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Refranero de izquierdas

el 31 mar 2012 / 20:58 h.

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Diego Valderas se está quedando sin voz. La campaña electoral le ha arañado la garganta, su timbre carraspea y se le escucha áspero y cavernoso. Está preocupado, porque justo ahora, después de 33 años en la política activa y 12 al frente de IU, a Valderas se le presupone más voz que nunca dentro de su partido y dentro del próximo Gobierno andaluz. No puede perder la garganta ahora que todo el mundo quiere escuchar lo que tiene que decir. Y no quiere que sus palabras suenen ásperas, porque los andaluces que le han votado (y los socialistas que tienen que pactar con él) esperan oír un discurso conciliador que abra paso a un Gobierno de izquierdas. Parte del PSOE cruza los dedos para que la voz de caverna de Valderas provenga, en efecto, de su entusiasmo en campaña, y no del núcleo duro comunista que ya empieza a lanzar dogmas a través de él.
A Valderas se le ha empezado a curar la invisibilidad esta semana.

El coordinador regional de IU siempre se queja de que su discurso político es “invencible, pero invisible”. En cierto modo a él le ocurre algo parecido. Su índice de conocimiento en las encuestas sigue siendo el más bajo de todos los líderes andaluces. En Cataluña y Galicia han oído hablar más de otros nombres carismáticos de IU, como Rosa Aguilar o Sánchez Gordillo. Y eso que Valderas es el protagonista de un vídeo de You Tube con 50.000 seguidores. Ése en el que, siendo presidente del Parlamento, en el 94, intenta sin éxito devolver la compostura a los diputados, presos de un ataque de risa colectiva.
Diego Valderas Sosa lleva en política desde que la política era un oficio, y no una profesión. Con 26 años fue candidato por el Partido Comunista (PCE) y se convirtió en uno de los alcaldes más jóvenes del país. Tomó el mando de su pueblo, Bollullos Par del Condado, en las primeras elecciones municipales de la democracia (1979) y tres mayorías absolutas alargaron la alcaldía 15 años.

Nació en el 53, en su casa. La madre, de Guillena, era ama de casa, y su padre, de Bollullos, bodeguero. No tuvo hermanos y se quedó huérfano a los 16. Falleció su madre y el día del entierro, en la puerta de casa, murió su padre. El chico se crió con su tía Concha, que tenía tres hijos. Su marido era agricultor y la pareja no podía pagar los estudios a todos. Recién cumplidos los 18, Diego Valderas emigró a Barcelona. Las primeras 48 horas las pasó durmiendo en la estación de metro de Plaza Cataluña. Consiguió un empleo como ayudante de cocina en un hotel donde trabajó diez meses. Luego regresó a su pueblo en Huelva y se casó con María Angélica, que todavía es su esposa. Recogió fresas en los invernaderos, repartió bombonas de butano, fue camarero y en el 77 entró como administrativo en una cooperativa vinícola de 1.500 socios. Ese año se hizo delegado sindical de CCOO, se afilió al PCE, tuvo el primero de sus tres hijos (Javier, hoy concejal de IU en Lepe), fue nombrado gerente de la cooperativa y montó un bar con su “compadre”, José Rodríguez, que prefirió unirse a la Liga Comunista Revolucionaria.

El Nido, como llamaron al bar, servía para las reuniones de clandestinidad tanto a comunistas como a socialistas. En esos encuentros, el histórico dirigente del PCE en Huelva, José Lagares, empezó a apodarle “El Niño”, un sobrenombre que aún se oye en Bollullos. Lagares propuso a Valderas para liderar la lista del PCE en las municipales y una joven Amparo Rubiales, entonces militante comunista, presentó al candidato en el Cine España. En su primer año fue encarcelado por participar en una protesta, entonces ya compatibilizaba el papel institucional con su vocación rebelde.
Fue presidente del Parlamento en el 94. Durante la corta legislatura de la pinza entre PP e IU, se convirtió en la segunda autoridad andaluza gracias a los votos de populares y a la abstención del PSOE. Fue parlamentario desde el 86 hasta el 2000, cuando perdió el sillón por Huelva y permaneció ocho años exiliado de la Cámara. Ese año relevó a Antonio Romero como coordinador regional de IU e intentó sin éxito que el PCE se diluyera en los colores vívidos de IU. Pero sucedió lo contrario. Valderas regresó al Parlamento en 2008, y en esta última legislatura vio cómo el núcleo duro del aparato comunista asumió todo el control orgánico de la federación. Ha acuñado un perfil moderado, pero siempre parapetado tras los duros.

Su trayectoria hace difícil imaginar a un político menos enérgico, menos incombustible y determinante en sus convicciones. Es un hombre tranquilo en el debate, pero de actividad frenética y nerviosa. Dejó de fumar hace cuatro años pero se inyecta café varias veces al día. Sus colaboradores no le recuerdan vacaciones en el extranjero, aparte de un viaje a Cuba y otro a China con la delegación del PCE. No es hombre de referentes literarios ni siente especial vocación por hablar en público de literatura, música o cine. Pero tiene un estilo retórico propio: conjuga verbos imposibles y perífrasis interminables con refranes reinventados y chascarrillos varios, todo con un marcado ceceo onubense. Mezcla frases compuestas, relativas, subjetivas y circunstanciales que terminan sepultando la idea primaria y despistando al oyente.

Está contagiado de la sobreadjetivación propia de la liturgia comunista, con rimbombantes metáforas y alegorías propias del Génesis. En el trato corto es un hombre afable, cercano y bromista. Hay un rasgo esencial que le diferencia mucho de los líderes del PSOE y el PP: no es altivo ni es condescendiente. Le gusta jugar al dominó con sus vecinos, es un amante de la cocina y dicen que tiene un don con los arroces y con las migas. Es bético, le gustaba correr cuando era joven. Ahora hace marcha rápida siempre que puede. La última carrera de fondo ha durado doce años y le ha llevado hasta las puertas del Gobierno andaluz. Justo cuando está a punto de abandonar la dirección de IU, obediente siempre a lo que dictan los estatutos.

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