Cultura

"Quien te hace llorar en el amor no merece ni dos palabras"

En su segunda novela, ‘Que el tiempo nos encuentre’, la periodista Teresa Viejo se ambienta en el mundo del cine del México de los años 40.

el 08 mar 2014 / 22:28 h.

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15566020 Comenzó en televisión en el programa Pasa la vida, de María Teresa Campos, para después conducir todo tipo de espacios y conseguir hitos como dirigir la revista Interviú, siendo la primera mujer al frente de una publicación de información general. Con tres ensayos publicados sobre los hombres y las relaciones personales se introdujo en la escritura para continuar con una primera novela, La memoria del agua, que fue traducida a varios idiomas y adaptada por TVE. Ahora con Que el tiempo nos encuentre, Teresa Viejo se introduce en un argumento tan sensual como la vida misma.

¿Dónde nos sitúa con esta historia? En la Edad de oro del cine mexicano en la que muchos españoles, huyendo de la Guerra Civil, se hicieron muy conocidos y aplaudidos al otro lado del océano. Ha sido un gran trabajo de investigación para el que estuve en México recopilando películas y libros o recorriendo escenarios de Vera-Cruz, Puebla o Mérida que después abordo en el texto. Es una obra muy carnal… ¿A imagen y semejanza suya? Yo vivo las cosas con mucha pasión. Soy tocona, de contacto piel con piel… Al fin y al cabo, somos seres humanos. Jamás contaría mi vida íntima y por eso prefiero desarrollar esa pasión a través de unos personajes mucho más hedonistas que yo y con escenas de cama muy explícitas. En los años 40 la gente también fornicaba, y más que ahora. Como no había SIDA se hacía todo sin problemas. No le veo sentido a esas historias románticas donde se dan un beso y pasan al capítulo siguiente. Así no es la gente de carne y hueso.. ¿Ha descubierto ya cómo funcionan los hombres? En Que el tiempo nos encuentre pasa como en la realidad. Son mujeres fuertes de apariencia frágil y hombres poderosos que se resquebrajan en el terreno emocional. Desde la antropología hasta la neurociencia todos coinciden en que somos diferentes y esos es lo que nos hace complementarios. Son las diferencias físicas las que determinan la forma de actuar. Por ejemplo, la mujer se queja de que el marido no oye al niño llorar por las noches… El oído masculino detecta más los graves que los agudos y realmente no escucha esos llantos. Igualmente tiene cosas delante y no las ve porque la visión del hombre es menos periférica, pero ve mejor en la oscuridad. La mujer tiene más intuición y eso también posee una base científica. Y del amor, ¿qué ha aprendido? Que quien te hace llorar no merece ni dos palabras. Hay amores que duelen, pero el verdadero no puede doler. El amor es redentor, te hace mejor persona, pero podemos confundirlo con el temor a no estar solos o con pasiones obsesivas. La adicción a una persona puede ser muy dañina. Te enganchas a alguien y crees que estás enamorado. Tampoco se puede querer para que te quieran. Si te sirve algo de eso me parece perfecto, pero el autoengaño es un gran error. Hay que vivir en la intensidad y cuando eso pasa, a otra cosa. En realidad son los mismos temas de pasiones, traiciones, mentiras o sacrificios desde los griegos. El ser humano siempre se plantea las mismas preguntas. Porque el enamoramiento… ¿Cuánto dura? Esa tormenta emocional no la puede aguantar el cuerpo mucho tiempo. Acabaríamos insomnes, con las hormonas revolucionadas y medio locos. Si lo entendemos como algo que te va a hacer crecer puede durar para toda la vida. Tengo dos amigos hombres que llevan 26 años y funcionan porque han crecido en paralelo, han vivido cosas muy determinantes juntos, golpes y éxitos, y eso alimenta el apego. Hay gente que se refleja en las arrugas de la otra persona y envejecer juntos es lo más maravilloso que puede ocurrir. ¿Qué pasa para que ocurra cada vez menos? Que vivimos muchos años y la forma de pensar va cambiando. Lo normal es que tengamos varias parejas. Somos monógamos sucesivos. ¿Cincuenta años con la misma persona? Ojalá. ¿Está enamorada? ¿Tiene claro su hombre perfecto? Estoy en un momento muy zen de mi vida. No tengo interés en enamorarme. Los tiempos en soledad son formidables. Me han querido mucho, eso sí, más de lo que he querido yo. No lo digo como una hazaña. Lo que no sé es si han sabido amarme bien. Mi compañero sería justo, sabio –la sabiduría no es leerse el Espasa– y generoso, sabiendo respetar la libertad y que tengo ya un camino vital muy hecho. Ha conseguido bastantes hitos en su profesión. ¿La tuvo clara siempre? Lo mío es vocacional y aún estoy aprendiendo, no le tengo añoranza a nada. Cuando fui la primera mujer en dirigir una revista como Interviú mis amigos me decían que estaba haciendo historia en el periodismo español, pero yo no era consciente. Quizás me haya dado cuenta después. El 11M, del que ahora su cumplen diez años, dirigí uno de los dos únicos números sin la tradicional chica en portada, con las “manos blancas”. Era el mismo día que me divorciaba en Plaza de Castilla. Me hubiera gustado tener el desnudo de algún hombre y estoy orgullosa, por ejemplo, del calendario con Anne Igartiburu, que aún hoy seguiría siendo un bombazo.

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