Cultura

Rivera sale indemne de una aparatosa embestida

Rivera Ordóñez estuvo a punto de resultar gravemente herido por el serio gavira que abrió la tarde. El torero quedó suspendido del pitón en unos segundos eternos cuando le entró a matar en el sol.

el 16 sep 2009 / 01:58 h.

Manzanares necesitaba el triunfo en Sevilla. Hay quien aseguraba que el alicantino no empezaba la campaña tan afinado como la anterior y siendo el tercer hombre de este abono sevillano, buscaba con ahínco acoplarse a un toro para reeditar ese toreo sinfónico, esa compostura imperial que el pasado año lo convirtieron en triunfador indiscutible de la Feria de Abril. El tercero, un gavira veleto ofensivo y muy astifino, no le había dado ni una sola oportunidad de mostrar ese porte inmarcesible. Había que provocarlo mucho para que siguiera los engaños pero, en cuanto se sintió mínimamente obligado tomó la puerta y se marchó a chiqueros. Se había rajado del todo.

Pero aún quedaba en los chiqueros ese sexto, incierto en los capotes, manso en los caballos al que recetó un sensacional inicio de faena, llevándolo genuflexo muy por bajo y rematando con un enorme pase de pecho que puso al público en alerta. Se quedaba corto el animal por el pitón derecho, lado por el que persistió el alicantino en un largo preámbulo que acabó sometiendo al toro a base de ponerlo todo, de llevarlo siempre muy tapado en el engaño para sortear los constantes frenazos del animal, que no terminaba de entregarse. Quizá fue necesaria esta amplia obertura o quizá descubrió algo tarde que el mejor pitón del toro era el izquierdo. El caso es que sobre esa mano, en creciente intensidad y acople se basó el cuerpo central de la faena. Los naturales surgieron primero de uno a uno, ahormando al toro para encadenarse después en una faena entregada que el público vivió como una revelación.

Aún se echó la muleta a la derecha para poderle definitivamente por ese pitón. Dos trincherazos terminaron de desatar el entusiasmo. El triunfo estaba planteado. Sólo faltaba amarrarlo con el soberano espadazo que volvió a izarlo a la gloria.

El Juli volvía a pisar el ruedo de la Maestranza, dispuesto a todo y renovando su papel de primera figura. Resuelto a triunfar, se templó toreando de capote al segundo, al que dejó crudo en varas para aprovechar su buena condición. Lástima que las escasas fuerzas del toro le hicieran desinflarse progresivamente en una faena que comenzó de largo, aprovechando los boyantes viajes iniciales en una gran serie diestra rematada con una bella trincherilla. Otra serie en la que descolgó el cuerpo y pulseó la embestida del toro de Daniel Ruiz marcó el cénit de una faena que en su mejor tramo se planteó siempre con los engaños por delante, firmes las plantas, metidos los riñones, macizos los muletazos.

Más complicado por el pitón izquierdo, también metió El Juli al toro en la canasta por ese lado en enormes muletazos a cuentagotas antes de que, vuelto a la mano diestra, el bicho empezara a desinflarse y a defenderse en el engaño. Había que irse en busca de la espada: ayudados por bajo para igualarlo, estoconazo contrario. Oreja de ley.

Volvió a salir dispuesto a todo con el quinto de la tarde que también quedó crudo en varas. Molesto y andarín en la muleta, no llegó a emplearse nunca de verdad en la muleta del madrileño, que tuvo que desistir de su empeño cuando el toro, avisado, terminó por desarrollar peligro sordo. Esa puerta del príncipe que tanto se le resiste tendrá que esperar un año más.

Rivera Ordóñez estuvo a punto de resultar gravemente herido por el serio gavira que abrió la tarde. El torero quedó suspendido del pitón en unos segundos eternos cuando le entró a matar en el sol. El trance se resolvió con una soberana paliza y un clima de sobrecogimiento cuando, con la ropa destrozada, pudo zafarse de los pitones. Ese había sido un toro noble en la muleta, que se rebosó en los engaños y protestó a veces al que Rivera pasó en un trasteo largo y solvente, algo falto de ritmo y de trazo, que no encontró eco en el público. Tampoco pudo brillar con el cuarto, un animal remiso y algo bruto al que había que provocar siempre con la voz para que tomara los engaños. La mejor noticia era que había escapado indemne.

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