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Cultura

Sevilla se engancha a Madonna

"¡Hola, Seville!", gritó Madonna en español nada más saltar al escenario, y el Estadio Olímpico se vino abajo. Era el comienzo de un concierto que trascendió de largo la dimensión musical. Foto: EFE.
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el 15 sep 2009 / 11:55 h.


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¡Hola, Seville!", gritó Madonna en español nada más saltar al escenario, y el Estadio Olímpico se vino abajo. Era el comienzo de un concierto que trascendió de largo la dimensión musical para encandilar a más de 40.000 almas con un abrumador aluvión de luces e imágenes.

Entre el público, vips como Boris Izaguirre, Jesús Quintero, Paco Tous, Antonio Garrido o Cayetano Martínez de Irujo y Gómez de Celis, junto a colegialas y marujones, mariquitas irredentas y metrosexuales con clase, canis y pijos, toda la comedia humana congregada alrededor de la divinidad de Michigan.

Con insignificante retraso -17 minutos- se apagaron las luces del Estadio y las tinieblas se llenaron de pantallas de teléfono móvil y gritos de histeria. Y ahí, en el centro de un vasto escenario -con sus 70 metros adicionales de pasarela- flanqueado por dos letras M de varios metros de altura, apareció la reina del pop sentada, como manda el rango, en un trono desde el que empezó a interpretar Candy shop. Sin solución de continuidad, pero con un fastuoso automóvil blanco sobre las tablas, desgranó Beat goes on y a renglón seguido, sin tiempo para recoger aplausos, Human nature con sombrero de copa y guitarra en ristre.

El hecho evidente desde los primeros compases era que quien quiera oír cantar a Madonna, que se compre sus discos: tiene once de estudio. En sus directos, los temas parecen tan sólo un pretexto para explotar todos los recursos teatrales -e incluso cinematográficos, gracias a las pantallas gigantes- a su alcance. Hay tanta música como baile, tanto mensaje como despliegue de luz. El resultado es un torbellino de impresiones visuales que asalta al espectador a mucha mayor velocidad de lo que éste puede asimilarlo, con un único mandato de fondo: bailar, bailar a toda costa. La ambición rubia ha evolucionado no sólo hacia un sonido discotequero, sino también hacia todo un concepto escénico, por el cual todo un señor Estadio Olímpico se convierte en una inmensa pista de baile.

Eso explica, por ejemplo, la sofisticada coreografía con boxeadores-bailarines que antecede al tema Day another day, en el que Madonna aparece saltando a la comba como una chiquilla (y no olvidemos que son ya 50 años) recortada sobre una proyección de muñequitos animados de Keith Haring.

Resulta un absoluto misterio distinguir cuándo canta la diva o cuándo se oculta en el mullido colchón de coros que le acompaña, si no resuella ni siquiera cuando se da un tute de aeróbic o si sus mejores agudos tienen truco. Pero ese hecho tiene en el fondo una importancia relativa. Incluso la banda que le acompaña permanece casi todo el concierto oculta, y sólo se exhibe a ratos como un elemento escenográfico más. Nada es gratuito, y todo está dirigido a un objetivo primordial: que la diva brille, que la reina reine una noche más.

El poder evocativo de las canciones, después de dos décadas de hits, es demasiado fuerte para detenerse en melindres, y los mecanismos del show de una precisión alucinante. Into the groove retrotrajo al respetable a 25 años atrás; Heartbeat, entre luminosas cruces invertidas, hacia una Madonna en pose más rockera.

Hay un momento catárquico, durante la interpretación de She's not me, donde la cantante humilla en escena a unas modelos que encarnan algunas de las diferentes madonnas que han ido sucediéndose a lo largo de los años: desde la rubia a lo Marilyn de Material girl a la ciberbailarina de Vogue. Elocuente. Inquietante.

No hay descanso que valga: Music vuelve a ser el motor que pone en movimiento al público del Estadio, que poco a poco va abandonando las gradas para conquistar la arena y saltar como loco. Tal vez por eso, el bajón de intensidad que suponen Rain -con un juego de luces bellísimo- y Devil wouldn't recognize you permiten hablar quizás del momento más flojo de la noche.

"¿Hablan español?" pregunta Madonna rodeada de misteriosos encapuchados. Quiso subir de nuevo los ánimos con Spanish lesson, pero esos arreglos de zapateado que no pasarían la mínima criba de la Bienal -se habló de Farruquito como invitado especial, pero no hubo caso- tuvieron que esperar a Miles away y sobre todo a La isla bonita, en una extravagante versión medio zíngara que sí logró caldear el ambiente.

suspenso en inglés. El recital entraba en su recta final y Madonna, que tiene fama de poco comunicativa, quiso conectar con el auditorio invitándole a corear. Pero el personal, o bien se perdió el episodio decisivo de Muzzy o estaba a esas alturas ebrio de decibelios y fogonazos, porque cuando la diva proponía un grito de guerra no había quien la siguiera. "I say uh, uh!, you say yeah!", se desesperaba la cantante, "do you love me?", y la muchedumbre, cortita del idioma de Shakespeare, balbuceaba "uh, uh!".

You must love me, Get stupid, 4 minutes, todo el repertorio mítico de la estrella italoameriocana fue siendo desmigado hasta alcanzar el éxtasis con Like a prayer, un verdadero himno universal de los madonneros que a día de hoy todavía no ha caducado. Ray of light, Hung up y Give it 2 me fueron el apoteósico colofón de un show capaz de ridiculizar a cualquier superproducción de Broadway.

No olvidemos que Madonna es una de esas pocas artistas -y cada vez quedan menos, tras el declive de Michael Jackson- capaces de dictar con cada nuevo disco el rumbo que va a tomar el pop en todo el mundo durante los siguientes diez años. Un producto de entretenimiento sencillamente perfecto, que también en Sevilla levantó pasiones y fundió los sentidos de 40.000 entregados seguidores.

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