Economía

Ser o no ser productivo va en el sueldo

El debate de la productividad se abre paso en la reforma de la negociación colectiva

el 07 feb 2011 / 21:41 h.

Un operario en una planta automovilística.

La productividad, y todo gracias a Angela Merkel, se convierte en un nuevo campo de batalla de las relaciones laborales con miras a la reforma de la negociación colectiva (de los convenios entre la empresa y los trabajadores, que incluyen desde los salarios hasta los horarios, pasando por la flexibilidad interna y la movilidad de la plantilla) prevista para los próximos meses en España. Que los sueldos suban o no conforme a la inflación ha centrado el debate, pero aquel concepto arrastra más implicaciones.

De entrada, la productividad, ¿qué es? Pues la relación que existe entre la cantidad producida y el volumen de recursos para obtenerla. Al trasladar ese concepto al trabajador hablamos del rendimiento de éste, es decir, cuánto produce y con cuántos recursos en una unidad de tiempo determinada.

Todas las empresas, al menos en teoría, buscan maximizar esa productividad para cosechar los mayores beneficios posibles, y si la ratio crece, se hacen más atractivas para los accionistas propios y para los inversores, aumentan en competitividad -serían, pues, mejores que otras para unos mismos bienes y servicios- y pueden, por ende, abrir nuevos mercados y, por último, tienen mayores facilidades para generar empleo y mejorar los salarios. Pero precisamente aquí radica el temor de los sindicatos: que se alegue este concepto -y necesidad- para eliminar puestos de trabajo.

No quiere decir que haya que producir más y más, sino hacerlo con calidad, y con ahorro de los recursos que antes se utilizaban innecesariamente. Y no sólo depende del empleado. Si una compañía no se suma al progreso tecnológico, difícilmente podrá ser competitiva con sólo exigirle más y más a la plantilla.

Si la productividad de un país aumenta por debajo de la de sus competidores y, para colmo, los precios (inflación) suben por encima, el resultado no es otro que una pérdida de competitividad. Antes, ésta se solucionaba con las devaluaciones de la moneda -la peseta, en nuestro caso- pues así los productos se hacían más baratos y aumentaban, pues, las exportaciones. Aquí encontramos, por ejemplo, la actual guerra de divisas entre China y el resto del mundo, y la acusación de que el gigante asiático mantiene barato el yuan, su moneda nacional, para que sus ventas al extranjero no se dañen, al tiempo que se frenan sus importaciones desde terceros países.

El problema estriba en que ningún socio de la Eurozona puede devaluar la divisa común, el euro, de ahí que la búsqueda de la productividad deba ser real a la vez que acompasar los salarios al incremento de ésta. No cabe la posibilidad de jugar, como antaño, con el sistema de cambio. El sacrificio se hace mayor tanto para las empresas como para los trabajadores.

Tradicionalmente en España el crecimiento de los sueldos ha estado estrechamente vinculado a la inflación para evitar la pérdida de poder adquisitivo de los empleados, a través de las cláusulas de revisión salarial -subir la nómina si el índice de precios lo hace más que la previsión oficial o por encima de un nivel previamente pactado entre empresa y plantilla-, aunque cada vez hay más presencia del concepto productividad condicionando al menos una parte de la subida de la retribución. Así consta en los llamados complementos por objetivos, productividad o beneficios, entre otros.

Pero vayamos a las estadísticas. Un informe de Funcas -servicio de estudios de las cajas de ahorros- revela que los costes salariales por empleado (incluye no sólo los sueldos, sino también las cotizaciones sociales de carácter obligatorio) aumentaron en España el 41,9% durante el periodo 2000-09, hasta 34.395 euros corrientes (sin contar con el impacto de la inflación) de media por trabajador. En cambio, la productividad lo hizo un 11,42%, es decir, tres veces menos.

No obstante, los sindicatos y las patronales rubricaron el año pasado un pacto de moderación salarial para el actual entorno de crisis económica, y que durante 2010 y enero de 2011 se está cumpliendo, pues los sueldos han subido por debajo de la tasa de inflación -en concreto, un 2,98%, frente al 3,3% de IPC del primer mes del ejercicio en curso-. Asimismo, la reforma laboral aprobada el verano pasado facilita la cláusula de descuelgue, es decir, que una empresa en dificultades no aplique el convenio de su sector y, por tanto, el incremento de retribuciones previsto en él.

Pero la mecha encendida por Merkel, pese a las reticencias del Gobierno español -el ministro de Trabajo recuerda que ya se toma en cuenta la productividad-, entrará en el debate de la reforma de la negociación colectiva, que, en opinión de los expertos, es la gran reforma pendiente.

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