Cultura

Rocío Molina comienza a aburrirse

el 20 sep 2010 / 11:44 h.

Me cabe el honor de haber sido el primer crítico que avisó de la proyección de la bailaora malagueña Rocío Molina, poco después de que en el Festival de las Minas de La Unión la echaran para su casa porque no valía. Actuó en el Parque de María Luisa de Sevilla y me dejó sin aliento. Recuerdo que vi en ella a una Fernanda Romero de este tiempo. No me equivoqué: esta artista hará historia.

Tiene una preparación brutal y no tiene prejuicios a la hora de bailar flamenco o lo que se le antoje. El baile flamenco de mujer ha avanzado a lo largo de su historia a través de artistas como Rocío Molina, desde La Argentina y La Argentinita hasta Manuela Vargas, pasando por Carmen Amaya o Pilar López, sin olvidarnos de las actuales María Pagés o La Yerbabuena. Pero Rocío quiere ir más allá y tiene prisa, de ahí que dé unos saltos tan grandes en su concepción del baile flamenco. Tan grandes son sus saltos, que un día de estos se sale del flamenco.

Casi lo ha hecho del todo en el montaje que trajo anoche a la Bienal, Cuando las piedras vuelen. No volaron precisamente -sólo las lechuzas del magnífico audiovisual-, pero en otros tiempos sí lo hubieran hecho. Si no piedras, al menos tomates. Y no es porque la artista se llevara media obra bailando en bikini, sino porque este montaje traía el flamenco justo para tener entrada en la Bienal, que es un chollo para los artistas que se aburren con el flamenco y buscan otras alternativas artísticas para las que no abundan patrocinadores, aunque ésta encontrara apoyo en Asturias.

El flamenco tuvo presencia en el montaje, pero escaso y suavito, con dos cantaoras de un sonido similar y monótono, La Tremendita y Gema Caballero, abusonas del falsete aunque ambas de riqueza melódica. Entre lo lento que era el espectáculo y lo cansino del cante melódico y frío, la verdad es que nos costó entrar en la singularidad de la obra. No ayudaron mucho las guitarras de Juan Antonio Suárez Cano, Canito, y Paco Cruz. Costaba averiguar lo que tocaban porque navegaban entre canciones y palos flamencos. Rocío bailó primero en bikini y luego nos hizo unas cantiñas muy originales y dulzonas de La Juanaca de Málaga, en las que la bailaora nos ofreció un repertorio de movimientos muy suyos, quizás algo repetitivos pero sensuales y de una armonía corporal increíble.

Mientras ella bailaba sus pies se podían ver en una pantalla en la que aparecían y desaparecían lechuzas, o sea, la metáfora del vuelo. Las remató por bulerías, en la misma línea. Pero en seguida volvía de nuevo el cante de La Tremendita para que ahora, la genial artista bailara no sé qué sentada en un taburete giratorio. Luego bailó con un cigarro encendido en la boca, algo que me pareció innecesario, salvo que tuviera que ver con la reivindicación de la libertad por una letra de la cantaora de Triana. Aires de guajiras y unos sugerentes tangos de Triana, de la casa de El Titi, en los que Rocío volvió a entusiasmar con sus movimientos sensuales, siempre pintiparada en una escenografía deprimente, con una música apagada y una lentitud que provocaba el bostezo.

Al final La Tremendita cantó una añeja guajira de El Mochuelo y una lluvia de estrellas descendió para que Rocío acabara un espectáculo innovador, valiente y de detalles, qué duda cabe, pero muy poco flamenco. En la rueda de prensa de esta obra se habló de que la bailaora intentaría reflejar el flamenco "en estado puro". No sé a qué se referían. Me maravilla esta bailaora y anoche bailó de escándalo. Pero mucho me temo que acaba de avisarnos de que se siente llamada por este tipo de montajes en los que el flamenco es sólo un pretexto. Se aburre.

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