Cultura

Sanlúcar pone color musical a la memoria del genial artista

El gran guitarrista y compositor sanluqueño nos ha mostrado por fin su última obra, creada en honor del genial pintor sevillano Baldomero Romero Ressensi, La voz del color. Y una vez más, como cuando ofreció su concierto en el Teatro Central, el artista nos ha invitado al salón de su casa para compartir sus emociones con nosotros. Foto: Antonio Acedo.

el 15 sep 2009 / 12:06 h.

El gran guitarrista y compositor sanluqueño nos ha mostrado por fin su última obra, creada en honor del genial pintor sevillano Baldomero Romero Ressensi, La voz del color. Y una vez más, como cuando ofreció su concierto en el Teatro Central, el artista nos ha invitado al salón de su casa para compartir sus emociones con nosotros y hacernos llegar sus ideas sobre la música, unas ideas muy particulares, las de un andaluz comprometido con su cultura. Con el teatro lleno, el guitarrista nos habló de Ressendi, de sus rarezas, de sus genialidades, de sus obras, algunas de las cuales están en su propia casa y hemos tenido el privilegio de conversar sobre el pintor delante de El Papa Negro. Manolo habla de ese cuadro como si el alma de los Bienvenida no hubiera sido Papa, sino Dios. Lo mira y le sale música andaluza de los ojos.

Comenzó el maestro su concierto algo nervioso, con las manos lentas. Nos enseña Los condenados, obra de Ressendi, a través de unos tangos suaves con mecanismos nada complejos y frases musicales sugerentes, como queriéndonos abrir una ventana por la que pudiéramos ver el cuadro. Aires de fiesta como preámbulo de la solemnidad de la taranta (La mirada del tiempo), pieza en la que el fenómeno de Sanlúcar se mete en el túnel del tiempo del flamenco y escudriña entre vetustos acordes guardados celosamente en la memoria de su niñez. Es una pieza de aire clásico, aunque nueva y con la cadencia andaluza como base. En cambio, cuando toca la soleá (La Piedad), después de hablar de las vírgenes del pintor y de cómo a la de este cuadro le tapó la cara con un velo para que nadie viera su dolor -el de la madre que ve morir a su hijo-, se abre el pecho y nos muestra su propio dolor: el de la pérdida de su hijo, de su único hijo. De Nano. Y elige la soleá para expresar ese dolor, una soleá de mecanismos complejos y una elaboración musical sorprendente, con profundidad y un alto valor descriptivo. En esta pieza comienza Manolo a encontrar el estado emocional preciso para, a partir de ahí, soltar lastre y mostrarnos de golpe todo lo que sabíamos que iba a venir: una ola gigante de música fresca de ritmos latinoamericanos que se funden con los nuestros. Es su homenaje al Papa Negro, una pieza donde el grupo de acompañamiento armoniza a la perfección para que Manolo culmine una obra de enorme plasticidad sonora, una joya de composición fresca, desenfadada, con ideas nuevas que a buen seguro serán captadas por los jóvenes.

Sorprende el artista en una bulería alejada totalmente de lo usual. En Abuelos gitanos, el de Sanlúcar nos hace recordar aires de Tauromagia, su obra cumbre; sus manos, que al principio volaban bajo, ahora levantan el vuelo y recorren Andalucía la baja jugando con el compás a una velocidad de vértigo, pero sin adornos suprefluos.

Tras El Majareta y El Serio, dos autorretratos del pintor bohemio, Sanlúcar se luce en otras bulerías (La danza de los pavos), enseñándonos su visión de la vanguardia y culminando un concierto que, aunque austero, sirvió para poner al público en pie.

  • 1