Local

"Quería estar allí, rezaba por estar allí"

En Sevilla decenas de estadounidenses vivieron con ansiedad y pánico una jornada que paralizó sus vidas.

el 10 sep 2011 / 20:06 h.

TAGS:

José Antonio Viera, Juan Espadas y José Antonio Griñán tendrán un protagonismo destacado en esta conferencia.

Al igual que sucede en el cine fantástico, donde el infierno se desata en la más aparente y sencilla cotidianeidad, el 11-S cogió por sorpresa a millones de personas. Los primeros, los implicados, esos cientos de trabajadores que cumplían allí con su rutina. Y así, en un instante, un chispazo de horror prende y con él uno de los mayores fuegos del mundo, el infierno en el corazón de Manhattan.

Cuando Neill Bergamo recuerda aquel día lo hace con pudor. "Estaba tomando una cerveza en un pub irlandés del barrio de Santa Cruz, haciendo tiempo entre una reunión y otra cuando vi aquello en la pantalla... me quedé paralizado", recuerda. Una pantalla que habitualmente reproduce videoclips sin fin de la MTV y que aquella mañana se paró en seco para emitir las imágenes que habrían de cambiar el mundo.

Otro frenazo a su día fue el que dio Henry Dew, profesor en el Centro de Estudios Norteamericanos. "Tengo un vago recuerdo de aquella fecha, sé que tenía un día ajetreado y que, cuando me enteré de los atentados, apagué el móvil y me encerré en casa". Procedente de Arkansas, no tenía a ni un solo conocido en Nueva York, pero presintió que aquel horror "iba a ser sólo el principio", asegura refiriéndose a la guerra de Irak . "A posteriori una de las cosas que más me dolió del ‘efecto 11-S' fue descubrir el odio que mucha gente guardaba a los americanos, algo que se encargó de aumentar el presidente George W. Bush con la invasión", explica al respecto del que reconoce como "el asunto más delicado" que se le ocurre para dialogar.

Si alguna razón de ser tienen los tópicos, esta es que existen para ser desmontados. Cuanto menos resulta complicado encontrar un estadounidense que recurra al achacado patriotismo para erigir aquella desgracia de proporciones impensables en el pistoletazo de salida de una cruzada bélica como la que luego se orquestó. Casi podría decirse que, con el paso del tiempo, empieza a cundir un cierto recelo a hablar del 11-S.

Amy Parrish, neoyorkina, también profesora de inglés, tuvo una reacción vehemente, casi violenta. "Quería estar allí, rezaba por estar allí. Tuve mucha suerte y a los pocos minutos del atentado me enteré de que mi familia estaba bien, pero sentía una inmensa necesidad de ayudar, aunque sólo fuera quitando piedras", rememora. No pudo ser en aquella ocasión. Pero sí posteriormente. Hoy, diez años después, Amy dedica sus vacaciones a viajar a países subdesarrollados para colaborar en una ONG. Hasta que cayeron las Torres Gemelas jamás se lo había planteado, "fue como una lección, no creo que ninguna persona se quedara igual viendo aquello, no sería humano".

La huella más palpable que dejaron los atentados en Martin Lucier fue el miedo a volar. Tal vez contribuyó en algo que hacía sólo un par de semanas se había montado en un avión con destino a Nueva York. Fue un viaje familiar. Sus orígenes están allí, su futuro aquí, con su mujer, sevillana, y sus dos hijos. A este profesor de conservatorio no se le ocurre ninguna banda sonora para acompañar aquella sucesión de escalofriantes fotogramas. "Mucha gente dijo que creía estar viendo una película, no es estúpido ni gratuito afirmarlo, yo también lo creí y tarde en querer pensar lo contrario, en aceptar toda la verdad que había detrás de una tragedia que la humanidad está condenada a recordar eternamente", asegura.

Karin Crawford y Helen Palko nacieron en Pasadena (California) y Bratislava (Eslovaquia), respectivamente, y se conocieron una noche de fin de año en Nueva York. Hasta aquel día su punto de encuentro era idílico, de película. Sobra decir que en su primera noche el World Trade Center hizo de telón de ensueño.

Y como en el caso de tantas miles de personas, resulta inmensamente humano adaptar la tragedia a la escala personal. Tenían previsto mudarse a Sevilla para trabajar en una céntrica academia de idiomas. Lo hicieron pocos meses después de la catástrofe. Pero les costó superar un trauma que parecía que no estaba, "pero estaba ahí, en el fondo de nosotras. Las Torres en nuestras vidas eran más que una foto o un icono, un recuerdo de felicidad plena, de comienzo de algo grande", dice Helen Palko en clara alusión a su relación con Karin. Y cayeron, y con ellas muchos cientos de personas. "¿Cómo sustraerse a eso, por qué desear con tanta intensidad borrar de tu mente aquel lugar?", se pregunta en un perfecto castellano, perdiendo la mirada, atusándose el cabello, rebuscando en su interior.

  • 1