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Sevilla en 1638

Con paciencia y unos ahorrillos expresamente guardados para la ocasión, a veces consigue uno alguna pieza de valor. Es lo que me ha ocurrido a mí en la pasada Feria del Libro Antiguo y de Ocasión que se celebró la semana pasada en la Plaza Nueva.

el 15 sep 2009 / 19:49 h.

Con paciencia y unos ahorrillos expresamente guardados para la ocasión, a veces consigue uno alguna pieza de valor. Es lo que me ha ocurrido a mí en la pasada Feria del Libro Antiguo y de Ocasión que se celebró la semana pasada en la Plaza Nueva. Logré comprar una de las más importantes estampas para el estudio de la historia de la imagen que la ciudad de Sevilla proyectó durante más de dos centurias entre los grandes grabadores y pintores de otros países europeos.

Se trata de una vista de Sevilla contemplada desde Triana, que en 1638 grabara en Francfort el editor helvético-alemán Mathäus Merian El Viejo (1593-1650), yerno del también gran grabador Theodor de Bry, para ilustrar la obra de Johan Ludwig Gottfried titulada Neuwe Archontologia Cosmica. La plancha (225x340 mm.) sigue mucho en su esquema general la disposición espacial de la ciudad marcada anteriormente por el italiano Antonio Brambilla (1585), por el holandés Joannes Janssonius (1617) y las dos vistas de Sevilla al óleo del Museo del Prado (ca. 1600), la misma que seguirá el posterior y espléndido lienzo holandés (ca. 1650) que acaba de adquirir la Fundación Focus-Abengoa, tan influido por nuestro grabado de Merian, como ya estudié en su día con el desgraciadamente desaparecido Antonio García-Baquero. La última de estas grandes visiones sería el anónimo lienzo de Sevilla y el Arenal (1726) que se conserva en el Ayuntamiento Hispalense.

En nuestro grabado de Merian están presentes, en una visión o perspectiva caballera, Triana en primer término, el Guadalquivir, el puente de barcas, el legendario Arenal, la Torre del Oro, la Catedral y la Giralda, los siete elementos distintivos por antonomasia de la ciudad. La morfología de los edificios (véase la misma Giralda) es una recreación distorsionada de la realidad o, lo que es lo mismo, una fabulación marcada por las categorías estéticas de los autores e impresores. Ni el caserío, ni la traza urbana, ni los tipos humanos eran sevillanos. Pero esta visión distorsionada de nuestra ciudad comenzó a tener vida propia y cada vez se fue alejando más de la realidad convirtiéndose en un imaginario iconográfico que se difundió hasta bien avanzado el siglo XVIII.

El grabado de Merian plasma, desde el templo de San Laureano y la Puerta Real hasta la Torre del Oro y el río Tagarete, todos los elementos que configuraban la zona del Arenal, galeones fondeados (más que atracados) cerca de sus orillas, los barrios de la Carretería y la Cestería; la muralla entre las puertas de Triana y del Arenal; las Atarazanas y la Real Aduana; el puente sobre el desagüe central del Arenal; y personajes deambulando por la zona los primitivos montículos que aparecían en la explanada del Baratillo. Era aquella Sevilla, "octava maravilla y plaza universal", a la que cantara Lope de Vega.

Catedrático de Historia de América y miembro del Consejo Editorial de El Correo.

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