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Retazos de una fiesta sin fuelle

el 29 abr 2012 / 19:26 h.

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  • Si desde el jueves se venía apuntando el más que evidente desangelamiento de esta Feria de Abril, lo de ayer domingo no fue más que una foto fija de cómo ha ido transcurriendo la semana. Después de una madrugada en la que la lluvia pareció querer borrar los pocos ánimos de fin de fiesta que pudieran ir quedando, el día amaneció como un mal lunes de enero: frío, ventoso, gris sin remisión.

    A las dos de la tarde, un feriante de los de pro (reglamentaria chaqueta azul cerúleo, pantalones de pinzas, mocasines con borlitas y patillas afiladas) sostenía con cara de poker su jarra de rebujito en la portada haciendo como que esperaba a un amigo. Al amigo imaginario, debía ser, porque tras diez minutos de plantón y con la humedad bien asentada en las entretelas, decidió calar el chapeo, mirar de soslayo e irse a la caseta a ver si, por caridad, le querían hacer unos pimientitos fritos para entonarse el cuerpo.

    Por una de las calles más señeras, Juan Belmonte, se divisaban casetas en pausa, con sus lonas misteriosamente echadas y cero animación en el interior. Y en otra vía más a trasmano como Curro Romero se constataba mayor animación en el puesto de chucherías que en las barras de restauración. Pero ninguna imagen como la que ofrecía una noble caseta de Pascual Márquez, con cinco personas en su interior, dos de ellas enseñando a las otras tres a bailar la... Danza Kuduro en una desopilante versión con giros aflamencados y lolailos varios.

    "Esta debe ser la primera vez que recuerdo que se llega al domingo y en la cocina hay de todo lo que pone la carta", decía Salvador, camarero curtido en una decena larga de ferias. Algo bueno tenía que tener la jornada. Lo que tradicionalmente viene siendo un día menor en el que se persigue vaciar los fogones, lució en este punto como un mediodía jugoso en el que, por haber, había de todo, hasta sevillanas por sonar. "Se nos han quedado bastantes discos por poner por culpa de que el ambiente ha tenido las horas contadas", lamentaba otro casetero ajeno a la tecnología mp3.

    Otra imagen clarificadora de lo que ha venido siendo la fiesta la ofrecía en un rápido vistazo el aparcamiento. Con un par de policías se vehiculaba ayer todo el tráfico que accedía desde el Aljarafe y con uno mas se ordenaba la salida. En el Charco de la Pava, junto a los coches, podían haber instalado dos Calles del Infierno más que no hubieran molestado lo más mínimo a los coches estacionados. Y en la parada de Tussam a pocos metros de la portada, el conductor del C2 descargaba a una veintena corta de feriantes y hacía tiempo -"más de lo habitual", confesaba fugazmente- para que al menos los asientos fueran ocupados y aquello pareciera un autobús y no un velatorio sin fiambre.

    Citábamos el Infierno y este nunca había tenido tantas plazas disponibles. Padres con niños paseando y enarbolando la cartilla de racionamiento de calesitas. Que no está la cosa para dispendios. Y mucho voyeurista: "¡Uy mira que alto, mira que vértigo, mira bocabajo, mira que gracioso, mira que antiguo!" De la contemplación al éxtasis. ¿Para qué montarse? Si viendo el asunto ya se imagina uno el caldito de la noche anterior en el buche. "Demoledor, está siendo demoledor", atinaba a decir Yohannis, empleado de la montaña rusa. Ni el frenazo a los precios ha conseguido apaciguar aquí la crisis. No pasará a la historia la Feria de 2012. O sí, según se mire. Nació taciturna y murió taciturna. Y una algarabía nunca puede ser melancólica. "Este Gobierno nos ha traído más paro y más impuestos", recogía Álvaro, un portero de Antonio Bienvenida. Su frase, casi de titular de periódico, resume la verdad de un día a día más negro que gris. "Y cuentan que hasta 2020 la cosa no mejora". ¿Cerramos la Feria hasta entonces?

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