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¿Qué se debe aquí?

Se acabaron los años felices, el fin de los días de vino y rosas, de esa adicción desenfrenada a la ganancia rápida que se ha extendido como una plaga por nuestra sociedad. La depravada "fiebre del oro" desató el delirio, y en el curso de su desvarío nos hizo a todos emprendedores, inversores, ganadores.

el 15 sep 2009 / 12:11 h.

Se acabaron los años felices, el fin de los días de vino y rosas, de esa adicción desenfrenada a la ganancia rápida que se ha extendido como una plaga por nuestra sociedad. La depravada "fiebre del oro" desató el delirio, y en el curso de su desvarío nos hizo a todos emprendedores, inversores, ganadores. El botín estaba garantizado. Por fin el capitalismo mostraba su cara dulce, socializaba el enriquecimiento. Esta enajenación de la realidad, en un clima de euforia colectiva, ha permitido que personajillos de tres al cuarto, y facinorosos de distinto calado, amparados en las bondades esenciales del crecimiento monetario, hayan amasado grandes fortunas y liderado el auge económico. El éxito de nuestra economía se ha venido rigiendo, entre otros, por el criterio de observar cuántas posiciones escalaban las nuevas fortunas españolas en el ranking de los más ricos del mundo, que la revista Fortune iba publicando con regularidad. ¡Ya tenemos alguna entre las 10 primeras! Exclamábamos, invadidos por una inusitada excitación. Pero después de tan frenética experiencia, de veladas tras veladas de mala vida, el cuerpo pide calma. Y así, exhaustos por tanto despojo financiero generado, la patronal reclama "una tregua al libre mercado". ¡La broma ha terminado!

Miran al otro lado del Atlántico y se plantean, si allí pueden por qué aquí no. Al fin y al cabo vivimos en el continente que alumbró los Estados de Bienestar. Existe, en mi modesta opinión, cierta confusión a este respecto. Los neocons norteamericanos no están distanciándose de sus posiciones neoliberales, fruto de su pragmatismo, y abrazando el keynesianismo. Más bien, sostienen una lógica que nunca abandonaron y que consiste en acudir al rescate, con fondos públicos (propios y ajenos), de entidades que en su afán de acumular colosales fortunas han dilapidado los ahorros de millones de personas. No es algo nuevo. Es una práctica frecuente, esa de socializar las pérdidas. Por aquí al parecer la cosa no es muy diferente. La evocación sistemática al libre mercado, trasmite la idea de que la no intervención del Estado es la mejor manera de poner orden en este desaguisado. Ignorando las palabras de Karl Polanyi cuando afirmaba que «el mercado es un buen sirviente, pero un pésimo amo». El Estado, a través del Gobierno o el Parlamento, siempre interviene. Establece las reglas. La cuestión, por tanto, no es si el Estado interviene o no, si lo hace en mayor o menor medida, sino en qué sentido interviene. Puede hacerlo a favor de intereses estrechos que persiguen el lucro particular, o a favor de la sociedad. Puede poner, en definitiva, la economía al servicio de la sociedad, o al servicio del mercado. Es su decisión. Vista la poca predisposición que se observa en quienes se han beneficiado, y, a pesar de la que está cayendo, aún lo siguen haciendo, aunque un poco menos, en arrimar el hombro. Más bien todo lo contrario.

Dada también la inclinación de los poderes públicos a dar satisfacción a sus peticiones, sólo nos queda preguntar: ¿qué se debe aquí?

Doctor en Economía

acore@us.es

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