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"Si cada persona es un mundo, un discapacitado son tres mundos"

Felipe Gutiérrez, presidente de la ONG Niños con Amor, lleva 26 años luchando por los discapacitados intelectuales

el 17 jun 2011 / 20:05 h.

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Felipe Gutiérrez, presidente de la ONG Niños con amor, comparte aula con algunos de los discapacitados intelectuales del centro.

Nadie espera encontrar a Felipe Gutiérrez tan dispuesto a la conversación, fluida, entregada. Policía Nacional en el turno de tarde, máximo responsable de la ONG Niños con Amor -dedicada a personas con discapacidad intelectual- por la mañana y... casi a todas horas. Lleva sin desvanecer un solo día 26 años, los mismos que tiene su hijo, que sufre el síndrome de Herbert Jasper, lo que le provoca crisis epilépticas severas.


-Fueron tres padres andaluces quienes fundaron Niños con Amor en 1993. Todos venían de trabajar fuera. Alguna experiencia debió marcarles...
-Exactamente, en mi caso yo estaba destinado a Barcelona. Allí me di cuenta de las enormes diferencias que existían en materia asistencial entre Cataluña y Andalucía. Pusimos en marcha la asociación y al año de crearla ya teníamos 34 chicos.


-Y con la ayuda de Cáritas y el entonces Monte de Piedad pudieron acceder a una zona propia en el Colegio San Pelayo...
-Así es. Hoy día el colegio ha ido a menos porque hay más oferta, pero nosotros tenemos a 107 adultos en el centro. Ahora se nos presenta otro problema, con los avances médicos la esperanza de vida de estas personas es mayor y se crea una demanda social nueva.


-¿Una residencia?
-Justamente como la que llevamos intentando levantar desde que nos cedieron el terreno en 1998 y para la que las cuentas no acaban de salir. En ella aspiramos a que padres e hijos compartan el espacio. Un señor de 80 años no quiere ir a un geriátrico y tener a su hijo en otras instalaciones alejadas. Es fundamental que convivan juntos, respetando por supuesto el espacio y la intimidad de cada uno.


-Y es aquí donde se encuentran el problema añadido de que la administración no admite que personas con diferentes grados de discapacidad intelectual convivan...
-La consejera de Bienestar Social, Micaela Navarro, nos prometió hace poco volver a revisar este protocolo mediante el cual persona gravemente discapacitadas no pueden convivir con otras que presentan una menor minusvalía. Nosotros apoyamos la integración y la atención personalizada. De este modo vemos cómo chicos con síndrome de Down severo ayudan a otros con parálisis cerebrales y se crean vínculos de convivencia muy válidos y educativos.


-¿No cree que en ocasiones se somete a estas personas, un tanto involuntariamente, a cadenas de producción solidarias?

-Sí, así por ejemplo sucede en otras organizaciones. Con un afán integrador mal entendido a los chicos se les coloca un mono y se les pone a fabricar, pongamos por caso, escobas. En Niños con Amor no vemos bien este modelo. Aquí vienen a divertirse y a aprender lo que buenamente puedan. Por eso cuando se van a sus casas están deseando regresar. Una ONG no puede vivir de que estos chicos hagan muñequitos: aquí se les enseña a manejar monedas, a interrelacionarse, a pintar y a hacer otras manualidades. Queremos que sean creativos, no productivos.

-En los 26 años que lleva abanderando esta causa habrá visto usted diferentes modos de enfrentarse al hecho de tener un hijo discapacitado...

-He visto a familias destrozadas por el hecho de tener un hijo así. En esto influye mucho la educación que se tenga. Una cosa sí le puedo decir: aquí se rompen tópicos. Conviven personas que provienen de familias gitanas y otras que son hijos de importantes empresarios. Y no siempre la lógica funciona como debería...

-¿Se siente autorizado para dar algún consejo a los padres que están comenzando a enfrentarse a estas situaciones?

-Es muy difícil recomendar o dar consejos. Si se habitúa a decir que cada persona es un mundo, cada discapacitado intelectual son tres mundos. Por eso un principio básico para la familia debería ser aceptar cuanto antes la realidad. Será lo mejor para ellos y también para la persona implicada.

-¿Cuánto de verdad hay en la palabra reinsertar?
-En nuestra asociación hay chicos con parálisis cerebral, síndrome de Down severos, psicóticos y personas con graves trastornos. Ninguno baja del 60% de discapacidad por lo que muy pocos se pueden reinsertar. También en este caso se presentan padres que no quieren asumir la realidad y tienen aspiraciones imposibles y perjudiciales para ellos. Debemos aceptar que estas personas son enfermos, por incorrecta políticamente que suene esta afirmación.


-¿Se le ponen los vellos de punta cuando oye eso de que ‘tener un hijo discapacitado es una bendición de Dios'?
-Absolutamente. A veces escucho cosas aberrantes, como padres que comparan estos problemas con ser homosexual. Para mí mi hijo, cuando me abraza y estoy con él claro que es una bendición. Pero hay que ser conscientes de lo que hay: tener un hijo así cambia radicalmente la vida de quienes le rodean. Es así de crudo.


-¿Cuántas veces prende al día la emoción en un lugar como este?
-[Suspira] En muchas, en muchísimas. No sólo yo, las 30 personas que trabajan aquí también la experimentan. Estos chicos tienen una sensibilidad especial para pintar o incluso para representar una obra de teatro. Luego hay otra cosa que me fascina de ellos, la facilidad con la que olvidan los enfados. Les ves discutir y a los pocos minutos ya se están abrazando como si nada hubiera pasado.


-¿Niños con Amor no suena excesivamente paternalista?

-Algunas veces nos han criticado el nombre. ¿Qué puedo decir yo? Estos son nuestros niños, con cuatro y con 56 años [esa es la horquilla de edad de los chicos que alberga el Colegio San Pelayo y la ONG]. Por otro lado una cosa tenemos clara, la administración y la sociedad ha evolucionado y cada vez hay más consciencia de la realidad que vivimos aquí. Pero tenemos que ser nosotros, los principales implicados, los que tomemos la iniciativa porque la sociedad por sí sola no la va a tomar. Los discapacitados intelectuales no pueden ni siquiera votar, dependen de sus familias al cien por cien.

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