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Se masca la primavera

Es imposible no presentirlo. Ha cambiado la luz, la gente está rara y niños con medalla corren a los quinarios. Salga a vivirlo. Está ocurriendo algo maravilloso.

el 20 feb 2011 / 20:40 h.

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Diecinueve y nueve, dan para hoy. Cinco por ciento de probabilidad de agua. El solazo empieza a ponerse remolón y rebaña la tarde con descaro. Triana hace como que sestea todavía. Al otro lado del río, virutillas de color mostaza rellenan los trozos rotos y las hendiduras del acerado hexagonal -la acera de toda la vida, vamos- justo delante de la Iglesia de la Magdalena (¿cuánto dinero tendrá echado Sevilla nada más que en clavos de portones?). La luz azulea ya por la fachada de Osorno, con muchos menos juguetitos que hace dos meses, y los adoquines llevan al oído el engaño de que todos los coches van pinchados. En algún lugar de Europa, ahora es noche cerrada y hasta invierno. Aquí, en la calle San Pablo, la mitad van sin chaqueta, las palomas se tiran desde las ramas casi peladas de los colosales plátanos, el trasiego feroz de coches no echa cuenta ninguna a los embusteros de los adoquines y enfrente, justo delante, un cartel anuncia la próxima apertura de Los 100 Montaditos. Cabe suponer para cuándo. Y el forastero no se da cuenta pero la gente está de los nervios. Porque aquí todo el mundo sabe que hace ya rato que dejó de ser invierno pero aún no es primavera. Y son esas tres letras, ese raquítico aún, lo que hace tirarse a las palomas desde lo alto a horas tan tontas, lo que arrebata las chaquetas con disgusto y lo que empuja a tres apresurados chiquillos, contritos y con medalla, con toda la pinta de llegar tarde al quinario de su hermandad.

Tras la estela de los niños, que han cortado por Murillo (mal hecho: se tarda más), se entra en una ciudad fragorosa que disimula ese anhelo de antes manteniendo cerrados, todavía por un rato, sus mejores templos, en cuyos muros se da aviso de cultos a troche y moche y exposiciones con santos. Tetuán no repara en incienso. Por contra, hay otra Sevilla más descreída y rebelde que juega a hacerle la pascua al elemento capillita aparcando sus furgonetas sobre la acera de Los Panaderos y todas esas cosas. Es una batalla perdida, la suya. En San Andrés, donde los naranjos están cuajados de fruta a reventar, todos esos sevillanos que ahora transitan con aparente descuido, solos y con sus bolsas de ir de aquí para allá, saben que en nada de tiempo la acequia de la plaza estará hasta arriba de petalillos blancos. Y en San Martín, lo que ayer era un espejismo achacable a los pájaros (que han dejado blancas las hojas de esos naranjazos imponentes que se gasta la plazoleta) pronto será verdad. Verdad y primavera.

¿Exageración? Hoy, tres chiquillos apresurados con medalla lo mismo van al quinario en Santa Genoveva; o a Círculo de Pasión, la exposición de las Siete Palabras en el Mercantil de la calle Sierpes, lugar desde donde a las nueve se hace en directo el Cruz de Guía. O puede que vayan a un ensayo de costaleros, como el que emprende la Hiniesta a las nueve de la noche o la Estrella media hora más tarde. Quizá, más probablemente, al traslado del Señor de la Oración en el Huerto desde San Martín hasta su capilla (por Saavedras, Castellar y Feria, a las nueve de la noche). Y eso es hoy, pero mañana ensaya San Esteban y abre quinario Los Panaderos en San Andrés. Y conviven las hermandades del Jueves Santo. Y pasado mañana, mientras los opinadores de la prensa y las tertulias se estén acordando del 23-F, la Sevilla cofradiera estará en Los Carteros viendo ensayar a La Lanzada, o en una misa de hermandad, o en un cabildo. Y todo esto, que es sólo una mínima parte de lo que se podría contar, es el programa previsto para finales de febrero.

Un día después de la próxima luna llena, cuando el día 21 haya cumplido 21 minutos, entrará la primavera. El siguiente plenilunio será ya el Lunes Santo. Pero mucho antes de eso, dentro de nueve días, habrá comenzado la Cuaresma. Vaya atorrijándose el alma para esa circunstancia, porque Sevilla no parte peras. Todo lo más, las confita.

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