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Cultura

Sin pureza de sangre no hay grandeza

Un libro analiza las intrigas en la Sevilla del XVI y XVII por una pugna nobiliaria.

el 12 ene 2015 / 12:00 h.

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Escultura funeraria del duque de Lerma, uno de los grandes protagonistas de esta historia. / El Correo Escultura funeraria del duque de Lerma, uno de los grandes protagonistas de esta historia. / El Correo El detonante se produjo el 6 de agosto de 1594, cuando el rey Felipe II concedió el hábito de la orden de Santiago a Fernando de Añasco y de Ribera, sevillano bautizado en la parroquia de San Vicente el 7 de octubre de 1543, maestre de campo, militar de los que dejaron huella en Flandes, África e Italia y, por entonces, teniente de alguacil mayor en lo que era el Ayuntamiento. Semejante honor provocó un terremoto en la ya de por sí convulsa sociedad sevillana, avivando la guerra entre los duques de Alcalá (a los que era afín Añasco) y los marqueses de La Algaba, demostrando el gran poder de los linajudos (genealogistas profesionales que eran auténticos chantajistas) y evidenciando la importancia de la pureza de sangre en una nobleza sevillana que esgrimía este argumento para dejar entrar en su círculo sólo al que quería. Rivalidades ciegas, celos, juegos de poder y orgullo, puñaladas traperas..., todos estos ingredientes desfilan por esta historia. «La verdad es que es un auténtico culebrón», admite el historiador Juan Cartaya, que se embarcó en una investigación para un artículo que al final acabó en libro, La pasión de don Fernando de Añasco. Limpieza de sangre y conflicto social en la Sevilla de los Siglos de Oro, recientemente editado por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Por la obra desfilan las trastadas que se hacían entre sí los nobles en una sociedad sevillana «en constante pleito. Era una ciudad muy conflictiva, en la que todo se negociaba y en la que todos estaban aquí para hacerse ricos». Carta del duque de Lerma (dcha.) defendiendo a Añasco y la de Felipe II concediendo el hábito. / El Correo Carta del duque de Lerma (dcha.) defendiendo a Añasco y la de Felipe II concediendo el hábito. / El Correo El dibujo de esa Sevilla de finales del XVI y principios del XVII nos retrotrae a esa sociedad española previa al estallido de la crisis, «la verdad es que tienen sus similitudes». Pues con semejante telón de fondo ha tejido Cartaya un tapiz que empezó tirando del hilo del Archivo Histórico Nacional, donde encontró el expediente de Fernando de Añasco con sus más de 1.700 páginas. En él se comprueba que nada más llegar a Sevilla los pesquisidores (los dos investigadores, un religioso y un caballero, enviados para averiguar si Añasco era merecedor del honor del hábito), la cuestión se encharca, con anónimos, falsos testimonios, embozados que quedan para entregar notas acusadoras... De fondo, como siempre, late la lucha por el poder, en este caso entre las facciones de los Guzmanes (los marqueses de La Algaba) y los Rivera (los duques de Alcalá). Y buena parte de la munición la aportaron los linajudos, esos expertos que le encontraban a cualquiera una mancha en el árbol genealógico. Si a esto se le une que «Añasco tenía un fondo de antepasados conversos y penitenciados por la Inquisición», pues ya está todo dicho. Aunque «por la varonía» no había tacha, por la otra línea sí había conversos, uno que tuvo amores con una morisca (que luego se bautizara era lo de menos) y otro que fue quemado en efigie (había muerto 30 años antes) en un auto de fe en la Plaza de San Francisco en 1524. «Estos genealogistas eran una mafia organizada que chantajeaba», aclara Cartaya. No tener una sangre limpia «fue la tacha que se puso» y propició que se le denegara el hábito, pese a que intercedieron por él los duques de Medina Sidonia y de Lerma y el mismísimo Felipe III, que además de rey era maestre de la orden. Entre todos no le torcieron el brazo al poderoso Consejo de Órdenes, que daba y quitaba y al que convencieron los argumentos de una parte de una nobleza que no es que fuese cerrada («era porosa, hubo comerciantes que compraron títulos»), pero «el que no le interesaba no entraba en ella». Y ese fue el caso de Añasco, que murió en 1625 sin recibir su ansiado hábito.

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