Cultura

Rafael Romero o el olvido de un grande del cante calé

El Gallina fue uno de esos artistas enormes pero apocados por la historia. Ahora se le rinden cuentas en el centenario de su nacimiento.

el 04 nov 2010 / 21:25 h.

El gran fotógrafo argentino Pepe Lamarca fotografió como nadie a Rafael Romero.

El pasado día 9 de octubre se cumplieron cien años del nacimiento de don Rafael Romero Romero, El Gallina, cantaor que, según me dijo él mismo y me han confirmado otras personas, era natural de Huelma y no de Andújar, como se ha asegurado siempre. Lo cierto es que creció y se hizo hombre en Andújar, aunque con cerca de 30 años ya andaba por el plomizo Madrid de las bombas, donde el proverbial encuentro con el guitarrista jerezano Perico el del Lunar comenzó a marcar su carrera de cantaor.

Pero no llegó al Madrid chaconiano de vacío, o sea, sin bagaje cantaor, porque aprendió mucho de su propia familia. Cuando apareció por la capital de España ya había muerto Chacón -el genio jerezano se fue el 21 de enero de 1929-, pero su escuela seguía viva y Rafael Romero perfeccionó su rústico estilo con la técnica chaconiana que le enseñaron cantaores como Juan Mojama o El Bizco Heredia. También se dejó ver por Sevilla durante un tiempo, por la Alameda, donde alternó con Manuel Torre y Tomás Pavón. El cante de Manuel lo volvió loco, y también el de su hermano, el nunca suficientemente ponderado Pepe Torre.

Rafael eligió esos modelos para construir su propio estilo, que no se parece al de ningún otro cantaor de su tiempo. Era el suyo un sonido extraño, como de roce de cristales, una voz arenosa que influyó, quizás más de lo que se ha dicho, en un buen número de artistas del cante actual. Por nombrar sólo a algunos, es inevitable hablar de la influencia que ejerció en Enrique Morente, José Menese o el ya ausente Miguel Vargas, el cantaor morisco recriado en Paradas.

En estilos como el mirabrás, la caña, el garrotín, las rondeñas o los tientos, esta influencia es absolutamente irrefutable. Sin embargo, El Gallina no triunfó pronto porque su estilo no era nada comercial y en sus años mozos no era fácil meter la cabeza en el teatro, como no lo era encontrar un sitio en la llamada época de la ópera flamenca, el invento de Monserrat y Vedrines. Rafael anduvo bregando durante años para sobrevivir y fue ya en los años 50 cuando, cantando para el baile o en solitario, se fue haciendo un sitio y llamando la atención entre los jóvenes valores, que veían en su sonido un elemento interesante, por su primitivismo y una hondura gitana que estremecía.

Algo tendría el artista gitano cuando caló de esa manera en toda una generación de importantes artistas del cante. Perico el de Lunar lo eligió para que tomara parte en la famosa Antología de Hispavox, lo que fue el espaldarazo definitivo a su carrera.

Pero Rafael seguía siendo un cantaor para cabales, para una minoría selecta, un maestro respetado y admirado sólo por los propios artistas y por los escasos aficionados que nunca se dejaron llevar por los cantaores mediáticos de la época.

Su contratación en el Tablao Zambra le granjeó un gran prestigio profesional y acabó siendo reconocido, al fin, como un cantaor de referencia para una hornada de artistas que marcó época. Sin embargo, como con otros grandes, acabó tieso como una mojama y murió en el más incomprensible olvido. Este año, con motivo del centenario de su nacimiento, se está recuperando su memoria y su obra.

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