Cofradías

San Roque colma de gestos su salida desde La Redención

Pese al mal año de la hermandad –que tuvo que dejar San Roque por el mal estado de sus cubiertas– ayer vivió una pletórica estación de penitencia.

el 13 abr 2014 / 23:38 h.

El mal estado de las cubiertas, y su consiguiente peligro de derrumbe, en la Iglesia de San Roque supuso meses atrás un duro trance para esta clásica corporación del Domingo de Ramos. Autorizadas las obras de urgencia, ayer los propios hermanos se encargaban de esclarecer a quien se interesaba por el asunto que, en la próxima Navidad, es muy posible que puedan volver. Motivo de alegría, sin duda. Aunque ayer, en la Iglesia de Santiago, ambas cofradías, la propia, La Redención, y la visitante, San Roque, escenificaron con múltiples gestos el buen encuentro que ambas mantienen; una de esas coincidencias que enriquecen la intrahistoria de las cofradías.

Por muchas razones había ganas de ver ayer al Señor de las Penas, y esto se hacía advertible en los ríos de personas que desde la calle Alhondiga y aledañas buscaban denodadamente hacerse con un hueco en la acera para disfrutar con una salida que, musicalmente, pudo suponer –y hablamos con mucho por delante todavía– uno de los momentos culminantes de esta Semana Santa que estamos empezando a vivir con tan buenas percepciones. A las cinco en punto de la tarde la cruz de guía de San Roque se echaba a la calle, asomándose a una plaza rebosante pero perfectamente ordenada para el paso de la cofradía. Era uno de los instantes más aguardados, especialmente tras el pasado Domingo de Ramos en el que, tras el aguacero que le sobrevino a La Hiniesta a pocos metros de su templo, el cabildo de esta hermandad decidía no realizar su estación de penitencia.

En el interior de Santiago, la primera levantá estuvo dedicada a los hermanos de La Redención que acompañarán hoy a la Catedral a sus imágenes titulares. Fuera, los comentarios se centraban en el nuevo itinerario y el estreno de la policromía del paso. Y, aguardando el momento soñado, Elena confesaba a sus amigas que ella no es mucho de cofradías, pero que todos los años ha de estar con el Señor de las Penas para decirle «cosas». Cosas quizás como que «las imágenes, refugiadas estos días en el vecino Convento de San Leandro, suponen una postal bellísima», según otro de los devotos que aguardaba a ras de valla, milimétricamente pegadito a la puerta del templo. El Nazareno con la cruz a cuestas emergió a un Domingo de Ramos pletórico con los sones macarenos puestos por la Centuria, provocando un aluvión de disparos fotográficos amainados por el tocar batiente de unos músicos que convocan la emoción a base de decibelios y melodías ejemplarmente interpretaas. San Roque en la Plaza de Santiago, una postal que puede no repetirse en la historia y que ayer acaecía en el epicentro del día más grande del año.

El capataz, Carlos Villanueva, modelaba los sentimientos con voz firme y ya, tan pronto, tan temprano, rota, transida por infinitas imágenes personales. Aquello no era la Plaza de Carmen Benítez, pero daba igual, más cerca de la Catedral aun, el Señor de las Penas ya estaba en la calle, con elegantes andares –lo que iba a ser un comentario toda la tarde–, reencontrándose con la gente que le quiere, que le aguarda año tras año.

A las cinco y media de la tarde escuchábamos el llamador del palio de la Virgen de San Roque, en el interior la primera levantá, a pulso, era también dedicada a la hermandad de La Redención, y la hacía el hermano mayor de El beso de Judas, José Antonio Moncayo. Minutos antes los corazones habían comenzado a encogerse al escuchar la llegada de las Nieves de Olivares, tocando, prologando lo bueno que iba a acaecer. Continuando en Santiago, la Virgen de Gracia y Esperanza reviró hacia la Virgen del Rocío para ponerse frente a ella, mientras que los costaleros y los nazarenos todavía presentes en el templo entonaron la Salve mariana.

La segunda levantá, dedicada a la Hermandad Matriz del Rocío de Almonte, la dirigió su presidente, Juan Ignacio Reales, y para pulir aún más todo el agradecimiento que San Roque quiso dedicar a La Redención por su hospitalidad, las Nieves de Olivares tocaron la marcha Rocío en el interior, a una media voz realzada por el eco del templo, constituyendo un momento mágico al alcance de muy pocos.

La salida, bordeando las seis de la tarde, fue dedicada al padre del capataz, envuelto en una nube de emoción acrecentada por el mecer de unas sonoras bambalinas que suenan a sonajero, realizando un ordenado contrapunto musical, un traqueteo característico que permanece en la retina auditiva de quien lo escucha. Y otra vez Rocío para la de Gracia y Esperanza, esa marcha llena de subidas y bajadas, una banda sonora ideal en una salida henchida de gestos.

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