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"Schiele es un mundo que nada tiene que ver con las láminas decorativas"

Entrevista con Carla Carmona. Escritora: “Su obra pictórica podía compararse con la música de Schönberg”

el 11 ago 2013 / 23:00 h.

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Carla Carmona (Sevilla, 1982) publicó el año pasado La idea pictórica de Egon Schiele: Un ensayo sobre lógica representacional. Ahora vuelve sobre el pintor con En la cuerda floja de lo eterno. ¿Qué le quedaba por contar? Ella misma lo explica: “Era consciente de que cabía desarrollar muchas cosas que se me habían quedado en el tintero, así como algunas de las cuestiones que apenas estaban esbozadas en el primer libro. Pero, sobre todo, me apetecía enfrentarme a la obra de Schiele de una forma más libre, permitiéndome todo lo que no me concedí con anterioridad”, dice. Carmona es consciente de que Schiele es para mucha gente, como Klimt, sólo una lámina decorativa. Para ese público, el libro guarda muchas sorpresas: “Schiele es un mundo que no tiene nada que ver con una lámina decorativa. De todas formas, no estoy muy de acuerdo con la comparación: la obra de Schiele tiene muy poco de decorativa, a diferencia de la de Klimt. Esa es una de las concepciones que trato de rebatir en En la cuerda floja de lo eterno. Mi intención era situar a Schiele en lo que fue llamado por dos de los estudiosos más importantes de la Viena finisecular, Allan Janik y Stephen Toulmin, la Viena de Wittgenstein. Eso significaba mostrar que la obra pictórica de Schiele podía compararse con la filosofía de Wittgenstein. O con las investigaciones musicales de Schönberg. Me parece que uno de los capítulos más interesantes del libro es el que contrapone los paisajes de Schiele con los de los versos de Trakl. En todo caso, el lector se encuentra ante un mundo de correspondencias y todo tipo de fuerzas afines y contrarias”. De la Viena de principios de siglo XX, la obra de Schiele nos da muchas noticias: “Pone en juego el entramado de pulsiones que las investigaciones de Freud trataron de concretar. Por otro lado, el carácter ajado de sus figuras, objetos y paisajes ayuda a imaginar el derrumbe del imperio austrohúngaro. Sus figuras también nos hacen partícipes de la concepción de la naturaleza humana que muchos de los grandes tenían por aquel entonces: el sujeto era entendido como un puñado de fragmentos sin hogar, una amalgama de atributos que no va a ninguna parte, sin poder dejar de caminar hacia delante. Pero insisto: su obra, y no Schiele. El pintor dejó constancia en poemas y cartas de una concepción del ser humano bastante diferente. Pero también nos dice muchas cosas de la pintura, de la capacidad de la pintura para generar lenguajes y de la posibilidad de usarla para pensar el mundo. De ahí las comparaciones con otros artistas del s. XX, como Mondrian o Rothko”. ¿Y qué nos dice de nuestro tiempo, cuál es la vigencia deSchiele? Carmona, que ha puesto tanta erudición como creatividad en su obra, cree que “más bien su obra dice de la historia humana, y no concretamente de nuestro tiempo. Volvamos a sus figuras que, como abatidas por las oscilaciones del devenir, parecen ser parte de una hilera interminable de apariciones mustias, fútiles. Lo que diga de nuestro tiempo probablemente sea en negativo, por ese mundo que retrató y que ya no está. Nuestro mundo ya no es el suyo, aunque quizás alguna vez podamos descubrirnos contemplando los campos con la melancolía de sus huesudos árboles o de sus humildes casuchas de ojos como platos”, concluye.

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