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Remembranzas de un indulto que hizo historia

el 07 abr 2012 / 19:28 h.

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    "Los amantes de las estadísticas y los ratones de biblioteca tienen ahí el indulto para cuadrar sus efemérides. Pero esa circunstancia, siendo histórica, queda en mera anécdota al lado del antológico y sensacional faenón cuajado por el diestro alicantino, oficiante de un arte mayor que despertó el delirio de un plaza que debe escribir en sus anales el acontecimiento. Nadie se movía de sus asientos cuando el grandioso artista levantino daba las últimas vueltas al ruedo antes de ser sacado a hombros por la Puerta del Príncipe.

    Pero antes, había vuelto loca a la plaza instrumentando uno de esos trasteos que contaremos de viejos sabiéndonos dueños de un secreto antiguo; una de esas faenas míticas que quedarán en los libros y en nuestra memoria de aficionados. ¡No se puede estar mejor! Manzanares se rebozó de la Sevilla de Turina y Salinas, de Juan Manuel y Aníbal, de Bécquer y Cabral Bejarano, que pintó azules prusia y crepúsculos de otro tiempo para envolver una obra que ya está dentro de la mejor historia del toreo. ¿Qué quieren ustedes que le cuente? Busquen por ahí el pasodoble Cielo Andaluz y sueñen con el mejor toreo. La perfección existe, sí, ayer la materializó Manzanares expresándose a la verónica. De la compostura y la retórica inicial se pasó a la expresión y la cadencia; al toreo expresado como una emoción estética que estalló como una tormenta de verano en un cambio de mano imposible que reveló el secreto. La faena estaba lanzada, absolutamente acoplada con la fijeza de un animal destinado a entrar en la historia.

    Es imposible trasladar a estas líneas la sinfonía que vino después. La belleza de los naturales, el empaque intemporal del toreo en redondo, la armonía natural de una labor que tenía a todo el personal en permanente locura. Hubo molinetes por sorpresa, hasta una infrecuente arruzina que rompió en dos el monte Baratillo. Manzanares siguió toreando mientras aparecían los primeros pañuelos en los tendidos: el presidente no se lo pensó demasiado sacando el pañuelo naranja que consagraba la vida eterna de Arrojado, el primer toro indultado en Sevilla".

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