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Recorrido por la ciudad siguiendo el posible nuevo límite de velocidad

La sensación de velocidad al pasar de 50 a 30 kilómetros por hora favorece la atención sobre las señales de la vía.

el 29 abr 2010 / 19:12 h.

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Una señal vertical indica a los conductores el camino que deben seguir.
Habrá que volver a aprender a conducir si es que se hace efectiva la propuesta del Ayuntamiento de reducir la velocidad máxima para circular por la ciudad. Porque hacerlo a 30 kilómetros por hora es un ejercicio, ante todo, de concentración para no apretar el pie sobre el acelerador de tan acostumbrados que están los conductores a ir a 50... o más.


A la velocidad casi de una bicicleta en una recta, pasar por la Ronda Histórica en hora punta es todo un ejercicio de valentía: muchos pitos y gestos de desesperación que se concretan en adelantamientos que podrían llegar a calificarse de temerarios. Los conductores no están acostumbrados a ir despacio si no tienen obstáculos delante. Otra cosa son las calles estrechas, donde no se fuerza para mantener esa velocidad: el propio tráfico pone las reglas.

En la opinión de las personas que ven pasar los coches hay divisiones: hay quien dice que reducir el límite de velocidad a 30 kilómetros es una gran noticia porque se rebajarán los accidentes. Así opina Paqui, que espera al autobús en la glorieta de la Barqueta y que nunca ha conducido: "Pero veo cómo va la gente y asusta".

Para otros, bajar la tensión del velocímetro y dejar las señales marcando 50 como hasta ahora es lo mejor: "Al final habría más atascos, más desesperación y maniobras que surgen del estrés de no llegar, por ejemplo", apunta Rafael, con más de 27 años "de carné y de experiencia" al volante. "El sentido común, cuando falta, da igual a qué velocidad sea", apunta.

Cuando uno se quiere poner a hacer la prueba de cómo es circular por la ciudad como si ya se hubiera establecido la nueva velocidad máxima el asunto se pone peliagudo. En recorrer desde la Barqueta a la Glorieta de los Marineros a 30 kilómetros por hora a las 12 de la mañana se tarda algo más de 15 minutos. En el camino, algún que otro conductor impaciente hace uso de su claxon. Otros adelantan por los carriles de la izquierda dando volantazos a pesar de que la velocidad es constante. Los semáforos se respetan en ámbar porque da tiempo de sobra a frenar. Hay momentos que desespera ver que te adelantan las bicis o los valientes que salen a correr a 30 grados.

En el Puente de Los Remedios y ya en Virgen de Luján, hay peores perspectivas para quien se adelanta a la norma y pisa el freno. La doble fila ocupa un carril y parece no sentar nada bien que a paso lento vaya un coche con una cámara a cuestas -para hacer la crónica audiovisual de este viaje- y que no se aparte para que pasen los más rápidos.

San Jacinto y Pagés del Corro están saturados de coches. Algunas placas, cercanas a los colegios o administraciones públicas, marcan un máximo de 30. Ahí el código de circulación se cumple a rajatabla porque no queda más remedio. Quizás a otras horas sea más difícil mantenerse en el carril sin que venga uno por detrás instando a acelerar la marcha.

Siguiendo estas indicaciones y sin que el velocímetro llegue a superar los 30, los peatones que van a cruzar los pasos de cebra tienen la garantía de que lo harán. Todos paran para que pasen y se hace relajada la marcha porque no hay frenazos.

Después de más de una hora recorriendo la ciudad a 30 kilómetros por hora, volver a la que todavía es ley y conducir a 50 hace que se tenga la sensación de ir demasiado rápido.

En total, para hacer una crónica con salida y vuelta desde la Cartuja utilizando el sentido único de la Ronda y adentrándose en Triana, se invirtió más de una hora. Y no se hicieron 30 kilómetros.

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