de Lebrija, lleva 21 años trabajando en esta caseta y apunta que ésta está siendo la tónica dominante de los últimos años al llegar el fin de semana. Nada que ver con otros puntos de la región: “En Jerez, por ejemplo, los caballeros van con chaqueta, castellanos y catavinos aunque haga 50 grados. Allí nadie se va a la playa, pero en esta ciudad cuando hace un poco de calor y llega el viernes...” Sus palabras vienen a refrendar aquella polémica declaración del exalcalde Alfredo Sánchez Monteseirín en la que decía que el fin de semana de Feria se dejara para los pueblos y demás forasteros. Pero no es la única queja de Manuel y su cuadrilla. Tampoco están contentos con que se haya permitido beber en la vía pública: “Ha sido de vergüenza, que una fiesta tan universal como la Feria de Abril haya tenido botellones dentro y fuera del Real”. Hecha esta reivindicación de veterano curtido en más de un albero, llega el momento de sentenciar la fiesta al marcar sus últimas horas: “El que no haya hecho ya la Feria, que se olvide”, subraya Manuel, quien critica este final descafeinado, con casetas semivacías y un ambiente al ralentí en las calles. Frente a este vacío desesperante, las casetas de los distritos municipales y otras de entrada libres conservaban una aceptable cuota de público, aunque nada que ver con la de días atrás. En la del Cerro-Amate, Julia y su familia se estrenan con un plato de gambas y bandejas de pescaíto frito. Se retratan todos como si se tratase de un viaje a Punta Cana. “Tengo a mis dos hijos en paro y con mi pensión les ayudo en todo lo que puedo. No querían venir, pero los he animado y aquí estamos, todos en familia”, confiesa Julia mientras enseña su bufanda del Betis para el partido las seis de la tarde con el Real Madrid: “Ya sólo falta que gane mi Betis”. Es la hora de la sobremesa y el recinto de Los Remedios cuenta con la justa medida para apurar las últimas horas. En este contexto, un joven vestido de gallo pasea por la calle Juan Belmonte. Luce la siguiente pancarta: “Soy un gallo sin corral, me caso, dame algo”. Al margen de que recaudara o no algún céntimo, su silueta compite con la de Winnie the Pooh y la de los que se resisten a claudicar a la espera de que oficialmente todo acabe esta noche.

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