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Reencuentro de la custodia con un Salvador libre de andamios

Milagrosamente, el cielo se despejó de nubes por unas horas para brindar en Sevilla una espléndida y reluciente matinal de jueves de Corpus. Hasta el sol brilló con fuerza durante las tres horas y media que permaneció el cortejo en la calle.

el 15 sep 2009 / 05:15 h.

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Milagrosamente, el cielo se despejó de nubes por unas horas para brindar en Sevilla una espléndida y reluciente matinal de jueves de Corpus. Hasta el sol brilló con fuerza durante las tres horas y media que permaneció el cortejo en la calle. Cinco años después, la Custodia de Arfe se reencontraba con una plaza del Salvador libre de andamios.

A los sevillanos cada vez les cuesta más despegarse de las sábanas para oír la campana que hace tañer el niño carráncano que abre la larga serpiente de la procesión del Corpus (este año, por cierto, desde cinco minutos antes de las 8.30 horas). Las bolsas de sillas libres que se vieron en la Avenida de la Constitución no hacen sino confirmar esa acusada tendencia a la baja de público, manifiesta en los últimos años, durante las primeras estribaciones de la procesión. Un descenso de espectadores compensado -eso sí- en la segunda parte del recorrido, especialmente a partir de la Plaza del Salvador, por una abigarrada presencia de fieles a una y otra orilla de las calles hasta el mismo pie de la Giralda.

Podría decirse que las vísperas y la festividad del Corpus mantienen desde años ha una relación de vasos comunicantes: a mayor auge y apogeo de las vísperas, mayor ocaso de la fiesta. Y las primeras amenazan con engullir la magnificiencia de la mañana sacramental.

A pesar de que se anuncia un fin de semana salpicado por agua, la meteorología concedió una hermosa tregua para que Jesús Sacramentado pasease triunfalmente por Sevilla bajo una bóveda celeste y luminosa, ajustada a los dictados del refranero local. Ya saben: "Tres Jueves hay en el año que relucen más que el sol...".

El Corpus más adelantado en el calendario desde 1913 deparó estampas largamente deseadas, como la del reencuentro de la Custodia de Arfe con una abarrotada Plaza del Salvador, libre ya de andamios un lustro después, y desde cuyo centro los integrantes de la comitiva sacramental recibían el fogonazo dorado del fastuoso y remozado altar mayor de la iglesia colegial. O esa otra estampa, muy distinta a la del año pasado, del cortejo eucarístico discurriendo por una Avenida de la Constitución diáfana y franca, liberada de ese bosque de postes del tranvía que tanto revuelo causó en la pasada edición.

Con todo, la estampa pintoresca de la mañana la protagonizaron los tres guiris que desde la azotea del Hotel Eme, en plena calle Alemanes, contemplaron en bañador el discurrir de la procesión por su tramo final sin el más mínimo pudor a ser vistos. Uno de ellos hasta leía el periódico asomado desde tan privilegiada atalaya. Échense a temblar como al hotel le dé por promocionar esta práctica.

Los momentos previos a la procesión del Corpus vienen marcados desde hace años por el intimista traslado del Señor de la Cena hasta la fachada lateral del Palacio Arzobispal -faldones de damasco rojo y madera oscura para un paso sobre el que parecen rebosar los copos de nieve de unos claveles blancos- y por esa caótica y dispersa procesión de estandartes, guiones y bacalaos confluyendo, cada uno a su manera, hasta esa ágora cofrade que se convierte en esta mañana el Patio de los Naranjos catedralicio.

Una vez más, la cabeza de la procesión acabó ayer mordiendo la cola. La cabecera de la comitiva regresaba a la penumbra de la Catedral dos minutos después de las diez, cuando aún faltaban por recibir la caricia de la luz mañanera los pasos de San Fernando, la Inmaculada, el del Niño Jesús del Sagrario, el pasito de la Santa Espina y la Custodia de Arfe, este año sin magnolios por exorno floral.

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