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Opinión

Romero y Pascua florida

el 08 abr 2012 / 13:09 h.

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De mancebo en Camas o peón en Gambogaz, Romero ha acabado convirtiéndose en un tótem sagrado de la mitología hispalense. Su leyenda se forjó desde los primeros lances al viento, escondido de todos, en los descampados de Camas; pero acabó grabándose a fuego a medida que sus éxitos se convertían en quimeras aisladas en su época de mayores fracasos. Curro superó al tiempo y a sus propias limitaciones y, paradójicamente, su mayor éxito social coincidió con su última época profesional, convertido en un referente inexcusable de la ciudad después de su matrimonio con Carmen Tello, que le acabaría sacando de su propio castillo interior.

Pero su historia había comenzado mucho antes, en aquella Sevilla agridulce de la posguerra en la que el mocito de Camas soñaba con ser torero. Curro se había lucrado ambiente de torero artista en una intermitente trayectoria como novillero. Atrás quedaban sus años en la botica de Camas, su tardía decisión de dedicarse al oficio, las peonadas en la finca de los Queipo de Llano y el debut en la placita de la Pañoleta sobre la que hoy pasa uno de los viaductos de la autopista de Huelva. Era el día de Santiago de 1954 y el aspirante -talludito- ya contaba con 21 años de edad, una cifra algo exagerada para los torerillos de aquella época trascendental.

Cinco años después, el 18 de marzo de 1959, Curro Romero hacía el paseíllo en Valencia entre el recio diestro toledano Gregorio Sánchez, su padrino, y el valiente ecijano Jaime Ostos. Pocos datos arroja aquella corrida fallera que transcurrió sin pena ni gloria para el camero. Pero pocas semanas después estaba anunciado en la Feria de Abril de Sevilla, con toros de Peralta, obteniendo un resonante éxito después de haber sido espectacularmente cogido en el primer tercio. Empezaba su historia como matador. Esa tarde abrileña se confirmaba el larguísimo romance sevillano que había comenzado dos años antes, en una novillada mitificada por el tiempo, el recuerdo y las viejas crónicas en la que Romero sustituyó al anunciado Juan García Mondeño. Era el comienzo de una relación de amor y odio, de cimas y simas que viajó entre el tormento y el éxtasis mucho antes de que Curro -que siempre gozó de buenos y fieles partidarios- se convirtiera en el personaje extrataurino que hoy es; antes de que rompiera ese halo de misterio que rodeaba su figura discreta y alejada de todos los focos sociales en los que hoy es figura inevitable. Si los 60 son los años de plenitud -no exentos de escándalos puntuales como el toro que se niega a matar en Madrid dando con sus huesos en la cárcel- los 70 y 80 son los años de los almohadillazos y los escándalos que se alternan con triunfos tan aislados como resonantes que van dando forma al mito. Un mito que acaba superando al torero hasta convertirle en una pieza más del ciclo festivo sevillano, que no se podía entender sin su presencia en los carteles del Domingo de Resurrección.

Precisamente esas corridas pascuales se convierten en citas de lujo -antes eran tardes de mero relleno- gracias a la persistencia del camero, cabeza obligada de un festejo que le debe mucho y al que ahora todos se quieren apuntar. Ese Curro al borde de la navaja, que convierte sus éxitos aislados en acontecimientos legendarios consigue pasar una raya invisible para situarse más allá del bien y del mal a la vez que se convierte en tótem hispalense. Curro ya era el Betis. Pero Sevilla lo hizo su torero desde el principio. Al año siguiente de su alternativa había quedado inicialmente fuera de la Feria de Abril, que hubo de ampliarse a última hora para dar cabida al camero. El día del Corpus de ese mismo 1960 abre por primera vez la Puerta del Príncipe después de cortar dos orejas a un sobrero de Tassara. Esa puerta la traspasaría hasta cinco veces a lo largo de su larguísima e irregular trayectoria en la que también se anotan siete puertas grandes en plaza de Las Ventas de Madrid. Después vendrían 42 temporadas entre la genialidad y el ostracismo; entre las apoteosis y las espantadas hasta firmar su epílogo taurino en 1999, cortando sus dos últimas orejas en su plaza de la Maestranza.

En 2000, ya lo saben, fue ese adiós que siguió a su actuación en un festival benéfico en la plaza de La Algaba, mano a mano con Morante. Aquel evento no estuvo exento de cierta polémica -siguió a la escandalosa sustitución de una fracasada Feria de San Miguel- y fue la consecuencia remota de un velado enfrentamiento con los nuevos aires que llegaban a la plaza de la Maestranza. Así se precipitó la drástica decisión del genial camero, que tampoco podía a esas alturas estirar mucho más la inapelable dictadura de un calendario que se había mostrado colmadamente generoso con su vida profesional. Lo demás ya está en la historia. Había caído la noche y los teléfonos empezaban a echar humo. Curro anunciaba su retirada explicando que estaría dispuesto a torear algunos festivales. Su último traje de luces -un precioso terno verde y oro- se lo había ceñido en Murcia ese mismo año. Después del 22 de octubre de 2000 no volvería a ponerse delante de ninguna res brava.

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