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Siempre fui torero

el 30 jul 2011 / 17:55 h.

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La resaca del gravísimo accidente ha sido convertida en un circo de tres pistas por ese periodismo de usar y tirar que ya andaba frotándose las manos en aquella infausta madrugada de mayo. No hay que olvidar que el amasijo de hierros de la carretera de Castilblanco sentenció la orfandad de una familia anónima. La historia es bien sabida y ya está en manos de los verdaderos jueces, aunque algunos han querido convertirla en un suma y sigue, en un capítulo más de la tramoya artificiosa que rodea y empaña la auténtica valía de un personaje a la deriva de su propia vida que ya está siendo sentenciado lejos de togas y puñetas.

Pero la vida y milagros que vomitan las televisiones son una historia de purpurina ajada que ya cansa; un oropel aparatoso que el propio diestro abrazó sin mirar a los lados, especialmente a raíz de aquella desmesurada boda con Rocío Jurado que le convertiría -para siempre- en el personaje de colorines que eclipsó su condición de figura del toreo, una condición que nunca fue paralela al personaje famoso de los últimos lustros. El torero acabó reforzando la mueca con su querencia a entregar sabrosos titulares a cierto tipo de medios, sobreactuando y escenificando hasta el hartazgo una viudedad que sumó a esas innecesarias idas y vueltas a los ruedos que no añadieron nada a una carrera que alcanzó la cumbre en 1991 en una temporada histórica que ponía la guinda a una honrada y dura trayectoria de matador de toros en la que el triunfo y el fracaso, la gloria y la sangre, siempre fueron de la mano con una constante: la casta siempre ganó al torero artista que, en sus anhelos más íntimos, ambicionó ser.

La verdadera historia de José Ortega Cano comenzó mucho antes, en una España nómada; en el viaje en vagón de tercera de una familia que, como tantas, tenía que dejar su Cartagena natal para currarse el pan en las grandes ciudades. Un puñado de tierra aventado al cielo acabó afirmando el rumbo en el viejo cruce ferroviario de Chinchilla y la prole de los Ortega embarcó en el tren que iba a cambiar sus vidas, camino de la corte... Del sótano del toreo a la gloria de los hoteles caros pasaron muchos capítulos que el cartagenero superó a base de tesón, amor propio y el apoyo de su madre, la auténtica mujer de su vida. Ésa fue la base de una carrera dibujada en dientes de sierra que tuvo sus comienzos en la parte seria del espectáculo cómico taurino de El Platanito, aquella caricatura bufa de El Cordobés que ahora pasea recuerdos y tiras de lotería por los bloques de Carabanchel. La alternativa llegaría muy pronto, demasiado, en aquellos sórdidos 70 en los que no logra levantar el vuelo por completo y vive uno de sus primeros exilios interiores.

En 1982, con el agua al cuello, logra indultar a Velador, un toro de Victorino Martín, hasta ahora el único que ha recibido el perdón de su vida en la plaza de Las Ventas. A pesar de todo, la carrera del cartagenero no terminaba de encauzarse y sólo el calor de su madre logró que no se quebraran las confianzas. No se equivocó la buena señora: tres grandes y sucesivas faenas cuajadas en el coso madrileño en 1984, 1985 y 1986 a sendos toros de Pilar Población, Martínez Benavides y Baltasar Ibán cimentan su ascenso y le dan paso definitivo a la primera fila del toreo.

Ortega Cano ya es una figura y aún quedan muchos años para que se convierta en su propia caricatura a través de los medios rosas. El torero navega a velocidad de crucero por las ferias de la piel de toro, aunque en los coletazos de la temporada de 1987 un ejemplar de Ibán está a punto de segarle la vida en la plaza de Zaragoza, propinándole una cornada de caballo que obliga a administrarle la extremaunción y afecta a su regularidad. Y aunque aquel percance no logra apearle del friso de las principales figuras, la zozobra, las dudas y las cimas y simas vuelven a hacerse presentes en un torero al que le cuesta encontrar el hilo hasta renacer, en la cumbre de su plenitud, en la temporada de 1991. Llega a Sevilla por la vía de la sustitución y cuaja la faena de la Feria, de muchas ferias, quizá también de su propia vida. En feliz simbiosis con César Rincón, la gran sorpresa de aquel año, escenifica un histórico y triunfal mano a mano en Madrid con las cámaras en directo. Es el torero del momento.

A partir de entonces, su carrera se adentra en un decadente manierismo y camina cuesta abajo. La figura va dando paso al personaje mientras su rostro empieza a cambiar las páginas de las publicaciones taurinas por la prensa rosa a raíz de su matrimonio con la Jurado, en febrero de 1995. La primera retirada llegaría en 1998, con glorioso y sorpresivo canto del cisne incluido en una tarde de relleno en Sevilla. El torero se disipa a partir de entonces. Llegaron idas y venidas que nada añaden, tardes para el olvido en pueblos sin nombre y la dudosa condición de viudo de España que construyen esa careta que se rompió en mil pedazos en la carretera de Castilblanco.

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