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Salomé el último beso. Mito y globalización

el 16 abr 2012 / 10:08 h.

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A juzgar por el panorama teatral de nuestro país en las últimas décadas, parece que los buenos dramaturgos se han convertido en una especie en extinción. Aunque por fortuna todavía podemos encontrarnos con textos como éste, a cargo del sevillano Sergio Domínguez, un auténtico animal teatral que además de ser un magnífico actor y compositor de canciones demuestra aquí su talento como dramaturgo. El texto, conformado como un monólogo, gira en torno a la figura de Salomé y parte de la revisión del mito recreado por Oscard Wilde, quien en su singularísima visión del personaje bíblico se centró en la perversidad que puede alojarse en la inocencia de una chica sometida a un ambiente de crueldad y corrupción. Wilde desplazó con ello al personaje bíblico, que en realidad no era más que un peón manipulado por su madre, consiguiendo recrear todo un nuevo mito de mujer fatal.

Sergio Domínguez da una vuelta de tuerca a la revisión de autor inglés para situar a Salomé en nuestra época, presentándola como a una chica caprichosa, obsesionada con su imagen e incapaz de reprimir sus deseos y superar ningún tipo de frustración, una mujer frívola, rebelde y sumisa a un tiempo debido a la férrea dominación materna y al fantasma del abuso sexual por parte de su padrastro, una cuestión que Domínguez sugiere con habilidad durante el transcurso del monólogo. Así, en esta nueva versión el personaje femenino representa los males de nuestra neurótica sociedad globalizada y la forma en la que los mass media se empeñan en tratar a la mujer como un mero objeto sexual. En ese sentido cabe destacar los múltiples guiños con los que el autor salpica el soliloquio de la mujer que, aunque en ningún momento renuncia a su tono mítico, incorpora imágenes y expresiones cotidianas mientras arremete con fina ironía contra algunos símbolos característicos de nuestras tradiciones.

La puesta en escena recrea un espacio místico gracias a la descontextualización de objetos cotidianos, como una taquilla o un sillón de un dentista, que Gonzalo L. Narbona rodea de herrumbre y velos desarrapados reproduciendo una estética que ahonda en la deshumanización del mito. De la misma manera el vestuario describe al personaje como a una mujer desbordada por su belleza que pasa de ocultar su rostro y su cuerpo, a hacer ostentación de "sus encantos" con un atuendo parecido al que muchas jovencitas eligen para lucirse en las discotecas. En ese sentido cabe destacar el la fluidez del ritmo gracias a la labor de la actriz, Beatriz Ortega, quien delimita el perfil perverso y a la vez inocente de su personaje con una interpretación tan vigorosa como técnica aunque, por desgracia, poco limpia en algunas acciones.

 

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