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Ramón David Morales

En las fotografías de Hamish Fulton, el artista caminante, hay una quietud reverencial y atávica que nos habla, profundamente, del sentido del hombre en la Naturaleza. No aparecen personas, no hace falta, las veredas holladas y las carreteras vacías comunican todo lo necesario...

el 15 sep 2009 / 07:57 h.

En las fotografías de Hamish Fulton, el artista caminante, hay una quietud reverencial y atávica que nos habla, profundamente, del sentido del hombre en la Naturaleza. No aparecen personas, no hace falta, las veredas holladas y las carreteras vacías comunican todo lo necesario con una sencillez aplastante. La omisión intencionada de la presencia de individuos en el paisaje (un terreno perturbado por la sociedad contemporánea y sus necesidades) basta para comprender las perversas acechanzas del progreso.

Las pinturas de Ramón David Morales (Sevilla, 1977), cuya última exposición acaba de clausurarse esta semana en la galería La Caja China, parten de esa misma ausencia deliberada que manifiesta el artista inglés en sus trabajos, para crear a partir de ese silencio reflexivo escenarios recreados en torno a la modificación del entorno por los intereses humanos. Lugares artificiales sacados de contexto que capturan de manera cientificista la absurda veneración de la contemporaneidad por estos espacios de ocio, recreaciones artificiales y fingidas que se convierten en claves paradigmáticas de los felices mundos simulados que vivimos hoy.

Parques de Skate, rocódromos, señalizaciones o cascadas contrahechas son recursos que aparecen comúnmente en las telas de Ramón David, elementos extraídos de una realidad aséptica, mitad desvaída mitad apagada, que es tratada con frialdad médica. Situaciones vagas, escrutadas con la distancia de un analista minucioso, que superan la simple representación pictórica para adentrarse por planteamientos conceptuales de mayor calado.

No en vano, es habitual que en sus propuestas este joven creador vaya más allá de los límites convencionales del cuadro, añadiendo a las piezas pequeñas objetos complementarios o lienzos anexos de menor tamaño (como si aplicase un zoom imaginario para seleccionar aquellos detalles que le interesan). Unas puntualizaciones irónicas y originales que complementan, a la par que potencian con inteligencia y tino, el discurso ideado.

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