Opinión

Que parezca un accidente

el 11 oct 2009 / 05:56 h.

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Esta frase, tan típica y manida en el cine de matones baratos, pudo ser perfectamente escupida por el cabecilla de la trama Gürtel  a sus más fieles escuderos para intentar tapar todos los agujeros fiscales, falsificaciones y sobornos a altos cargos del Partido Popular. Nunca hizo un regalo a cambio de nada, algo de lo que ya se habrán dado cuenta los 17 miembros del PP a los que acusan de recibir casi seis millones de euros en dádivas.


Habría que ver a Correa en su despacho de la elitista calle Serrano con una sonrisa falsa de oreja a oreja urdiendo un plan para intentar asemejarse a esa clase social con la que consiguió relacionarse pero de la que nunca llegó a formar parte. Y también ensayando esa pose de yo miro a todos por encima del hombro para que las decenas de fotógrafos que cubrieron la boda de la hija de Aznar con Alejandro Agag lo retrataran a él y a su mujer –hija de un condenado por el caso Malaya– aún sin saber quién era ese tipo con pose de nuevo rico que llevaba cortos los pantalones del chaqué para que se vieran mejor sus zapatos. Esa ceremonia, por cierto, la siguió junto al primer ministro italiano, Silvio Berlusconi. En fin.   A Correa le encantaba presumir de ropa cara y enseñar a los invitados a su mansión sus más de treinta chaquetas azules con botones dorados y sus centenares de corbatas clasificadas por colores. Lo que nunca enseñaba era la cocina. Estaba sin estrenar. Siempre almorzaba y cenaba fuera de casa ya estuviera en su mansiones de Ibiza, Marbella o Sotogrande. Lo importante era dejarse ver en sitios de élite y con gente de élite. Tal era el ego de Correa que ordenó a Pablo Crespo, su número dos y también entre rejas desde hace meses, que lo llamara siempre Don Vito aunque la mayoría de los mortales pensemos que un ego que quiere ser como el mafioso de todos los mafiosos es una birria. Y no debe estar muy orgulloso de ello dado que desde el pasado 9 de febrero está en la cárcel por orden del juez Garzón, o sí. Quizás la jugada le salió mal porque Crespo no fue su primera opción para que fuera su mano derecha. Antes hubo ofrecimientos a personas del círculo de Javier Arenas que desecharon las galácticas ofertas de Correa. Para ver que no era trigo limpio no había que fijarse demasiado pero Correa tenía un gran habilidad para detectar los puntos flacos de los demás. Y el dinero era la obsesión de Crespo y también la de Álvaro Pérez El Bigotes, ese socio que se buscó para trabajar en Valencia y cuyos principales méritos son estar casado con una mamachicho, ser sobrino de Andrés Pajares y ser querido un huevo por Francisco Camps.


Lo que sí tenía muy claro Correa es que no quería ser rico sino estar forrado y que Hacienda era el gran enemigo. Su última declaración de la renta la hizo en 1999. De empleado de una agencia de viajes pasó a ser el dueño de Special Events y se dedicó a organizar los actos del PP. Hay que situarse en el decenio de 1990, donde el desarrollo de internet aún era bastante precario y la televisión era aún el mejor medio para hacer llegar un mensaje a los españoles. Y de eso se encargaba la empresa de Correa, de montar toda la parafernalia que acarrea un acto político y conseguir nuevos  contratos regalando coches, viajes o relojes, nada del todo a cien.


Poquito a poco empezó a pegarse más a los altos cargos del Gobierno de José María Aznar. Y lo debió hacer muy bien porque muchos empleados del PP creían que era del partido dada la naturalidad con la que se paseaba por las plantas más nobles de Génova. De ese trabajo terminó aburriéndose y pensó que para ser un auténtico Don Vito tenía que meterse en el mundo del ladrillo con recalificaciones a golpe de soborno porque hacerlo legalmente le aburría. Y si no quería caldo, dos tazas. Con lo que le queda en chirona tiempo tendrá para aburrirse.

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