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San Pablo recobra la normalidad tras la cancelación de 134 vuelos

El aeropuerto de San Pablo tenía previsto cerrar el día de ayer sin ninguna cancelación ni "retraso significativo" en los 105 vuelos programados, según informaron a última hora fuentes de Aena, que concretaron que el tiempo máximo de retraso había rondado las dos horas. Se esperaba más dificultad para ajustar de nuevo los horarios tras casi dos días de caos, pero al final no fue así, con lo que el balance del desastre por las bajas masivas de los controladores aéreos se limitó a lo ocurrido viernes y sábado: 134 vuelos cancelados y unos 21.400 viajeros afectados (una media de 160 pasajeros por vuelo).

el 05 dic 2010 / 20:19 h.

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Un grupo de personas hace cola para facturar sus maletas rumbo a Santiago.
Unos 50 viajeros pasaron la noche del sábado en San Pablo -estaba previsto que fueran un centenar-, pero por la mañana los viajeros rezagados fueron acomodándose en los aviones que salían, según Aena, que precisó que las compañías aéreas no dan cuenta de esta reorganización, por lo que no podían asegurar que no hubiese pasajeros que aún esperasen a coger un vuelo. Tampoco es posible saber cuántos han pedido la devolución del billete.


Al último turno de trabajo en el Centro de Control Sur habían acudido 15 de los 16 controladores asignados, por lo que tampoco se auguraban más problemas hasta el cierre del aeropuerto en torno a la medianoche.

Durante toda la jornada, el aeropuerto había intentado recuperar su ritmo con vuelos unos detrás de otros. Ya no había colas ni siquiera en el mostrador de Aena, sólo las típicas de la facturación de las maletas de los pasajeros que, ayer sí, habían podido llegar en buena parte a sus destinos. No obstante, el lastre de casi dos días sin apenas vuelos había hecho mella y aún había quien sufría las consecuencias.

Es el caso de un grupo de voluntarios, algunos miembros de Protección Civil, que pasó noche en San Pablo después de que se suspendiera su vuelo a Tinduf, en el Sáhara Occidental, previsto para la tarde del sábado. Con un día de retraso y en duermevela, su portavoz, José Miguel Corral, no entendía que se hablara de normalidad "cuando aquí hay gente que lleva 24 horas encerrada en San Pablo".

No sólo por la espera, sino por la noche de órdago que pasaron. Al principio todo fueron atenciones: una sala con calefacción, suministro de café y hasta unas mantas entregadas por la Cruz Roja. No pasaba nada si no quitaban la megafonía, que les insistía en que no se alejaran de sus pertenencias. Pero eso se acabó a las 4.30 horas de la madrugada, cuando les despertaron para decirles que había que habilitar esa sala y devolver las mantas. Entre la expedición había dos niños saharauis que han permanecido un tiempo en España para recibir asistencia médica. "Los niños tiraban de la manta porque tenían frío y no querían devolverla", relataba Corral. Otro pasajero del vuelo, José Jesús Villar, fue rotundo con los controladores y el Gobierno: "Esto no es una huelga encubierta, sino un golpe de estado sin metralletas".

Salvo esos casos, la normalidad se iba imponiendo, según confirmaban los trabajadores de Aena. Eso se tradujo en muchos vuelos más, algunos cada cinco minutos, para recuperar el tiempo perdido. Algo que muchos pasajeros no han podido hacer, porque el puente se agota y han optado por renunciar al viaje y pedir la devolución del dinero, una de las opciones posibles, junto con la reubicación en otro vuelo en fechas posteriores que convengan al pasajero. El afectado también tiene derecho a que la aerolínea se haga cargo de los gastos generados durante el retraso, como el hotel o la comida que el viajero haya tenido que comprar en el aeropuerto, o los tickets de espectáculos que se haya perdido.

El embarque se iba realizando con algún retraso, pero al menos ya era fluido. Y en esas entraron los ciudadanos con suerte, es decir, los que cogieron el vuelo para el domingo. José Joaquín Orta, de Pilas, era uno de ellos. Ni siquiera sintió un pellizco de incertidumbre en los días previos, cuando los aeropuertos españoles eran un caos. "Cuando vi a Rubalcaba soltando lo que soltó, me quedé más tranquilo", señala. Y así fue porque ahí estaba, con su maleta y sus amigos listo para viajar a Barcelona.

Otros vivieron la cara y la cruz en la misma familia. María Ángeles Bohórquez y Antonio Barrera, una pareja de Arahal, ya estaban listos para embarcar en su avión rumbo a Bolonia (Italia), pero su hija estaba en Canarias y se quedó en tierra, "cuando tenía billete para salir el viernes a Oporto". Al final fue constante y, aunque no pudo viajar, al menos le devolvieron el dinero.

Más abajo, el pasillo de llegadas dejó de ser el de un aeropuerto fantasma. Se sucedían los vuelos y se desataba la euforia, como la de una pareja que se pegó un morreo entorpeciendo al resto de los que llegaban a la terminal. "Ahora se han dado cuenta", decía un grupo de curiosos. Era normal la alegría de la vuelta a casa, donde también hubo gente con fortuna. Como Carlos Ramos, de Aguadulce: de Australia a Sevilla haciendo escala en Frankfurt y Madrid y, además, con puntualidad británica, aunque "sí que había gente en el avión que se había quedado en el aeropuerto como secuestrada".

Por poner un ejemplo, Francisco Sabariego, de Brenes, tuvo que pasar una noche más de hotel en París y, además, con visible enfado porque "nadie de la compañía informó de nada, dejamos el hotel [iban dos parejas] y al regresar ya no tenían apenas habitaciones". Al final, con taxis y noche de hotel extra, el viaje les salió 150 euros más caro por pareja. "Ahora buscaremos la manera de reclamar", añadió Francisco del Campo, su compañero de travesía. Una tarea que les tocará a ellos y a muchísimos más.

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