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Cultura

Saramago deja una sensación de orfandad inédita en la Literatura

El Nobel falleció al mediodía del viernes, rodeado de los suyos, en su residencia de Lanzarote.

el 18 jun 2010 / 12:18 h.

Con una mirada concienzuda y severa que cubría con unas gruesas gafas, José Saramago se presentaba en las entrevistas tranquilo y afable, pero siempre sabiendo que, además de desentrañar el argumento de su última novela, tenía que opinar sobre los últimos acontecimientos políticos y sociales.

Y así fue hasta el final, las dos menos cuarto (hora peninsular) de la tarde, cuando dejaba de respirar el escritor del pueblo, el hombre bueno, el autor más celebrado de la literatura portuguesa de las últimas décadas.

El escritor falleció en su casa de Lanzarote -a causa de una leucemia crónica- cuando se encontraba acompañado por su mujer y traductora, Pilar del Río. Los restos mortales del premio Nobel portugués José Saramago serán incinerados este domingo en el cementerio lisboeta de Alto de Sao Joao, según informaron fuentes portuguesas de la Fundación José Saramago.

El cuerpo del escritor, procedente de la isla española de Lanzarote, llegará hoy, después del mediodía, en un avión del Estado portugués a Lisboa y será expuesto en el Salón de Honor del Ayuntamiento de la capital lusa hasta el mediodía de mañana.

Está previsto que posteriormente sus cenizas se repartan entre su pueblo natal Azinhaga y Lanzarote, junto a un olivo del jardín de su casa.

Mientras, ayer en Lanzarote su ataúd recibía las primeras flores, unas rosas rojas colocadas por representantes de la Asociación para la Defensa de la Mujer Mararía de Lanzarote, colectivo al que pertenece su esposa.Un hecho simbólico del compromiso de este escritor que puso a Portugal en la nómina de los Nobel.

José Saramago, nacido el 16 de noviembre de 1922 en la aldea portuguesa de Azinhaga, había pasado, según ha trascendido, una noche tranquila. Tras haber desayunado con normalidad y haber mantenido una conversación con su esposa, comenzó a sentirse mal y al poco tiempo falleció, explicaron a Efe fuentes familiares.

José de Souda, que a los dos años se trasladó a vivir a Lisboa, era conocido por el apodo de su familia paterna, Saramago, que el funcionario del Registro Civil añadió tras su nacimiento. Fue un creador ideológicamente activo y su voz recorrió el mundo para gritar contra la injusticia, la globalización o la pobreza. Un sentir humano que también le dio la profunda capacidad para amar y sentir pasión por la literatura.

"Nuestra única defensa contra la muerte es el amor", señaló este escritor luso que encontró la armonía del corazón con la periodista Pilar del Río. Pero el compromiso con los débiles que ya lo dejó patente en 1980 en el libro Alzado del suelo, donde daba cuenta del testimonio de la luchas de los campesinos, se multiplicó tras recibir el Nobel de Literatura en 1998, porque su voz, su altavoz, se multiplicó al tener que viajar por el mundo entero.

"Me gustaría -dijo a Efe cuando se reedito Alzado del suelo en 2000- que la gente se haga esta reflexión: que los Derechos Humanos son incompatibles con la globalización económica, porque todos estamos controlados y no importa nada, lo que profetizó George Orwel es una pálida sombra de lo que está pasando hoy. A los gobernantes solo les interesan los derechos políticos, pero los humanos no y son la clave de la existencia".

"Creo que es necesario más que nunca defender lo que se siente y ser libre. Y lo más importante: yo me siento libre y con voz propia para asumir lo que creo que es justo", dijo en la misma entrevista este escritor, que nació en una familia humilde de campesinos, en un casa en la que no había libros (el primero se lo regaló un amigo a los 18 años). "Lo que cuenta es la capacidad del individuo para resistir a los cambios de su propia vida, y desde luego no se puede renegar de uno mismo", dijo en otra ocasión.

En 2008, con la experiencia que da el paso del tiempo, Saramago decía en una entrevista a Efe en Granada que la felicidad consistía en dar pasos hacia uno mismo. "Siempre estoy atento a la realidad del mundo, tanto a las cosas buenas como a las malas, con la pretensión última de alcanzar la felicidad", un don que, en su opinión, se conseguía "dando pasos hacia uno mismo y mirando lo que se es".

Y, aunque creía que la literatura no podía cambiar el mundo, "porque si no ya habría cambiado y mucho", si pensaba que los autores, "aprovechando su situación, pueden concienciar a su auditorio para mejorarlo. Porque vivimos en un mundo horrible y nos parece que es el mejor".

En 2009, cuando presentó Caín, criticado por la Iglesia católica y por los conservadores de su país, sostuvo que "el Dios de la Biblia no era de fiar". "Dios y el demonio no están en el cielo ni en el infierno, están en nuestra cabeza. Primero creamos a Dios y luego nos esclavizamos a él", explicó Saramago, que ya había causado las iras de la Iglesia con El Evangelio según Jesucristo, en 1991.

Y cómo fue Saramago de niño lo contó en 2007, cuando publicó Las pequeñas memorias. "Era un niño muy tranquilo, que no tenía caprichos. He sido siempre eso que se suele llamar un niño bueno, que acataba lo que le decían los mayores; no era humilde, pero era respetuoso, y, por encima de todo eso, era muy callado, me gustaba estar solo. Un niño que necesitaba amor", decía.

Después de mucha pobreza vendrían las palabras, la poesía, el periodismo, el éxito con sus novelas y el Nobel. "El triunfo nunca ha sido un objetivo para mi", precisó este hombre que persiguió la ética constantemente.

"El problema no es el mundo sino el hombre, que ha hecho del mundo un lugar lleno de injusticias, crueldades y torturas. Por eso yo digo a veces que no nos merecemos la vida, una frase un poco retórica pero que encierra mucha verdad dentro".

La cabeza del escritor descansa en su ataúd sobre un paño bordado con la frase "Estaremos extrañamente conectados a la bondad del mundo" que le envió un lector desde Argentina tras leer uno de sus libros, informó su esposa y ya viuda.


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