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Rivera Ordóñez se retira del toreo una semana después que su hermano

El hijo mayor de Paquirri vistió ayer por última vez el traje de luces en la feria del Pilar de Zaragoza.

el 13 oct 2012 / 16:53 h.

Rivera Ordóñez tras salir por la puerta grande en la Goyesca de 2010.

Nada hacía presagiar que Francisco Rivera Ordóñez, el último Paquirri, pudiera confirmar su retirada de los ruedos después de cumplir con su último compromiso profesional de la temporada 2012 en la feria del Pilar de Zaragoza. No se había cumplido ni una semana desde que su hermano Cayetano -a través de un comunicado- anunciara una interrupción temporal de su faceta de matador de toros después de torear en la localidad albaceteña de Hellín. Pero los rumores fueron creciendo a lo largo de la tarde y amigos íntimos de Rivera -como el comunicador José María García- dieron rango de noticia a esos dimes y diretes: la de ayer era la última corrida de toros de Francisco Rivera Ordóñez, primogénito de Paquirri y nieto mayor del gran Antonio Ordóñez que se iba a enfundar por última vez el traje de luces -un precioso terno cobalto y oro de la madrileña sastrería de Santos- en el coso de la Misericordia de Zaragoza alternando con El Cid y Sebastián Castella para lidiar toros de Las Ramblas y El Torreón.

Era el final de la historia profesional de un torero atípico que ya era portada de las revistas del corazón antes de nacer y que se convirtió en una pieza involuntaria del escaparate fatuo del colorín al que, sin remisión, parecía encaminada y predestinada su vida. Le habían parido con la mayor confluencia de sangres toreras de la historia: biznieto del Niño de la Palma; nieto de Antonio Ordóñez y el primer Dominguín; sobrino nieto de Cayetano, Juan, Pepe y Alfonso Ordóñez Araujo y de Luis Miguel, Domingo y Pepe Dominguín...

Con apenas 10 años, un toro partió por la mitad a su padre en aquella tarde trágica de Pozoblanco para, paradójicamente, sentenciar su íntima vocación torera. Seguramente sólo él tenía entonces la absoluta certeza de la verdad de la decisión de convertirse en matador. Fue su abuelo, el gran Antonio Ordóñez, el primer forjador de la personalidad taurina de Francisco, que eligió la atávica Ronda de sus ancestros para debutar en público vestido de celeste y plata y liado con un capote de paseo blanco y oro que había pertenecido a su padre y había guardado su tía Belén. Entonces no podía imaginar -ni remotamente- que acabaría toreando más de un millar de corridas de toros a lo largo de más dieciocho temporadas de profesión; que sería el empresario de esa plaza bicentenaria que pisaba por primera vez vestido de luces o que le daría la alternativa a su hermano Cayetano. Ni mucho menos que acabaría siendo distinguido con aquella polémica Medalla de Oro de las Bellas Artes que puso en evidencia a los que no supieron estar a la altura de las circunstancias. Precisamente, la lista de medallas concedidas a los matadores de toros la había estrenado, en 1996, su propio abuelo, paradigma de clasicismo y espejo de la torería contemporánea.

Ronda siempre ha sido el principio y el fin de la dinastía Ordóñez, injertada con ramas de los Dominguín y los Rivera en ese tronco ancho que se convierte en una herencia pesada y exigente para un torero bisoño que tuvo que superar el escepticismo de todos los que creían que su determinación de convertirse en matador de toros era sólo una ventolera pasajera. Llenó la Maestranza de novillero pero la definitiva consagración llegó el día de su alternativa abrileña en 1995 de la mano de Espartaco, que ese día cayó gravísimamente herido. Aquella misma tarde, Francisco se hizo figura del toreo, refrendando su estrellato muy pocos días después en la misma Maestranza ante un toro de Sánchez Ibargüen al que cortó las dos orejas.

Posteriormente vinieron aquellas dos o tres vueltas a España dejándose matar en todas las plazas, con todos los toros, demostrando que el valor todo lo puede. Sólo un año después, en las barbas de los cónsules Joselito y Ponce, en la famosa corrida de los quites del San Isidro de 1996, ya se había convertido en el tercero de los "tres tenores" que llenaron las ferias de la segunda mitad de los años 90. Para entonces, Rivera se había encaramado a la primera fila del toreo.

Después llegaría el largo bache, el acoso de los medios rosas y la creación de un personaje televisivo que le hizo tender tantas barreras: un matrimonio malogrado y dos ausencias familiares en medio de una travesía del desierto que sólo pudo suplir con la raza de los de su casta y el apoyo de hombres providenciales como Pepe Luis Segura, un apoderado especializado en reforjar toreros en trances difíciles que le devolvió la confianza. Pero en medio siempre estaba Ronda, fuente a la que había que volver una y otra vez en busca de su identidad.

El fallecimiento de Antonio Ordóñez puso en sus manos la organización empresarial de la lujosa Corrida Goyesca de la que, retomando la mejor herencia de su abuelo, se convirtió en alma y motor perpetuando y alentando el peregrinaje de los aficionados desde todos los caminos del toreo. Precisamente, en la Goyesca de 2006 se iba a producir una de sus mayores satisfacciones al darle la alternativa a su hermano Cayetano en un mano a mano histórico que desbordó toda la expectación. La dinastía encontraba un nuevo eslabón que animaba al propio Francisco para permanecer en la brecha cuando empezaba a acariciar la idea de colgar los trajes de luces. Pero la guerra del toreo proseguía. El diestro, ya veterano y a vueltas de muchas guerras, había renacido al oficio del que nunca se marchó dentro de ese cartel de matadores mediáticos que ha sido la salvación de tantas empresas de las rutas del toro. Hace sólo una semana se marchaba su hermano Cayetano. Nadie sabe si Francisco ya estaba acariciando antes la idea de marcharse. Pero ayer dijo adiós al oficio de los suyos.

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