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Señor Gallardón, ¿tiene un cigarrito?

Matías Rubio Gómez, sevillano, 23 años, sin un pelo de tonto, ateo políticamente hablando, acabó con el cuadro cuando anteanoche en TVE le hizo su pregunta al alcalde de Madrid. "Señor Ruiz-Gallardón, ¿tiene un cigarrito?"

el 15 sep 2009 / 11:53 h.

Matías Rubio Gómez, sevillano, 23 años, sin un pelo de tonto, ateo políticamente hablando, acabó con el cuadro cuando anteanoche en TVE le hizo su pregunta al alcalde de Madrid. "Señor Ruiz-Gallardón, ¿tiene un cigarrito?" Fue la única ocasión en que pudimos ver al entrevistado un punto descolocado, seguramente desconcertado por tan inopinada cuestión, a la que solo pudo responder que no fuma.

Matías había hecho un breve exordio para aclarar que le cogió un cambio de planes de estudio en el bachillerato y se quedó sin saber nada de la Guerra Civil ni de la Historia de España, que desconocía todo lo relativo a la política y que lo único que sabía era que esta mano es la izquierda y esta la derecha, vino a decir señalándose con expresivos movimientos a babor y estribor. Y remató su intervención como el que pasa de todo: ¿Tiene usted un cigarrito?, al que solo le faltó la muletilla de "tío?"

Me ilustró mucho el programa "Tengo una pregunta para usted", que evidenció una vez más que Ruiz-Gallardón está sobrado y que dialécticamente es difícil torcerle el pulso. Y me interesó especialmente la no pregunta del joven Matías porque venía allí como exponente de una generación en gran parte frustrada por la falta de formación, de la que no es culpable, y por un pasotismo de la política sin fisuras. Vano intento el que realizó el alcalde para convencer a la juventud de que debe involucrarse en la cosa pública.

"¿Por qué no vienes a transformar la realidad con nosotros?", le inquirió en otro momento Gallardón a Malla, después de que esta muchacha gallega hiciese gala de un escepticismo redondo que remataría con un "no, gracias". Es decir, con su total rechazo a participar en política.

No por sabida es menos preocupante la resistencia de muchos jóvenes, seguramente mayoría, a dar un paso hacia delante y participar en la vida de los partidos o de sus hermanos menores, las organizaciones juveniles. Tan ufanos como estamos en las generaciones de la transición por haber hecho razonablemente bien los deberes, podríamos preguntarnos en qué ha fallado esta sociedad, en que hemos fallado colectivamente, para que nuestros hijos y nietos se hayan despegado de las inquietudes comunes de los españoles.

El sistema educativo ha ido dando tumbos a lo largo de todos los gobiernos democráticos, y si Matías se quedó sin dar Historia a otros les cogió el cambio de plan y se perdieron los números primos, la ley de la gravedad (la única que no necesita del consenso político) o la novela española del XIX. Estoy persuadido que tanto el sevillano Matías como la galleguiña Malla tendrían una mejor base de cultura general si con la transición se hubiera pactado también un sistema educativo inamovible en lo tocante a las materias fundamentales, esas que no pueden variar ni con repúblicas ni con dictaduras. De ahí que Franco copiase el plan de estudios de la II República -el mejor que ha dado España-, naturalmente con el añadido de la asignatura obligatoria de Formación del Espíritu Nacional.

Catedrático de Hacienda Pública

jsanchezm@uma.es

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