Cofradías

Sin ganas de poner el punto y final

El númeroso público que se echó ayer a la calle contrasta con los pésimos resultados económicos que se barruntan.

el 20 abr 2011 / 18:47 h.


La Semana Santa no es un tiempo de grandes sorpresas o de manifestaciones inesperadas. Por eso, después de un Martes Santo calado de agua hasta el capirote, se preveía, a poco que el cielo acompañara, un Miércoles Santo pletórico, si no de sol, sí desde luego de gente. O dicho de otro modo, un ecuador de la semana grande bien alimentado con bullas en cada esquina.


El transcurrir de la hermandad de La Sed a la ida por Eduardo Dato ya daba indicios de en lo que podía acabar convirtiéndose el Centro con las nueve cofradías del día en la calle. Que en una avenida tan amplia como la de Nervión no fuera posible acceder a la primera fila era sintomático de que los sevillanos tenían ganas, más bien ansia, de Miércoles Santo. Los nazarenos, por su parte, encantados de sentirse tan acompañados en la parte menos lucida de su extenso recorrido. Y el público más aún que ellos; el cielo parecía dispuesto a dar una tregua.


Más felices aún estaban los comerciantes, prestos a echar las horas que hicieran falta para recomponerse del varapalo de antes de ayer. Según se había previsto, esta Semana Santa estaba llamada a ser una de las más positivas en lo económico de los últimos años.

Sin embargo, ya ayer a mediodía en varios hoteles y hostales de la capital -Trajano, Green Hostel, NH Viapol...- se habían producido cancelaciones. La presencia de nubarrones y los nefastos pronósticos que se manejan para los próximos días empujaron a muchos a decidir disfrutar de la Macarena y el Gran Poder en mejor ocasión.


Bien es verdad que nadie quiere poner el punto y final a una semana grande que no acaba hasta que la Virgen de la Aurora se encierra en Santa Marina el Domingo de Resurrección. Lamentablemente, el vaticinio meteorológico parecía ayer más que asumido por los sevillanos y foráneos que ya estaban pensando en mirar la cartelera a ver si ésta les da alguna razón para suavizar la tristeza en la oscuridad de alguna sala de la ciudad.


"Mucho me temo que ya hasta Feria no hay más nada que hacer", decía ayer Justino, un algodonero (de azúcar, se entiende) con su puesto instalado a pocos metros de la Parroquia de la Concepción. Hasta 23 golosinas rosadas llegó a vender en poco más de una hora, un record que pasará a los modestos anales de su minúsculo y tradicional despacho de glucosa.


Más indicios de que muchos daban por finiquitada la semana de pasión lo encontrábamos en la oficina de información turística instalada en Metropol Parasol. Hasta allí recalaban no pocos ingleses y alemanes preguntando por el módico precio de alguna sillita libre por la Campana para ver El Baratillo.Sin embargo, ninguno de ellos parecía entusiasmado con la idea de conquistar dos asientos empapados de agua para ver las procesiones que faltan.


Con este panorama ni frío ni caliente, resignado en el mejor de los casos, fue transcurriendo un Miércoles Santo bullicioso y con cierto hálito de Sábado Santo por lo que tiene este de ocaso. Y si Zeus, dios del cielo -excusen tan pagana alusión-, es magnánimo y permite que los santos (tomando la disparatada acepción de una turista poco informada al paso del Cristo de la Salud) salgan a la calle, entonces, lo escrito aquí deberá pasar antes y con tiempo a los anales de los renglones olvidados.


Yendo a lo puramente pragmático (espiritualidad al margen) la clave la ofrecía el responsable de la Taberna Tornero, por cuya puerta se dejó ver El Carmen: "Es dramático que ni los hosteleros ni los Amarillos que van a Chipiona hagan caja". Son los efectos colaterales de una semana de pasión que, demostrado queda, viven con idéntica devoción e intriga quienes visten capirote, costal o varas doradas que quienes se la juegan cuando las cuentas no cuadran el Lunes de Pascua.

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