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Sobrevivir al espejismo

La crisis -ya puede llamarla así sin que nadie le mire mal- trae sembrada en sus alas la semilla de la discordia. Es el efecto más perverso de la recesión que se adivina doblando la esquina del almanaque. El desempleo comienza a machacar a muchas familias españolas. A la vez, demasiadas empresas perecen ahogadas en problemas...

el 15 sep 2009 / 11:18 h.

La crisis -ya puede llamarla así sin que nadie le mire mal- trae sembrada en sus alas la semilla de la discordia. Es el efecto más perverso de la recesión que se adivina doblando la esquina del almanaque. El desempleo comienza a machacar a muchas familias españolas. A la vez, demasiadas empresas perecen ahogadas en problemas mientras otras le hacen una muesca al libro de contabilidad por cada mes que salvan.

Es un panorama que se extiende sobre un campo abonado por las sonadas caídas de gigantes inmobiliarios. Para que el desconsuelo sea total, a día de hoy resulta imposible que los partidos del gobierno y la oposición, los sindicatos y las patronales pacten una sola medida anticrisis.

Lógicamente, el PP puede seguir con la cantinela de que Zapatero engañó a los españoles antes, durante y después de la campaña. Puede Rajoy aferrarse al trampantojo cuanto tiempo quiera, pero más allá del artificio político-periodístico, la realidad se impone: el origen y las consecuencias de la crisis son globales. Resulta poco coherente proclamarse liberal para abrazar los éxitos del mercado cuando genera empleo a mansalva y culpar de su destrucción al gobierno cuando las cartas vienen mal dadas.

Es rigurosamente cierto que EEUU y los países de la Eurozona están metidos en serios y similares problemas, pero lo peor es que en España tenemos la sensación que que hemos salido de un espejismo. En la caída es cuando más se aprende. Cierto es que la población empleada bate récords históricos y que España es un país más rico, pero hoy sabemos que nuestro crecimiento se sustentaba en actividades coyunturales y en muchos empresarios que sólo tenían el viento de popa. La composición molecular de nuestro crecimiento nos hizo ser más expansivos; ahora seremos muchos más restrictivos que otros países que saltaban con la red de la industria bajo el trapecio del ladrillo.

L e asiste parte de la razón al PP: el Ejecutivo tiene responsabilidad directa en la marcha de la economía, pero la atribución de responsabilidades nos permite remontarnos también a los ocho años del gobierno del PP, cuando se pusieron las bases que el PSOE reutilizó aunque también apostó por triplicar los fondos para investigación. Y podríamos preguntarnos si el PP aprovechó bien aquel ciclo, si encauzó la boyantía de las arcas del Estado para que hoy España fuera un país competitivo globalmente y con un PIB tecnológico apreciable.

Podríamos interrogarnos sobre el efecto perverso de la liberalización del suelo practicado por el PP, una medida hoy revocada que si bien mantuvo engrasada la economía podría añadirse que sólo fue bonito mientras duró. A sus espaldas queda el espejismo de un país de nuevos ricos, la certeza de que nuestros pies de barro chapoteaban ilusorios en el charco de los adosados.

Hemos heredado una nueva fisonomía urbanística-recaudatoria en las ciudades y pueblos de España y unos ayuntamientos que tendrán que encarar la empinada cuesta con menos ingresos del Estado y muchos menos aún de los sustanciosos convenios, hoy puestos en fuga. No podrán pagar tantas nóminas, regalar tickets para la piscina e incluso algún pueblo especialmente damnificado y ya sin olivares que recalificar quizás no pueda ni encender el alumbrado de feria.

Pero los ciudadanos no disfrutan con el toma y daca del oportunismo político. Es lógico que la oposición apriete al gobierno en una coyuntura como la actual, pero es anormal la incapacidad para alcanzar acuerdos de mínimos. La sociedad española está expectante: quiere saber cómo evoluciona la economía y cómo se comportan las instituciones y los partidos y los agentes sociales. En esta coyuntura, la CEA ha puesto en el disparadero la concertación social, ese hallazgo que implica a todos los agentes sociales y que ha sido el gran avalista del progreso registrado en Andalucía.

No debo haber entendido bien las palabras de Santiago Herrero, el presidente de la CEA, vinculando la concertación a la resolución previa de la crisis. No se pactan las medidas que coadyuvan a la resolución de los problemas después de que estos se hayan solucionado, sino antes. Igualmente ha parecido artificioso y obligado el discurso de los empresarios de reclamar como si fuera la panacea indiscutible más campos de golf y puertos deportivos. Los pilares básicos sobre los que crece hoy el mundo -sin descuidar la industria- son la investigación, el desarrollo y la innovación.

Y del discurso de la CEA no se puede inferir que pretenda aplicar estas premisas a la industria turística. En cualquier caso, una crisis no puede hacernos regresar al desarrollismo como si viajáramos en una máquina del tiempo que se alimenta del pan para hoy que es el hambre segura de mañana.

Esta es una crisis mayúscula y es imposible que en esta situación sean imposibles los acuerdos de mínimos. Un diálogo de sordos que están oyendo los ciudadanos. Hoy oyen en silencio. Mañana hablarán.

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