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Salamanca abre sucursal

El público arropó a El Cid en la despedida de su feria más difícil.

el 21 abr 2010 / 21:06 h.

El Cid, no todo lo triunfal que se esperaba.

FICHA DE LA CORRIDA

Ganado: Se lidiaron cinco toros del Puerto de San Lorenzo, el quinto marcado con el hierro de La Ventana y un inmenso y manso sobrero que hizo cuarto de la ganadería de Toros de la Plata. El rajado y boyante segundo y el bravo quinto conformaron el mejor lote de la corrida. El tercero también se dejó pero duró un suspiro. Primero y sexto resultaron muy deslucidos.

Matadores: Enrique Ponce, silencio y silencio tras aviso.El Cid, silencio y vuelta al ruedo tras petición.Alejandro Talavante, ovación y silencio.

Incidencias: La plaza se llenó en tarde larguísima y desapacible con lluvia intermitente que molestó en los tres primeros toros.

El campo charro va ganando la mano. Repitió triunfo la del Pilar y aunque los lisardos y atanasios de la familia Fraile lidiados ayer compartieron un común fondo de mansedumbre -tan en el aire de sus reatas condesas- brindaron un lote de auténtica revolución y un toro, el tercero, que con otras estrategias de batalla habría brillado más y mejor. La tarde, desapacible a tope, con la plaza llena de mollatosos y metepatas, tampoco invitaba a muchas fiestas y cuando el reloj marcaba las siete menos cuarto aún no había salido el sobrero que sustituía al primer ejemplar reseñado en el remojado programa de mano.

Por fin salió el sustituto: un imponente colorao que nunca dejó andar agusto a Enrique Ponce por tardo y blando a veces, por hacer hilo otras. El valenciano anduvo en la cara más tiempo del que merecía sin saber que aún tendría que pechar con otro sobrero. La blandura del titular acabaría poniendo en el ruedo a un gigantesco ejemplar de Toros de La Plata, manso de solemnidad y distraído siempre al que Ponce intentó sacar partido apostando fuerte en los medios. Pero fue imposible, el toro salía de las suertes buscando a su prima por el tendido y para colmo, no dejó cruzar ni una vez al matador cuando montó la espada. El de Chiva pasó un auténtico calvario para echarlo abajo sin adivinar la cruz detrás del altísimo morrillo. La habilidad con el descabello le liberó del trance cuando el reloj ya andaba poniéndose tan terco como el infumable toro.

Cerraba el cartel el extremeño Alejandro Talavante, que ha certificado en esta Feria que se encuentra en un camino de franca recuperación. Sin embargo, equivocó el planteamiento con el manso y más que posible tercero. El toro mostró gran profundidad en sus embestidas por el pitón izquierdo pero Talavante le enseñó muy pronto la puerta de los terrenos de chiqueros. Allí se refugió el animal para ya no salir nunca más. Y allí planteó Alejandro la segunda parte del trasteo sin que el hilo de la faena llegara nunca a tensarse. Con el sexto, uno de los dos lunares negros del encierro, tuvo muy pocas opciones. El toro era tan soso como falto de alma, menos malo por el derecho que por el izquierdo, pero muy corto de viajes. Y eran ya las nueve de la noche y el personal andaba loco por meterse un latigazo confortador.

En el sorteo matinal, fue la mano del padre de El Cid la encargada de sacar la bolita de papel que ponía en las manos del diestro de Salteras el gran lote que cantábamos en el inicio de estas líneas. Fue un brillante segundo que se acabó rajando y un muy bravo quinto que se empleó de verdad en el caballo y se entregó con clase y codicia en la muleta. Los dos ejemplares ponían en bandeja de Manuel Jesús una despedida dulce después de los rigores pasados en una feria aciaga que ha debido dejarle tocado el ánimo. Hasta el público revocó las afrentas de otras tardes mostrándose muy cariñoso con el torero, que instrumentó series muy cortas y algo apresuradas a un toro que mostró su mejor calidad por el pitón izquierdo antes de renunciar a la pelea. Pero había brindado las arrancadas suficientes para dar un triunfo a Manuel, que a pesar del gran esfuerzo volvió a evidenciar ese calvario interior que le atenaza.

Tampoco iba a llegar el triunfo con el muy bravo quinto, que brindó a su padre. Algo más suelto y animoso, El Cid se empleó en un largo trasteo en el que, como en botica hubo de todo. Blando de manos pero codicioso y con gran calidad en las embestidas, el toro de la Ventana de San Lorenzo ya está en el encierro ideal de la Feria. Su muerte trepidante arrancó la insuficiente petición de oreja. El Cid dio la vuelta llorando.

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