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Segundo asalto contra Ciudadanía

El cisma social y político que ha provocado Ciudadanía en la calle en los últimos tres años es un mal ejemplo de lo que, en teoría, debía enseñar la asignatura: pensamiento crítico, reflexión y diálogo. Al final el Supremo ha tenido que resolver el problema por imperativo legal, demostrando a los alumnos que la teoría poco coincide con la práctica, sobre todo en los temas que trata EpC.

el 15 sep 2009 / 22:00 h.

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El cisma social y político que ha provocado Ciudadanía en la calle en los últimos tres años es un mal ejemplo de lo que, en teoría, debía enseñar la asignatura: pensamiento crítico, reflexión y diálogo. Al final el Supremo ha tenido que resolver el problema por imperativo legal, demostrando a los alumnos que la teoría poco coincide con la práctica, sobre todo en los temas que trata EpC.

Vaya por delante que, en estos tres últimos años, Educación para la Ciudadanía (EpC) ha sido un instrumento de hacer política a costa de estudiantes de 15 años (3o de ESO) y de 10 (5o de Primaria). Todo lo que ha ocurrido fuera de las aulas en torno a EpC podría ser materia de estudio y análisis en una clase cualquiera. Pero, también desde la escuela se puede entender por qué unos están a favor de esta materia y otros visceralmente en contra.

Ciudadanía es una asignatura que aborda temas del presente que ahora están escribiendo las sociedades de hoy. No es debatir sobre los nazis y el Holocausto, sino sobre el conflicto actual entre Israel y Palestina. No es sólo hacer ejercicios sobre Gandhi, también sirve para buscar las diferencias entre Zapatero y Rajoy. De un modo u otro, es difícil que el alumno no se vea envuelto por los contenidos de esa asignatura, porque él es parte misma de la sociedad que se piensa, se discute y se cuestiona dentro del aula. Ciudadanía, en cierto modo, también trata sobre él. Quizá mucho más que Matemáticas o Física, y puede que un poco más que Historia.

Al concluir que EpC es legal, y que negarse a estudiarla significa incumplir la ley, el Tribunal Supremo ha puesto fin al debate más artificial que existía sobre la asignatura. Las dudas sobre la supuesta ilegalidad de una materia obligatoria que servía para adoctrinar a niños era el esqueleto de toda esta polémica.

Éste es el asunto que más le interesaba políticamente al PP, porque si el fallo les hubiese dado la razón a los padres, el Gobierno se habría visto obligado a modificar una ley estatal y además tendría que cargar con una acusación firme de haber intentado "convertir ideológicamente a los jóvenes al socialismo". Ahora que los populares se han descabalgado de la polémica y han llamado al orden a sus comunidades -que boicotearon la materia- queda pendiente un debate más visceral: el de los contenidos.

El Supremo -sin que aún se conozcan los argumentos de la sentencia- ya tuvo que husmear en el temario de EpC antes de tomar una decisión, y concluyó que no había razón para pensar que la asignatura, per se, servía para el adoctrinamiento. Pero hay siete jueces que votaron en contra y que expondrán sus razones, reavivando el debate. Las asociaciones conservadoras Foro de la Familia y Profesionales por la Ética ya han empezado a lanzar mensajes al Ministerio de Educación para negociar nuevos temas.

Una propuesta algo esperpéntica, teniendo en cuenta que la patronal de colegios católicos concertados dio el visto bueno a la asignatura antes de que ésta se aprobara. Y después adaptó el contenido a su ideario cristiano, obviando los libros de texto de cualquier editorial, y diseñando una Guía para enseñar EpC que promulgaba ideas afines a la Iglesia y contrarias a la ley (rechazo al divorcio, al aborto, al matrimonio homosexual...).

Ciudadanía trata temas que fueron consensuados en el Consejo de Europa, donde hay una treintena de países representados. Tales como los modelos de familia, la sexualidad de los jóvenes, la violencia machista, la xenofobia, el racismo y la homofobia, la diversidad cultural y los problemas que sufren los inmigrantes, la democracia y el sistema de partidos, la anorexia...

Hay dos formas de entender la enseñanza, y la asignatura de Ciudadanía tuvo la virtud o la gallardía de enfrentar esos dos modelos pedagógicos en un duelo a cara de perro. Hasta entonces coexistían en paralelo, aparentemente sin entrar en contradicciones. Uno de esos modelos considera que el alumno es una tabla rasa donde el profesor graba los contenidos en la mente de sus alumnos. El otro entiende que el aprendizaje ha de ser crítico, y debe surgir del debate entre el profesor y sus alumnos.

Con esta idea, los conocimientos no dependen tanto de las tesis que enuncia un docente, sino del modo que tiene el estudiante de entenderlas, digerirlas y discutirlas. Quienes usan el primer modelo -y la Iglesia lo hizo durante años- ven más probable el adoctrinamiento. En realidad es posible en cualquiera de los dos casos, porque se trata de un adulto con la suficiente madurez intelectual como para conducir a los jóvenes alumnos por los senderos del pensamiento que él domina. Lo único que puede impedirlo es una enseñanza, una escuela y un profesor en democracia.

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