Toros

Sevilla: presencias y ausencias

Los encuentros y desencuentros de las figuras del toreo con las empresas que han regido la plaza de la Maestranza no son nuevos.

el 02 feb 2014 / 10:14 h.

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En 1925 no hubo acuerdo entre Ignacio Sánchez Mejías y el gerente de la época, un tal Salgueiros. El polifacético cuñado de Joselito quedó fuera de la Feria de Abril pero aseguró al empresario de la plaza de la Maestranza que no se quedaría sin pisar el albero del Baratillo y escucharía las palmas del público. Así se las gastaban entonces: la tarde del 21 de abril, con Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia en el Palco del Príncipe, un espontáneo trajeado saltó al ruedo y pidió la venia al monarca, que concedió al instante. Vestido de paisano, Sánchez Mejías le sopló un histórico par de banderillas a un toro de Santacoloma y acabó con el cuadro. Fue su particular forma de arreglar un desencuentro que nos lleva de la mano –los tiempos y los condicionantes son bien distintos– hasta el año 2014 y ese pleito enquistado entre las primeras figuras del toreo y la empresa Pagés. Pero el veto de Ignacio no fue el primero. Es público y notorio que el califa cordobés Lagartijo, uno de los pilares indiscutibles de la historia del toreo, dejó de actuar en la plaza de la Maestranza –su última corrida fue en 1884– por el acoso de un grupo de aficionados sevillanos. Pasaron muchos años antes de que su paisano Manuel Rodríguez Sánchez, el grandioso Manolete, se quedara fuera de la Feria de Abril de 1943 a raíz de un veto orquestado por los grandes empresarios de la época. Eduardo Pagés –abuelo de Eduardo Canorea– acordó junto a Orduña, Balañá y Peris, fijar un tope salarial de 30.000 pesetas en los honorarios del monstruo cordobés. El pacto no tardaría en romperse aunque Pagés se mantuvo en sus trece doblegándose finalmente en 1944 para contratar a Manolete en Sevilla en una cifra muy superior. Algo muy parecido ocurriría algunos años más tarde, bajo una nueva dictadura califal. Diodoro Canorea, junto a la plana mayor del empresariado taurino, peregrinó a la finca Villalobillos para pedir a Manuel Benítez El Cordobés que reconsiderara su decisión de dejar los ruedos. Había mediado una conjura para rebajar sus altísimos honorarios, que volvieron a dispararse después de que los empresarios recogieran velas firmando aquel original pacto en la misma almohada que el genial Benítez aseguraba haber «consultado». Pero esas dos alianzas empresariales ya habían tenido precedentes: el propio Joselito El Gallo abortó una reunión de encopetados gestores taurinos en el Hotel Palace de Madrid que se había convocado para bajar los humos dinerarios al propio Gallito y a Juan Belmonte. Entró en el sala por sorpresa diciendo: «Voy al Lhardy a tomar café; si veo alguno cuando vuelva no me contrato con él jamás». La reunión se disolvió al instante aunque cabe preguntar qué fuerza tenían aquellos toreros y cual es –uno por uno– la de los actuales diestros. El estreno de Diodoro Canorea al frente de la gerencia de la empresa Pagés se había producido en 1959. Ése fue el comienzo –de paso– de una larga amistad personal y profesional con un torero que se había alternativado el mismo año en las Fallas de Valencia. Curro Romero, no es otro, debutó esa misma temporada como matador de toros en la Feria de Abril cortando dos orejas aunque el gran triunfador del ciclo fue Antonio Ordóñez que se llevó cuatro y acabó con el cuadro. Pero había comenzado un idilio. Un año después, en 1960, Canorea tuvo que sumar una tarde a los carteles previstos para que Curro entrara en la Feria. Ya no faltó hasta su retirada, que fue pareja a la desaparición del propio Diodoro y al salto a la palestra de su hijo Eduardo y su yerno Ramón Valencia. Pero aquella década prodigiosa se había visto marcada por la hegemonía cordobesista, que ya arañaba el famoso kilo de billetes que tanto mosqueaba a las empresas. Antonio Ordóñez tenía previsto reaparecer en 1965 picado por las cifras que manejaba el melenudo de Palma del Río. La agenda del rondeño no andaba plagada de contratos –cuenta José Antonio del Moral– aunque el bueno de Diodoro Canorea se presentó en Valcargado –la finca de Ordóñez– una mañana de Navidad y con una botella de Alfonso en la mano dispuesto a contratarlo. El maestro pidió el dinero del Cordobés y Diodoro no tardó en salir de allí sin contrato y con la misma botella que, sin descorchar, repetiría idéntico viaje al año siguiente. Esta vez fue Ordóñez el que castigó a Canorea, que ahora sí venía dispuesto a aflojar el kilo de marras animado por la temporada histórica que había protagonizado el coloso de Ronda. Ausente en 1965 y 1966, Antonio Ordóñez reapareció en la plaza de la Maestranza en 1967 y acabó con todo y con todos. Pero la memoria imprescindible de su hermano Alfonso rescata una anécdota que retrata el talento y la lealtad de aquellos personajes irrepetibles. Algunos años antes, en la plaza de Andújar, la taquilla presentaba un aspecto calamitoso. No se había vendido un papel pero Ordóñez pagó religiosamente a sus hombres de plata sin admitir ni un céntimo de Diodoro Canorea, que nunca consiguió que el rondeño accediera a liquidar sus honorarios. Pasan los años. Toreros que están, toreros que no se ajustan; toreros que vuelven. Y en vísperas de 1992 se organiza un festejo especial –la corrida de la Expo– con tres de los matadores más relevantes del momento. Canorea acartela a Ortega Cano, César Rincón y Espartaco con un encierro de Torrealta pero una inoportuna cogida de Ortega colocó a Curro Romero como sustituto. El baile de corrales y el inicial rechazo del encierro reseñado fueron la excusa esgrimida por Rincón y Espartaco para caerse del cartel y forzar una suspensión que constituyó un escándalo mayúsculo. Pero no fue el único de esa década en la que, de alguna manera, se abonaron algunos de los desencuentros que llegaron después. La Feria de Abril de 2000 la había organizado Diodoro Canorea pero no pudo verla. Aquel mismo año se produjo la caída sucesiva de los carteles previstos para la Feria de San Miguel de Curro Romero, Manzanares padre, Morante de la Puebla, Emilio Muñoz y Rivera Ordóñez. Morante y Romero, además, se excusaron con sendos partes facultativos que presentaron el mismo día y se organizó la mundial. El resto está en la historia reciente: los dos artistas quisieron lavar la mancha actuando en un festival a beneficio de Andex. Los nuevos gestores de la plaza desestimaron el evento, que finalmente se celebró en La Algaba el 22 de octubre de 2000. Aquella misma noche se supo que Romero dejaba los ruedos pero, en el mismo envite, se inauguraban las tortuosas relaciones de la renovada empresa Pagés y Morante de la Puebla que había firmado una exclusiva con Diodoro Canorea que se convirtió en papel mojado. El diestro cigarrero quedó fuera de las ferias de 2002 y 2004 y tampoco estará –si Dios no lo remedia– en el abono de la inminente temporada 2014. Ya sabemos que no será el único. El Juli –ya se quedó fuera en 2006 y 2012 por distintas desavenencias–, Perera –ausente en 2009 y 2012 por otras tormentas–, Manzanares y Talavante, que no han faltado a la Maestranza desde sus respectivas alternativas les acompañarán en este pulso que no tendrá ganador. Hay un sexto hombre que no pisa el dorado albero del Baratillo desde el año 2002. Pero ésa es otra historia…

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