Cultura

Si las paredes hablasen

El Pabellón de la Prensa no es el más atractivo de cuantos conforman el legado de la Exposición Iberoamericana. Pero sus estancias permanecen imantadas por las innumerables visitas de famosos que estas dependencias recibieron.

el 12 jun 2014 / 23:02 h.

El Pabellón de la Prensa, en la Glorieta de Covadonga, acoge actualmente las dependencias del Colegio Público España. / Pepo Herrera El Pabellón de la Prensa, en la Glorieta de Covadonga, acoge actualmente las dependencias del Colegio Público España. / Pepo Herrera Puede no ser el más glamouroso de todos, tampoco es el más popular, y su fachada no inspira mucha confianza en su interior. Pero el Pabellón de la Prensa de la Exposición Iberoamericana, hoy Colegio Público España, es uno de los mejores lugares para imaginar cómo debió ser el ambiente vivido por aquellos sevillanos que pudieron asistir a tamaño fasto. Se respira aquí un aroma especial a años 20. Su no adscripción geográfica a país alguno le confieren un estilo expo del 29 en el que se conjugan los más variados estilos. «Recuerda a las construcciones rurales de la época, esas en las que no podía faltar un torreón», explicaba espontáneamente Manuel Mediano, historiador jubilado, y casi único visitante que hasta aquí se acercó ayer con motivo de la apertura del pabellón al calor de las celebraciones por el primer siglo de vida del Parque de María Luisa. Ubicado en la Glorieta de Covadonga, antigua Plaza de las Estatuas, junto a los edificios de la compañía Telefónica y Domecq el de la Prensa fue un pabellón que nació casi azarosamente. Los periodistas habían tenido un espacio de reunión en la precedente Exposición Internacional de la Prensa, y el comisario de la Exposición Iberoamericana, José Cruz Conde, creyó que en la muestra de Sevilla debía de haber uno. Durante todo el tiempo que duró el evento este pabellón acogió a los numerosos periodistas nacionales y extranjeros que llegaron a la ciudad para cubrir las noticias que generó la Exposición. Hoy, circundado por aulas y con las fisonomía debidamente modificada para servir a la función de colegio, parece difícil imaginar su pasado. Pero todo el edificio se dedicó por entero a hacer más fáciles las labores de los periodistas. Donde hoy están las salas de informática con flamantes ordenadores para los pequeños, entonces hubo una sección de mecanografía con máquinas de escribir punteras, así como una biblioteca profesional con mesas y pupitres de caoba. La gran sala de lectura, que se ubicaba en el vestíbulo, contenía revistas y periódicos de todo el mundo. También se instaló una sección de comunicaciones, con cabinas telefónicas (de las que queda todavía una como vetusto y singular vestigio), centro telegráfico, estación de radiocomunicación y una moderna estafeta de correos. «Este lugar pasa desapercibido, se debería indicar mejor su importancia», opina un vecino de la zona. Algo de ello se percibe nada más cruzar el umbral de la puerta, el antiguo salón de lecturas, hoy vestíbulo, podría haber servido a Stanley Kubrick para filmar una escena de El resplandor, tal es su poder evocador. Idéntico al que emana la sección de comunicaciones y servicio telefónico. Otro de los equipamientos con que también se dotó al pabellón fue un laboratorio fotográfico donde los reporteros que trabajaron en la muestra podían revelar sus negativos. También aquí, en «algún lugar indeterminado de la primera planta», según Manuel, profesor del centro, estaba «la oficina de prensa oficial, desde donde se administraban todas las comunicaciones y se surtía de material gráfico a los reporteros para la realización de su trabajo». También albergó un bar restaurante que sirvió de punto de encuentro con los medios de las numerosas personalidades que hasta Sevilla llegaron en aquella fecha. «Alguien debería investigar a fondo lo que este pabellón supuso y recoger los nombres de todas las personalidades que lo pisaron; seguramente estaríamos ante uno de los relatos más suculentos de toda la Exposición Iberoamericana», propone Manuel Mediano, quien no se olvidó de estampar con el sello del pabellón su nutrido pasaporte. «Seguramente dentro de 20 o 30 años se hará lo mismo con las edificaciones de la Cartuja, solo que en la mayoría de ellos poco más hay aparte de sus más o menos imponentes fachadas», opinaba mientras entornaba la vista al techo; donde un ancho friso con relieves de hojarasca de estilo barroco recorre la planta de acceso principal. No hay grandes cosas que admirar en el Pabellón de la Prensa, y la visita resulta enormemente limitada por las exigencias de la actividad escolar. Pero está bien al menos cruzar la puerta y penetrar en el vestíbulo. Aún resuenan las miles de conversaciones y citas mantenidas en este lugar.

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