Cultura

Regresada y cambiada

La cantaora sevillana Esperanza Fernández presentó anoche su último espectáculo, ‘De lo jondo y verdadero’, en el que incluyó a Rocío Márquez y a la bailaora Ana Morales, que contribuyeron al buen resultado artístico.

el 21 sep 2014 / 01:29 h.

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Esperanza Fernández cantándole a la buena bailaora Ana Morales. Fue uno de los momentos más flamencos. / J.M. Paisano Esperanza Fernández cantándole a la buena bailaora Ana Morales. Fue uno de los momentos más flamencos. / J.M. Paisano DE LO JONDO Y VERDADERO * * * * Escenario: Reales Alcázares. Cantaoras: Esperanza Fernández y Rocío Márquez. Baile: Ana Morales. Guitarra: Miguel Ángel Cortés. Compás: José Fernández, El Cubano y Los Mellis Entrada: Lleno. La cantaora sevillana Esperanza Fernández lleva algún tiempo molesta con el trato recibido por la crítica especializada, sobre todo en la Bienal. Tendrá sus razones, pero lo cierto es que en los últimos años no ha dado en la diana con casi nada, siendo una buena artista y una cantaora con mucha experiencia y una voz muy peculiar. Desde que era una niña ya vimos en ella unas posibilidades enormes para cantar y no solo el cante jondo, sino cualquier cosa. A pesar de pertenecer a una familia gitana con un gran sentido de la pureza y muy conservadora, ella, que es la mayor de los hermanos Fernández, decidió muy pronto poner su preciosa voz al servicio de la música, de toda la música. Recuerdo que el bailaor y coreógrafo Mario Maya nos contó una anécdota que referimos, porque encaja perfectamente en esta crítica. Cuando preparaba su obra lorquiana de El Amargo, llamó a una cantaora de Jerez muy cotizada hoy para que cantara un poema. Después de una semana de ensayos y frustrados intentos, la cantaora salió llorando y dijo que no era capaz de cantar el poema, que ella estaba acostumbrada a sus cantes de Jerez, los que había aprendido de su familia siendo una niña. Mario llamó a Esperanza y en una tarde ya bordaba el poema. Esa es la diferencia entre los cantaores que acostumbran su voz a una sola cosa y los que tienen posibilidades que desconocen y acaban cantando de todo. Tras aventuras musicales muy variadas, unas exitosas y otras que constituyeron un sonoro fracaso, Esperanza ha querido regresar un poco a sus raíces y presentar en esta Bienal un espectáculo nuevo, aunque con parte de su repertorio habitual. Lo de estreno absoluto sobraba, pero eso habrá que dejarlo ya porque es una tomadura de pelo, además de una pérdida de tiempo. De lo jondo y verdadero, espectáculo presentado anoche en el Patio de la Montería del Real Alcázar, es como una mirada al pasado ya no tan reciente de la historia del cante, con homenajes a figuras como Chacón, el Cojo de Málaga, Ramón el Ollero o el Niño de Marchena. Y a bailaoras como Manuela Vargas, la gran olvidada de Sevilla, con quien trabajó su padre, el cantaor trianero Curro Fernández, uno de los mejores de todos los tiempos en la faceta del cante atrás. Lo de contar con colaboraciones especiales como las de la cantaora Rocío Márquez y la bailaora Ana Morales ha sido un acierto absoluto. No solo por la calidad de estas artistas, sino porque pudimos comprobar cómo sonaban dos voces muy distintas, una muy marchenera y la otra, aunque aguda, de la escuela gitana. Osea, Esperanza. Además, la cantaora sevillana eligió a Miguel Ángel Cortés, su guitarrista, como director musical de la obra. Estamos refiriéndonos a uno de los mejores guitarristas actuales, lo mismo tocando para acompañar que en concierto. La primera estampa del espectáculo fue preciosa. Esperanza y Rocío Márquez le cantaron juntas unas peteneras a Ana Morales, que la bailaora hizo con una creatividad y personalidad admirables. Y Esperanza se quedó ya sola para empezar su recital particular, donde hubo un poco de todo, unas cosas brillantes y otras no. En los cantes por soleá de El Zurraque trianero, por ejemplo, le faltó algo de temple y un mayor control del volumen de la voz. No hablamos de gusto, porque esos cantes requieren un regusto especial que ella no tiene, aunque lo tenga para otros cantes más enraizados en la escuela calé. En los estilos mineros o levantinos nos trajo la murciana del Cojo de Málaga, con aquellos semitonos que algunos entendían como desafinaciones. En cualquier caso, provocadas. Y también la cartagenera de Chacón (Un soberano), en la que fracasó. No es fácil hacer bien estos difíciles cantes. Mejoró mucho cuando pisó terrenos más andados por ella, como el de alegrías, en las que soltó más la voz y dejó de estar tensa. Miguel Ángel Cortés le hizo una acompañamiento memorable, sin olvidarnos de los palmeros, los omnipresentes Mellis de Huelva y el propio hermano de la cantaora, el bailaor José Fernández. Esperanza ya estaba en su salsa. Sin embargo, paró para que su guitarrista nos obsequiera con una granaína monumental, de una pulcritud admirable en la ejecución y una rara belleza melódica, aunque de corte muy clásico. De nuevo apareció Rocío Márquez en el escenario, en esta ocasión para medirse con Esperanza en los cantes de ida y vuelta, un gesto que se agradece –estos cantes se hacen ya muy poco–, pero que le pudo costar un disgusto porque Rocío va muy bien por ahí y Esperanza no los tiene muy trillados. De hecho, en la guajira marchenera se le fue un poco la voz. Pero es de admirar el gesto y la valentía de meterlos en su espectáculo, siendo una cantaora sevillana con raíces trianeras y lebrijanas. Gitanas, además. Esperanza es una intérprete muy aseada de las seguiriyas, pero anoche no cuajó ningún buen cante. Empezó haciendo la cabal de Silverio, como preámbulo, pero llevada al terreno de las tonás. Luego quiso homenajear a Tomás Pavón en su Reniego, un cante de Cagancho, y no logró la medida justa, por no hablar de la ligazón. Y de nuevo, pincelada de Ana Morales, espectacular en todo lo que hizo, dejando claro que es toda una bailaora. Ya con más de medio espectáculo resuelto, Esperanza hizo tientos- tangos, que por aquí va muy bien. Y, cómo no, su ya clásica tanda de bulerías festeras, que casi siempre adorna con su baile, esa pataíta con arte que hace con tanta naturalidad y gracia. ¿Sabían que quiso ser bailaora antes que cantaora? Baila estupendamente. El problema de cantar de todo, como ha hecho y hace aún Esperanza, la tercera Esperanza de Sevilla, es que se acaba por perder la expresión flamenca y a ella le estaba pasando ya. El cante jondo es muy puñetero y no perdona a los desertores. Pero anoche, sin ser una obra maestra este nuevo espectáculo, descubrimos a una Esperanza Fernández con otra mentalidad artística y ganas de reencontrarse con lo suyo, donde es buena. En lo otro no lo es tanto, aunque le hemos escuchado cosas muy bonitas. Nunca es tarde para centrarse de una vez y tener claro lo que hacer.

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