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Sevillana: el rayo que cesa

Dice acertadamente Alberto Villar en su Arquitectura del Regionalismo que en 1900 la ciudad del Guadalquivir estaba más muerta que el resto de la Nación y en 1929 brillaba, con Barcelona, como símbolo mundial de las glorias históricas de España.

el 15 sep 2009 / 20:50 h.

Dice acertadamente Alberto Villar en su Arquitectura del Regionalismo que en 1900 la ciudad del Guadalquivir estaba más muerta que el resto de la Nación y en 1929 brillaba, con Barcelona, como símbolo mundial de las glorias históricas de España. Ese brillo estuvo en gran medida asociado a la compañía Sevillana de Electricidad de la que ya sólo quedaba prácticamente un nombre: con él se va probablemente el último fulgor del esplendor que ella comenzó a alumbrar tras la Restauración, cuando la Sevilla decimonónica se hizo crisálida para poder convertirse en mariposa en los primeros años del siglo XX.

Aunque poco se ha hablado de la pugna entre gasistas y eléctricos con episodios émulos de los de bandas rivales en Estados Unidos, la Sevillana salió vencedora y no sólo se plantó en el centro de la ciudad, en el Palacio de Monsalves; también repartió por los barrios históricos la miniarquitectura historicista de sus transformadores con pinta de cabarets del alhambrismo y edificios modernistas como el de la calle Feria y, en el largo camino hacia el imperio salió de Sevilla y se extendió a toda Andalucía y a Extremadura. La S de su logotipo era omnipresente.

La crisis del petróleo de 1973, la que probablemente hirió al franquismo convenciendo a los grandes de la industria a tomar el camino de la Transición, golpeó también a la Sevillana y, como ha ocurrido tantas veces, las pesetas de Sevilla y de Andalucía no acudieron a taponar la herida, sólo se echaron algunas en cambiar la omnipresente S por un rayo, porque aquí siempre interesó más el ruido que las nueces, el nombre que la rosa, más el fulgor del rayo que su energía: a fin de cuentas, ¿qué importaba donde la empresa radicara si teníamos su brillo? Así nos ha ido: aquel rayo no era el de Miguel Hernández; era el rayo que cesa.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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